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| 8/10/1998 12:00:00 AM

PAZ EN SU TUMBA

La vida de Jaime Michelsen Uribe estuvo marcada por guerras financieras en la cima y guerras jurídicas en la derrota.

Dados los últimos y difíciles añosde Jaime Michelsen, muerto hace poco más de una semana tras una penosa enfermedad, su familia quiso tener para él un funeral discreto, en el que estuvieran solamente los más íntimos amigos del antiguo banquero. Michelsen ni siquiera fue velado en una funeraria sino en su propio apartmento en Bogotá. Por eso sorprendió cuando cientos de personas desfilaron por la capilla del Gimnasio Moderno, donde había estudiado Michelsen y donde tuvieron lugar las exequias, a rendirle un último homenaje a quien hace 20 años era considerado como el hombre más poderoso del país. Allí estuvieron Carlos Ardila Lülle, quien siempre reconoció una eterna deuda de gratitud hacia Michelsen por el respaldo que le dio cuando aún no era un magnate. Allí estuvo Luis Carlos Sarmiento, quien no era más que un banquero con futuro cuando Michelsen era un águila y a quien hoy ha reemplazado en su papel de zar de la banca. Estos y muchos otros dignatarios quisieron estar presentes en la despedida de un individuo que por encima de todo marcó una era en el país. Jaime Michelsen vivió y murió en medio de una gran controversia. Para muchos fue el financista visionario que sacó a la banca colombiana del nivel parroquial en que se encontraba al comenzar la década del 70. Para sus detractores fue el banquero voraz que siempre le hizo el quite a las normas en su afán de aumentar su poder. Para su familia y sus allegados fue una víctima del Sindicato Antioqueño, del llerismo, de la ingratitud del presidente Belisario Betancur y del revanchismo de El Espectador. En cualquier caso, Michelsen ha sido tal vez el hombre que ha caído de más alto en la historia contemporánea del país. Con el transcurrir de los años, la controversia en torno suyo se ha ido desvaneciendo poco a poco. En el momento de morir Michelsen era un hombre digno y vencido, que no había conocido la paz durante su época de gloria por las permanentes guerras financieras que libró contra sus rivales, y menos aún durante su desgracia por las continuas guerras jurídicas que se vio obligado a enfrentar. Solo en sus últimos días encontró esa paz que le brindó estar rodeado de su familia, que para él siempre fue más sagrada que todo lo demás. Tras su muerte, el veredicto sobre la vida y la obra de Jaime Michelsen ha quedado en manos de la historia.
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