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| 4/4/2015 10:00:00 PM

La joven que se opuso al régimen norcoreano

Park Yeon-mi se fugó de Corea del Norte para contar lo que significa vivir bajo el régimen represivo de la dinastía Kim.

Tenía 9 años. Ese día, las autoridades convocaron a un estadio a los habitantes de su pueblo, Hyesan. Una vez estuvo lleno, los funcionarios del régimen ejecutaron a la mamá de una de sus compañeras de clase por prestarle a un vecino una película surcoreana. Lo recuerda claramente, porque entonces se enteró de la barbarie que imperaba en su país. Pero creyó que el resto del mundo obedecía a esas reglas extremas. Poco a poco se fue convenciendo de lo contrario, a pesar de que hechos como ese siguen pasando hoy. Park logró escapar para contar su experiencia, pero la fuga también le dejó cicatrices.

La de Park es una historia de supervivencia y activismo. La joven de 21 años es un objetivo militar del régimen, está amenazada y debe cuidar su espalda donde quiera que va. A pesar del peligro con el que convive, se ha convertido en una voz firme de los desertores del país asiático, que gasta millones de dólares en maniobras militares de todo tipo, hasta cibernéticas, pero deja morir a millones de sus habitantes de hambre. Un régimen donde la megalómana dinastía Kim controla a ultranza los destinos de sus ciudadanos y perpetúa el culto familiar que comenzó en los años cincuenta con el fundador Kim Il-sung, siguió con su hijo Kim Jong-il y permanece bajo la férula del nieto, el joven dictador Kim Jong-un.

El trauma que produce una dictadura represiva a los flagelados en cuerpo y alma es difícil de cuantificar. El régimen lo sabe y aprovecha la memoria inconsistente de ellos para desacreditarlos. Como método, ataca el discurso de los desertores, trata de despedazarlo, al menos dentro de sus fronteras y, si puede, en la escena mundial. Porque después de ‘hackear’, difamar es una de las actividades más fomentadas por Corea del Norte. Y siempre queda el miedo de un paso más radical: el régimen ha sido acusado de despachar sicarios a asesinar a los desertores donde se encuentren alrededor del mundo.

Yeon-mi se dio a conocer a finales de 2014, luego de participar en el One Young World Summit de las Naciones Unidas, donde pronunció un poderoso discurso. Vestida con un traje típico de su país, la joven expresó cómo para los extranjeros es imposible imaginar la vida en Corea del Norte: “No somos libres para cantar, decir, vestir o pensar lo que queramos”, afirmó con la voz quebrada. Y es que la presencia del líder es tan ubicua que ella creía de verdad que el dictador escuchaba sus pensamientos en todo momento.

La fuga fue tan devastadora como la situación de la que escapaba, pues aprovechó la trata de personas para cruzar la frontera con China. En 2009, cuando desde Seúl contó su historia por primera vez, Park evitó develar la parte más cruda por temor al deshonor. Pero una vez asumió su rol de activista, no tuvo más remedio que no dejar cabos sueltos para que el régimen pudiera aprovechar para atacarla.

Un escape tortuoso


Yeon-mi nació en 1993 en el seno de una familia acomodada. Su padre trabajaba con el partido de gobierno y su madre era enfermera en el Ejército. En 2002, la familia se mudó a la capital Pyongyang buscando mejorar sus condiciones, pero la situación cambió drásticamente cuando su padre fue condenado a prisión y a trabajos forzados por incurrir en prácticas comerciales ilegales. Tras las rejas descubrió que tenía cáncer de colon y, para poderse tratar, sobornó a algunos oficiales para salir de la cárcel. Una vez fuera planeó escaparse con su familia. Pero pensando que su enfermedad podría entorpecer la salida, les recomendó a su hija Yeon-mi y a su esposa huir primero. La familia ya estaba incompleta pues la mayor, Eun-mi, había escapado a China sin consultarles y la creían muerta.

En 2007, su madre y Yeon-mi entregaron su suerte a una banda de contrabandistas chinos para cruzar la frontera con ese país. Pero el viaje fue inhumano. Uno de los traficantes amenazó con denunciarlas si Yeon-mi no tenía relaciones sexuales con él. Desesperada, la madre se ofreció para el sacrificio, y Yeon-mi tuvo que presenciar la violación. Poco después se les unió el padre, y encontraron refugio en la provincia de Shenyang en China, que ni siquiera tenía agua potable y les recordaba la miserable vida en Corea del Norte.

En 2008, la joven y su madre vieron morir en la clandestinidad al hombre de la familia, pero no pudieron llorarlo para no despertar sospechas. Sepultaron las cenizas en silencio y siguieron su camino. Lograron llegar a Mongolia tras arrastrarse por el gélido desierto de Gobi, según dijo, “siguiendo las estrellas del norte”. En la frontera mongola, las dos mujeres de nuevo enfrentaron amenazas. Y frente a la posibilidad de ser devueltas a China, decidieron despedirse la una de la otra y suicidarse con los cuchillos que portaban. Los guardias recapacitaron y les dieron paso. Desde Mongolia las dos mujeres volaron a Corea del Sur, el destino que las confirmaba libres. Allí, para su enorme sorpresa, volverían a ver a Eun-mi.

Frente a un auditorio pasmado, Park Yeon-mi concluyó su relato para advertir que su misión era “poner el foco de atención en el lugar más oscuro en la Tierra”. Su historia atrajo el interés de los medios de comunicación y de las editoriales, y así le llegó la oportunidad de escribir un libro. En ese proceso la acompañó la periodista Maryanne Vollers, quien la instó a contarlo todo, tan fielmente como pudiera recordarlo. Vollers se vio sorprendida por la personalidad de la joven, quien a pesar del evidente dolor que sufría al recrear las imágenes de su pasado tenía un vivo sentido del humor. Quienes no ríen frente a la situación son los oficiales de Corea del Norte, que no descansan en sus esfuerzos por desvirtuar a la desertora.

Vollers contó al diario The Guardian que poco después de aceptar el trabajo recibió un correo que le exigía alejarse del proyecto, pues escribir el libro de Yeon-mi sería propagar sus mentiras. Y era tan solo el comienzo de la estrategia. El régimen también apostó a producir un video en el que varios de los tíos, tías y primos de la joven la describen como una ‘niña ambiciosa’. El efecto de ver a su familia señalada, utilizada y vulnerable no deja de ser parte del precio que Yeon-mi tiene que pagar por dejar atrás la frontera oscura y expresarse sobre el régimen.

Una ventana pirata

El régimen es implacable con el tráfico de expresiones culturales extranjeras. Tener una película de Bollywood o de Rusia puede costarle a un ciudadano tres años de cárcel, y si la película es estadounidense o surcoreana, la muerte. Pero a pesar de las severas penas, la piratería es cada vez mayor y ha abierto una ventana a un mundo distinto a los ciudadanos del régimen. En el caso de Park fue Titanic, la película de 1997, la que le abrió los ojos. “Me resultó impactante que el hombre diera la vida por una mujer, y no por su país. Y por otro lado, que la película mostraba una historia de hace 100 años, y todo era mucho más desarrollado que nuestro entorno”.
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