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| 2/15/2014 3:00:00 AM

Shirley Temple la pequeña gigante

En la época de oro de Hollywood, a comienzos de los años treinta, la actriz más taquillera del mundo era una niña de 3 años. Shirley Temple, fallecida la semana pasada, será recordada como la pionera de las celebridades infantiles.

Para retirarse de Hollywood a los 22 años, después de protagonizar 43 películas, hay que ser alguien muy precoz. Más precisamente, hay que ser Shirley Temple, la niña prodigio del cine. Con solo 3 años, la pequeña de rizos dorados y hoyuelos en las mejillas se convirtió en la actriz mejor pagada de la industria a mediados de 1930, por encima de Clark Gable, el galán del momento. Ni siquiera había mudado de dientes y ya acumulaba una fortuna personal de 3 millones de dólares y un Oscar honorífico por ser “la niña que más felicidad le había proporcionado al mundo”.

Su encanto fue un antídoto durante los años posteriores a la Gran Depresión. “En ese entonces la gente necesitaba algo que la animara y por eso se enamoró de un perro, Rin Tin Tin, y de una niñita”, reconoció alguna vez la propia Temple, fallecida la semana pasada a los 85 años. Considerada la pionera de las estrellas infantiles, la actriz paradójicamente logró sobrevivir a la fama: en su biografía no hay rastro de excesos, adicciones ni escándalos. Toda una hazaña hoy, cuando se ha vuelto costumbre que las jóvenes celebridades caídas en desgracia aparezcan en los titulares al menos una vez por semana (ver recuadro).  

La historia de Temple, en todo caso, empezó como casi todas: con un padre que quiere que sus hijos sean todo lo que él no pudo ser. Su mamá, una bailarina frustrada, la inscribió en clases de danza a los 2 años. El golpe de suerte llegó cuando una compañía cazatalentos fichó a la niña en un cortometraje en el que varios bebés imitaban estrellas adultas. Fox no tardó en fijarse en ella y en 1934 le propuso su primer gran papel en Stand Up and Cheer. Con un contrato de 150 dólares a la semana, Temple se convirtió en la consentida de Hollywood. Los estadounidenses se enamoraron de su papel de niña buena y optimista capaz de superar, a punta de canciones, cualquier tragedia, ya fuera un naufragio (Captain January), el suicidio de su papá (Litte Miss Marker) o la muerte de su mamá en un accidente automovilístico (Bright Eyes). En resumen, lecciones para enfrentar la crisis.     

“Cuando el ánimo de la gente está más bajo que nunca durante esta Depresión, es maravilloso que por tan solo 15 centavos un estadounidense pueda ir al cine a ver la sonrisa de una bebé y olvidar sus problemas”, solía decir el presidente Franklin D. Roosevelt. Pero el encanto terminó tan pronto ‘la bebé’ empezó a crecer. Fox no permitió que MGM la contratara para protagonizar El mago de oz en 1939 –Judy Garland se quedó con el papel– y hoy muchos se atreven a asegurar que ese fue el principio del fin de su carrera en el cine. Con 11 años estaba acabada. Después de un par de intentos como adolescente la joven, ahora de pelo castaño, se alejó de las cámaras a los 22.        

La veinteañera bien podría haber derrochado su fortuna, pero en lugar de resignarse al olvido o los excesos, descubrió una nueva vocación: la política. Después de dos matrimonios y tres hijos, Temple aspiró al Congreso por el Partido Republicano en 1967 y, aunque no ganó, logró ocupar varios cargos importantes: fue desde delegada ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y jefe de protocolo del presidente Gerald Ford hasta embajadora en Ghana y Checoslovaquia, que coincidió con la caída del comunismo. En contra de todos los pronósticos, la actriz demostró que también podía ser una buena diplomática.

En sus últimos años apoyó campañas a favor de los refugiados y del medioambiente e incluso se convirtió en una de las primeras figuras públicas en hablar abiertamente sobre la prevención del cáncer de seno, luego de padecerlo ella misma. A pesar de que logró dejar atrás su paso por Hollywood, siempre la acompañó esa imagen infantil con la que saltó a fama, tanto así que hoy es casi imposible recordarla adulta –los homenajes que han aparecido en los medios estos días están llenos de fotos de su época dorada, cuando solo tenía 5 años–. Al menos para el imaginario colectivo y los libros de historia del cine, la pequeña Shirley, la de los rizos dorados y los hoyuelos en las mejillas, nunca creció.

Jóvenes y rebeldes

La historia de Shirley Temple es una excepción a la regla. Estas son solo algunas de las estrellas infantiles que descubrieron el lado oscuro de la fama en la adolescencia.

La primera vez que Lindsay Lohan estuvo frente a las cámaras fue a los 3 años. Hoy es común ver a la exestrella de Disney, de 27, dando explicaciones a la Justicia. Su prontuario incluye desde drogas hasta robos.

Justin Bieber consiguió su primer contrato con una disquera cuando tenía 12 años. En enero el adolescente más popular del planeta, de 19, fue arrestado por manejar borracho y por golpear a un conductor. Macaulay Culkin, de 33 años, saltó a la fama a los 9 como el inolvidable Kevin McCallister en Mi pobre angelito. Después de luchar contra su adicción a las drogas, su carrera no volvió a despegar.

El año pasado Miley Cyrus se despidió del personaje de Disney Hannah Montana. Aunque la cantante de 21 todavía no ha ido a la cárcel, sus presentaciones obscenas y adicciones son noticia todos los días.
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