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| 6/13/2004 12:00:00 AM

Otra vida trágica

La semana pasada murió la madre de la princesa Diana. Su vida fue tan triste como la de su hija.

Lady Di pasó a la historia como una mujer que, a pesar de tenerlo todo, nunca pudo ser feliz. Lo que pocos saben es que su vida fue tristemente parecida a la de su madre. Frances Shand Kydd murió la semana pasada, aislada del mundo en su humilde cabaña en la isla de Seil, en Escocia. Un muy lánguido final para una mujer que en su juventud vivió rodeada de reinas, reyes y lujos.

La mamá de la princesa Diana era una de las bellezas más célebres de la aristocracia británica. El padre de Frances, el cuarto Lord Fermoy, era nieto de un multimillonario norteamericano que había dejado una enorme fortuna. Su madre, Lady Ruth Fermoy, era una mujer arribista que se había convertido en la primera dama de compañía de la Reina madre. Por cuenta de esa amistad Frances creció en una de las residencias que hacían parte de los terrenos del castillo real de Sandringham.

Por esto cuando a los 18 años le llegó la hora de casarse su familia le dispuso a Johnnie Althorp, el hijo del millonario Conde de Spencer, 12 años mayor que ella. Aunque tenía apellidos y abolengo, carecía de dinero pues su avaro padre no le soltó ni un penique hasta su muerte, razón por la cual la unión con la heredera millonaria parecía hecha en el cielo. La boda se celebró por todo lo alto en la Abadía de Westminster y a ella asistieron la reina Isabel, su esposo el duque de Edimburgo, la Reina madre y la princesa Margarita. A pesar de las apariencias no se trataba de un cuento de hadas.

Johnnie terminó siendo un mantenido de su esposa, un hombre taciturno y, para colmo, un bebedor empedernido. Pero el mayor dolor de cabeza de Frances era la obsesión de su esposo por tener un heredero varón. Para colmo de su mala suerte, sus dos primeros bebés fueron niñas: Sarah y Jane. En 1960 finalmente dio a luz un niño, pero la dicha duró solo 10 horas pues el pequeño John nació con una deficiencia pulmonar que le ocasionó la muerte. Un duro golpe para la madre, a quien ni siquiera se le permitió ver el cadáver de su hijo. Dieciocho meses después nació Diana y desde entonces su esposo llegó al extremo de obligarla a recibir tratamientos ginecológicos para averiguar por qué Frances sólo era capaz de engendrar mujeres. En 1964 el deseo de Johnnie se hizo realidad con el nacimiento de Charles. Pero para entonces la relación estaba totalmente deteriorada.

A los tres años Frances recibió el impulso que necesitaba para terminar con su fracasado matrimonio. Ella y su esposo se fueron a esquiar a Courchevel, Francia, con Peter Shand Kydd, un millonario empresario dueño de un imperio de papel de colgadura, y su esposa. Durante esas vacaciones empezó un romance entre Frances y

Peter que continuaría en Londres. Johnnie no tardó en enterarse y de esta manera se inició uno de los escándalos más sonados de la sociedad británica, casi comparable al suscitado por el divorcio de Carlos y Diana y sus mutuas infidelidades.

Frances solicitó el divorcio alegando que su esposo la maltrataba. Él, por su parte, contrademandó tachándola de adúltera y pidió la custodia de los cuatro hijos. Para sorpresa de Frances el testigo estrella del juicio en su contra fue su

propia madre, Lady

Fermoy, una mujer en exceso conservadora que reprochó ante los jueces el comportamiento de su hija. Después de perder la custodia de sus hijos, el círculo real en el que ella había crecido la repudió, un 'exilio' que sólo terminaría al emparentar con la Reina gracias al matrimonio de Diana.

El rechazo hizo que, luego de casarse con su amante, Frances decidiera irse a vivir a Australia, donde su esposo tenía varias propiedades. Sus pequeños hijos crecieron con el resentimiento de haber sido abandonados. Sólo veían a su madre en contadas ocasiones y la relación siempre fue distante. La excusa perfecta para recuperar la confianza de Diana fue su matrimonio con el príncipe Carlos, cuando la ayudó con todos los preparativos. Pese a su imagen de adúltera, el día de la boda ocupó como en sus mejores épocas un lugar de honor al lado de sus consuegros. Aun así los desaires no terminaron. Aunque sus nietos los príncipes William y Harry la visitaban de vez en cuando, la familia real nunca le permitió tener un vínculo muy estrecho con ellos. Prueba de ello es que no la invitaban a las celebraciones de ocasiones especiales de los niños.

Como si todo lo anterior fuera poco, su segundo esposo la dejó por una mujer mucho más joven que ella. Ese golpe la llevó a refugiarse definitivamente como una ermitaña en su pequeña y remota cabaña de Escocia. Frances buscó alivio en el catolicismo, religión a la que se convirtió en 1994 con tal fervor que llegó a rayar en el fanatismo. Su nueva pasión eran las obras de caridad. También buscó consuelo en algo más terrenal, la bebida, lo que le ocasionó una detención por conducir en estado de embriaguez.

Pero el dolor más grande estaba por venir. En 1997, antes del accidente que le costaría la vida a la princesa Diana, Frances ya había perdido a su hija para siempre. Con la intención de recaudar dinero para una de sus obras benéficas aceptó dar una entrevista a la revista británica Hello por 30.000 libras esterlinas. En lo que consideraba una conversación inofensiva hizo comentarios acerca de la bulimia de Diana y aseguró estar feliz de que su hija hubiera perdido el título de Su Alteza Real: "Por fin podrá ser ella misma, usar su propio nombre y encontrar su identidad", afirmó.

La indiscreción desató la ira de Diana, que desde ese momento cortó por completo toda relación con su mamá. Se negó a pasarle al teléfono y las cartas se las devolvía sin siquiera abrirlas. "Ella se quería promover a sí misma. Yo nunca le cuento nada, nunca", habría confesado Lady Di a un amigo cercano.

Jamás volvieron a hablar, pues sólo cuatro meses después del incidente Diana murió en París. La tristeza de no haberse reconciliado con su hija llevó a Frances a recluirse más en su solitaria vida. Su estado de salud se debilitó, le diagnosticaron mal de Parkinson, enfermedad por la cual empezó a tener problemas para hablar y perdió el equilibrio. Algo que siempre la atormentó era suponer que sus acciones habrían provocado la desdicha de su hija. Frances comentó hace varios años: "Nuestras vidas han tenido muchas similitudes, incluso en nuestros anillos de compromiso".
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