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| 1/4/2009 12:00:00 AM

Ojo por ojo

Una mujer iraní logró que el hombre que le quemó la cara y la dejó ciega reciba como castigo 20 gotas de ácido en cada ojo.

Ameneh Bahramí apenas podía acomodarse en una de las sillas de madera de un juzgado desabrido del centro de Teherán, decorado sólo con una proclama hecha por el Ayatolah Jomeini al principio de la Revolución Islámica ya hace 30 años: "ghoveh ghazaieh" (la justicia es el lugar de protección del pueblo). Unas gafas negras y un 'heyab' del mismo color (una pañoleta usada como velo) disimulaban la ceguera y el rostro desfigurado de esta mujer mientras esperaba la llegada al recinto de la persona que le destrozó la vida hace más de cuatro años, Majid Movahedí, un ex compañero de universidad que le arrojó ácido en la cara por la simple razón de que ella se negó a casarse con él.

Ameneh, de 29 años, decidió hacer uso de su derecho a reclamar el qisas, la ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente, y pidió para su agresor una de las condenas más dramáticas que se han pedido ante la ley iraní en los últimos tiempos: "Quiero que le apliquen 20 gotas de ácido en sus ojos, así podrá darse cuenta del dolor que se siente cuando el ácido quema tus ojos y lo difícil que es la vida cuando se está ciego", le dijo al jefe de la justicia iraní, Hashemi Shahroudi, cuando se dirigió a él para pedir la aplicación de la ley según la cual si el acusado o su familia reclaman, el castigo tendrá que ser proporcional al crimen que se cometió. La diferencia es que la condena en la mayoría de los casos suele ser la ejecución o el ahorcamiento.

"¿Por qué no pide la muerte?", le preguntó él en ese entonces. "Porque de esa manera no sufrirá igual que yo", le respondió.

Esta petición y el hecho de que quien lo haga sea una mujer, cuya vida según la ley iraní vale la mitad de lo que vale la de un hombre, ha hecho que el caso haya tenido una resonancia increíble tanto en la prensa local como en la internacional, hasta el punto de que en la actualidad se hacen tres películas sobre su historia.

Ésta comenzó cuando Majid, quien hoy tiene 25 años, y Ameneh estudiaban ingeniería electrónica en la universidad de Azad de Teherán. Ella, que en ese entonces trabajaba también en una compañía de instrumentación médica, apenas reconocía a su compañero, a quien define como un hombre "huraño, torpe y extraño". Por eso fue una sorpresa cuando la madre de ese desconocido llamó un día a la casa de su familia para pedirle su mano. Como era de esperarse, la propuesta fue rechazada, pues Ameneh siempre había dicho que quería casarse por amor.

Días después, la joven se encontró con su supuesto enamorado en uno de los talleres y le reiteró que no lo quería. Él le contestó que no aceptaba la negativa de nadie. "Pero consiguió el teléfono de mi oficina y llamaba insistentemente para decirme que tenía que casarme con él", contó Ameneh a SEMANA desde su apartamento en el oeste de Teherán. Ante el acoso, ella empezó a temer por su vida. "En una llamada me dijo que me iba a quemar y que sería miserable".

Poco tiempo después, Majid la esperó a la salida de su oficina, ubicada en el centro de la ciudad, y ella, muerta del susto, le dijo que estaba comprometida. "No te cases con él, cásate conmigo", le pidió entonces.

Cuatro días más tarde, el miércoles 3 de noviembre de 2004, Ameneh tuvo un presentimiento. "Recuerdo que ese día de Ramadán, mientras paseaba por un parque cerca de mi oficina, estaba muy contenta y de repente, por una fracción de segundo, pensé que nunca más vería el sol ni el cielo azul". No se equivocó.

Minutos más tarde Ameneh se dio cuenta de que Majid la seguía. "Alcancé a ver que sostenía un frasco rojo, luego me tiró un líquido y salió corriendo. Yo estaba ardiendo y gritaba para pedir ayuda. Pensé que no había nadie a mi alrededor. Todo estaba oscuro como mi destino".

Desde ese momento todo ha sido un drama para ella. Su cara quedó desfigurada, perdió sus dos ojos, su familia vendió todo lo que tenía para poder ayudarla con las operaciones y no pudo completar ninguno de sus sueños. "Si esto nunca hubiera sucedido, hoy sería una mujer exitosa. Pero todo es diferente ahora, hoy no puedo trabajar y soy una carga para mi familia".

Durante los tres primeros años después del accidente Ameneh estuvo tan preocupada por su salud, que ni siquiera pensó pedir el qisas para Majid, que se encuentra preso desde el ataque. Sólo en 2007 empezó a planteárselo. "La gente que me veía en la calle me pedía que reclamara por esa ley. Me decían que no lo dejara morir de repente, que pidiera que le echaran ácido para que sintiera lo mismo", explica Ameneh con mucha soltura en su español aprendido a medias durante los tres años que vivió en Barcelona con el propósito de recuperar algo de su rostro. Hasta ahora le han practicado más de 18 operaciones y espera poder regresar para reconstruir sus pómulos y sus párpados.

Durante el juicio, el juez encargado del caso, Aziz Mohammadi, escuchó con calma la versión de Ameneh y de Majid, que reconoció que todavía quería casarse con ella. Después de asegurarse de que el acusado no sentía ninguna culpa por lo que había hecho, decidió que Majid recibiría 20 gotas de ácido en cada ojo siempre y cuando la agredida decidiera no aceptar el diyye, la recompensa económica que el atacante puede dar en este caso. Ameneh podría recibir 20.000 euros si decidiera que no se aplique la pena a Majid. "De ninguna manera. Nunca. No quiero ningún dinero que venga de él y además su familia nunca ha mostrado arrepentimiento".

A pesar de su victoria, Ameneh y su familia tendrán que recolectar primero 20.000 euros para que Majid reciba el castigo completo, pues ese es el precio estimado por la ley para pagar por el ojo que no le corresponde debido a que dos ojos suyos, por ser mujer, tienen el mismo valor que uno de él. "Estoy segura de que lo recogeré, mucha gente me ayudará". A esto se suma que será una de las personas de su familia, probablemente su madre, la que tendrá que aplicarle las gotas a Majid, pues ningún doctor está autorizado para hacerlo. "Lo importante de mi caso es que la gente estúpida como Majid se lo pensará dos veces antes de hacer lo que él me hizo", dice. Eso mismo piensa la justicia iraní, que argumenta que al sentar este precedente será más difícil que un caso de estos se repita. "Lo que él hizo destruyó mi vida y la de mi familia. Yo no quiero que la gente piense que soy una salvaje, sólo quiero luchar por mis derechos".
 
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