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| 3/6/1995 12:00:00 AM

¡O SOLE MIO!

El jueves por la noche, en El Campìn, Bogotà volviò a ser por unas pocas horas la Atenas Suramericana

SE EQUIVOCO EL maestro Rafael Puyana. El famoso clavicembalista había anunciado públicamente en Viva FM que el concierto de Luciano Pavarotti en El Campín era un absurdo, prácticamente una verguenza y seguramente un fracaso. Nada de esto sucedió. Por el contrario, el recital del tenor italiano ha sido el evento cultural más exitoso de Colombia en muchos años. Bogotá, que ha vivido de la nostalgia de haber sido llamada a principios de siglo la Atenas Suramericana, reviviò por unas pocas horas ese sentimiento, gracias en gran parte a la tenacidad de Fanny Mikey.
Aparte de una congestionada entrada a empujones y 20 minutos de retraso no hubo ninguna falla. El escenario, una carpa negra bordeada de helechos naturales, fue discreto y sobrio. La Filarmónica de Bogotá sorprendió a todo el mundo. A tal punto que sus interpretaciones daban para un concierto aun sin Pavarotti. El sonido, el que siempre falla en Colombia, resultó impecable. Y el público ni se diga, parecía que hubiera nacido escuchando ópera. No sólo demostró más conocimiento del que se podía anticipar sino más disciplina de la que se ve en los certámenes multitudinarios en Colombia. Al final, en un gesto sentimental, espontáneamente la gente de las graderías prendió sus encendedores, fósforos y velas convirtiendo la fría noche bogotana en un mar de luces que emocionó al tenor italiano.
Pero el fenómeno sin duda fue Pavarotti. Su figura obesa, su sonrisa permanente, su pañuelo en la mano izquierda y su saludo de brazos abiertos después de cada aria, que evoca el abrazo de un oso, sedujeron al público.
Pero si su personalidad conquistó, su voz enloqueció. La noche lírica se inició con Verdi. La obertura de Luisa Miller que abrió el programa fue la antesala de 'Quando le sere al placido' de la misma ópera, con la cual el tenor arrancó los aplausos de bienvenida de los 50.000 espectadores. Luego, el flautista italiano Andrea Griminelli deleitó a los asistentes con su virtuosismo en un andante de Mozart. La segunda aparición del tenor fue para interpretar 'O Paradiso' de la ópera La Africana de Mayerbeer. Y de nuevo la obertura de Las vísperas sicilianas, interpretada por la Filarmónica bajo la batuta del director italiano Leone Maguiera, dio paso a la tercera aparición de Pavarotti en 'La mialetizia infondere', seguida de una en francés: 'Parquoi me reveiller' de la Werther de Massenet.
Después del intermedio Pavarotti interpretó dos arias de Tosca: 'Recóndita armonía' y 'E lucevan le stelle'. Y luego de la aplaudida interpretación de la fantasía para flauta de Carmen de Bizet realizada por Grimanelli, el tenor italiano continuó con 'Vesti la giuba', la historia de Canio, de Payasos, que fue tan aclamada como la interpretación que acto seguido hizo la Filarmónica de la obertura de Guillermo Tell, de Rossini. Tres canciones hicieron el final del programa: 'La Matinatta', de Leoncavallo; 'La girometta', de Sibella y 'Non ti scordar di me', de De Curtis, que cerró con el esperado y anunciado Do sostenido.
Pero los asistentes sabían que ese no era el verdadero final. En cinco oportunidades los aplausos de un público que no se movió de su puesto trajeron de nuevo a escena al tenor. Faltaba la esperada canción napolitana 'O sole mio', cuya alegría fue contrastada con un toque sentimental del tenor, que rompió su mutismo para anunciar la interpretación de su Ave María, compuesta en 1994 "un año poco bueno". A los gritos de "otra, otra" Pavarotti respondiò con "Tra voi belle" y "Donna non vidi mai"... Y aunque después de cuatro bises ya nadie dudaba que ese era el final, Pavarotti se despidió del público con Granada, de Agustín Lara. Esta fue la única interpretación en la que hubo fallas. Al maestro se le había acabado el aire y olvidó la letra en español. Y la Filarmónica, que hasta ese momento había tenido una interpretación inmaculada, también tuvo unas caídas. Pero esta improvisación no hizo más que darle un toque humano a la despedida del maestro.
Tal vez lo único que llamó la atención fue lo breve del programa. Por lo general este tipo de eventos musicales se caracterizan más por ser interminables que memorables y los asistentes al estadio creían que iban a oír más canciones del tenor. Si se excluyen las piezas interpretadas por la Filarmónica y las dos apariciones del flautista, Luciano Pavarotti solo cantó 10 arias y canciones. Pero esto fue compensado a satisfacción con los cinco 'encores', los cuales dejaron a todo el mundo con la dosis necesaria. Como dice el refrán, bueno y breve, dos veces bueno.
Lo cierto es que el éxito de la noche sublime de Luciano Pavarotti seguramente tendrá implicaciones en la vida cultural del país hacia el futuro. Significa que a Colombia sí se pueden traer las figuras más caras del mundo del espectáculo en condiciones rentables.
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