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| 11/9/2013 12:00:00 AM

López Michelsen fue un “liberal doctrinario”

Así lo describe Óscar Alarcón en el homenaje que le hizo al expresidente por sus 100 años de natalicio.

El pasado 6 de noviembre Óscar Alcarcón, el autor de los Microlingotes que publica la Revista SEMANA pronunció un discurso en el que le hace un perfil a Alfonso López Michelsen. Esto lo hizo con motivo del lanzamiento de la emisión filatélica y como un homenaje al centenario del natalicio del expresidente este 2013. 

El evento, realizado en la biblioteca del Gimnasio Moderno, fue organizado por el Ministerio de Tecnología de la Información y las comunicaciones. Servicios Postales Nacionales S.A.4-72 y el Comité Centenario del natalicio del expresidente.

Semana.com reproduce el discurso de manera íntegra. 


Alfonso López Michelsen tuvo la fortuna de vivir casi todo el siglo XX, desde su lejana niñez cuando nuestra joven república comenzaba a mostrarse ante el mundo, luego de las interminables guerras civiles del siglo XIX que nos condujeron a la guerra de los Mil Días y a la separación de Panamá, hasta los inicios del presente siglo, con un país todavía en guerra pero con la firme esperanza de lograr la paz, sobre todo después de los anuncios hechos esta mañana desde La Habana.

 En sus casi cien años de vida sus compatriotas tuvimos también la fortuna de tenerlo, de nutrirnos de sus conocimientos, de su profundidad intelectual, de su amplio conocimiento del Estado, de nuestra nación y de sus gentes. Pero así mismo nos lo gozamos con su picardía, con su humor, con su forma peculiar de referirse a las cosas, así fueran trascendentales.

Tuve con el presidente López una cercanía muy particular. Lo admiré y lo traté con respeto a pesar de que hubo momentos en que nos encontramos en orillas distintas y diferentes. En los inicios de su gobierno, en 1975, expidió el célebre decreto en donde revestía de solemnidad el matrimonio civil, es una especie de Epístola para leérsela a los contrayentes. Yo que entonces concluía mis estudios de derecho y ante la convicción de que el presidente de la República no tenía facultades para expedir esa norma, quise probar suerte y la demandé ante la Corte Suprema de Justicia. Acerté y ese Alto Tribunal aceptó mis argumentos. 

Pasaron los años y cada vez que tenía oportunidad el presidente López, con su sorna característica, me reclamaba con amistad y como maestro, esa actitud, y así lo dejó consignado en el prólogo que me escribió para mi libro sobre los vicepresidentes y designados   Pero así son las cosas. Si bien mi demanda, y el fallo de la Corte fue sobre la legalidad del acto, nadie puede desconocer la prosa y la belleza de esa admonición a tal punto que como notario siempre acudí a esa Epístola para darle solemnidad a los matrimonios, y hoy también lo haría frente a los matrimonios de personas del mismo sexo que fue, con el intercambio humanitario, una de las batallas que libró en sus últimos años de vida.

A propósito de notario, valga recordar que una vez, haciéndole eco a la vieja leyenda de que los notarios ganan mucho dinero, el presidente me comentó: “Oiga Óscar, ¿es cierto que a usted ahora lo llaman Óscar de la Renta?”. Y yo, que  no podía quedarme con golpe tan certero, y como si se tratara de una piquería vallenata, le respondí: “¡Que Óscar de la Renta, si acaso seré Óscar de la Olla!”.

Que agradables eran los almuerzos y las tertulias con él. Una vez nos relató la historia del senador José Ignacio Díaz Granados, que esta consignada en sus “Palabras Pendientes”. Díaz Granados es bisabuelo del ex ministro Sergio Díaz Granados, hoy presidente de la U. Según López los parlamentarios de esos años (de los años diez o de los años veinte) dejaban a las señoras embarazadas en la Costa y se traían o se levantaban aquí a sus queridas. Llegaban con música y trago de contrabando. La amante de Díaz Granados, que se llamaba Concha, le puso un telegrama a Santa Marta en donde le dijo:
“Vente. Te necesito urgentemente. Concha”.

Eran  los días de la posesión del presidente José Vicente Concha y el senador, relataba López, ni corto ni perezoso, se echó el telegrama al bolsillo y se fue para la oficina de la United Fruit en Santa Marta a solicitar plata prestada, pues no tenía los recursos para viajar a Bogotá ya que el Congreso aún  no se había instalado y no le habían pagado el primer sueldo. La United, como era de esperarse, y creyendo que Concha era el presidente, se la prestó enseguida.

 En una de esas tertulias le pregunté: “Oiga presidente ¿usted sabe en que se parecían Bolívar y el padre García Herreros”. Naturalmente me miró con escepticismo y respondió que no sabía. Y yo le apunté: “En que ambos hacían programa con Manuelita”. Fue ese uno de los apuntes que más le gustaba y con cierta frecuencia me lo hacía repetir.

“Es que sus mejores Microlingotes son los que no publica”, me comentaba con alguna frecuencia cuando después de un par de Sello Rojo le soltaba un apunte impublicable.

Fue “dictador” y de izquierda. Sí, porque era más dado a dictar a su secretaria (aquí veo a Luz Marina, su secretaria) que a escribir a mano y mucho menos en computador. Y de izquierda porque además de que sus ideas tenían ese sentido, era zurdo, condición que la sufrió, sobre todo  hace muchos años, cuando tener ese “defecto” era casi una maldición. Liberal doctrinario, herencia no solo de su padre sino de sus más lejanos ancestros que se remontan a Ambrosio López, su bisabuelo, quien hizo parte de las huestes que eligieron a José Hilario López en el convento de Santo Domingo. De ahí su distancia pero también su respeto con las creencias religiosas a pesar de que, según declaró, se formó en un ambiente familiar en donde no solamente se rezaba todas las noches el rosario sino en donde se profesaba una gran admiración por la sabiduría y la prudencia de los grandes jerarcas.
Se sentía orgulloso de su lejano parentesco con nuestro Nobel Gabriel García Márquez, por los Cotes de la Guajira.

Me comentó en una ocasión: “Alguna vez me propusieron convocar una reunión de los Cotes en Riohacha, pero no se pudo hacer… porque la mayoría eran narcotraficantes”.

Como la política, como la literatura, como el periodismo, el amor y las damas también ocuparon gran parte de la vida del presidente Alfonso López Michelsen. En sus Memorias reconoce como novias a varias y de otras confiesa que se las adjudicaron pero fueron tan solo buenas amigas.

Siempre estaba bien acompañado por mujeres jóvenes y bellas, y no falta quien crea que a eso se debió  su longevidad hasta los 93 años, en pleno uso de sus facultades. Era feliz que lo vieran con ellas, posando en un coctel, en una comida, en Colombia Moda, evento al que muchas veces asistió en Medellín. Y ni hablar del Festival Vallenato, en donde con una o con varias a su lado tarareaba con picardía  esos paseos en donde la mujer es el personaje principal.

Sus acompañantes eran de diferentes grupos: ministras, como Noemí Sanín, María Consuelo Araújo; relacionistas públicas, como Ivonne Nichhols y Nora Trujillo; reinas de belleza, como María Teresa Egurrola; abogadas como Saturia Esguerra y María Luisa Mesa; magistradas como Clara Inés Vargas; Marta Rueda; Ángela Giraldo; de la televisión, como Paula Jaramillo, Viena Ruíz, Diana Sofía Giraldo; cantantes como Helenita Vargas y Miriam Socarrás Y me faltan datos de otros municipios
En su apartamento siempre las recibía ofreciéndoles un aperitivo que él mismo preparaba a base de cointreau, cognac y una que otra mezcla más, que jamás reveló, coctel al que  llamaba “tumba señoras”. Y era solo para ellas.

Además Dios premió al presidente López dándole únicamente cuatro nietas. Y, por supuesto, a esa extraordinaria mujer que la acompañó toda la vida: la centenaria Niña Ceci de quien aseguraba que su papá y su mamá la tuvieron siempre destinada a que se casara con él. 

Cuenta en “Palabras Pendientes”, el libro-reportaje con Enrique Santos Calderón: “Me acuerdo de una niña cubana con quien yo salía cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años y vivíamos en París. Mis papás me la montaron, como dicen ahora los jóvenes: que la negrita esa, que la cubana esa, que no la traiga a la casa a esa muchacha tan ordinaria, etcétera. Mujer a la que yo me aproximaba era mujer a la que mis padres condenaban”.

“Un día cuando estábamos celebrando el aniversario matrimonial de algún miembro de la familia, les dije:
--Bueno, si lo que ustedes quieren es que yo me case con Cecilia, no discutamos más. Me voy esta tarde a proponerle matrimonio a San Marino. Ella se encontraba allá, en San Marino, esa pequeña república que queda cerca de Francia y del principado de Mónaco. La Niña Ceci se educó en París, vivía con unas tías, cuando el presidente López Michelsen estudiaba bachillerato y compartían libros y discos. 

Sigue su relato: “Me dirigí esa misma tarde a San Marino y le propuse que nos casáramos. Y ella contestó:
--Si Mahoma no viene a la montaña, la montaña viene a Mahoma. Si, camine y hablamos con mi mamá.
“A la señora le pareció precipitado y yo le respondí:
--Necesito que esta misma noche se haga el compromiso porque yo le prometí a mis viejos que muy pronto me casaba con Cecilia,  y acabé casándome con ella”.


Hay quienes, casi cuarenta años después, se atreven a desconocer lo que significó para nuestro país el gobierno de López Michelsen. Arthur Okun es un reconocido economista norteamericano quien fuera asesor de Lyndon Johnson. Él diseñó una fórmula para calificar los gobiernos teniendo en cuenta la tasa de desempleo, la tasa de inflación y el crecimiento del PIB. Según este análisis, teniendo en cuenta todos los gobiernos desde 1958, la mejor administración económica ha sido la de López Michelsen, “cuyo índice presenta el valor más negativo, es decir la mejor calificación”. Idéntico análisis hizo en su momento la prestigiosa revista inglesa “The Economist”. Por eso el presidente López, con esa sorna que le caracterizaba, comentaba con orgullo que “el mejor año de mi administración fue el primero de la administración Turbay”.

Sobra señalar que durante su gobierno, entre las cosas importantes que hizo, fue darle vuelco total a la Contraloría General de la República, hizo expedir una ley orgánica de esa entidad, la ley 20 de 1976.

“Hace 53 años –dijo entonces— que la Misión Kemmerer dictó la primera disposición orgánica de la Contraloría, para sustituir la vieja institución española de la Corte de Cuentas y desde entonces nunca se había realizado una reforma a fondo. Esta es una obra de los colombianos, para los colombianos, que espero, dada su categoría científica, sirva para acreditarlos como expertos en la materia y que en otros países en donde exista una institución similar, recurran a nuestra experiencia y a este modelo que hoy se entrega para el aprovechamiento nacional, como ejemplo de lo que puede ser una buena y eficaz Contraloría para la vigilancia del gasto público”.

En su condición de expresidente era habitualmente consultado por sus amigos políticos. Cuenta en sus Memorias que veinte años después de las controvertidas elecciones de Misael Pastrana Borrero, una persona designada por decreto presidencial para gobernador de Nariño, se acercó a su oficina a pedirle consejo para la composición de su gabinete.

Cuenta: “Fuimos enumerando paso a paso los distintos cargos y en cierto momento se habló del ‘cupo Chamorro’. ¿Y quién es Chamorro? Pregunté. “¡Doctor! ¿Usted no sabe? Chamorro fue el liberal que puso cien mil pesos en billetes la noche de la elección de Pastrana para poder contratar una avioneta que fuera a las islas del Pacífico nariñense a ajustar los registros que debían venir por mar hasta Tumaco. Desde el gobierno del doctor Pastrana siempre se ha respetado el cupo de Chamorro en diferentes gobiernos”.

No fue amigo de varias disposiciones de la Constitución de 1991 y mucho menos de su origen. Criticó su desbordamiento resultado, según dijo, de los fallos ambiguos de la Corte Suprema de Justicia que le abrieron camino para que se autocalificara de soberana, omnipotente y omnímoda, “tanto que llegó al extremo de enfrentarse a un órgano jurisdiccional como el Consejo de Estado que puso en tela de juicio algunos artículos del reglamento de la Constituyente declarando la suspensión provisional. El caso fue similar al de un abogado a quien se le confió la tarea de reformar los estatutos de una sociedad anónima y al devolverle al cliente la minuta del contrato social se sintió autorizado para hacer nombramientos: ya había cambiado al gerente y disuelto la junta directiva”.

Sobre la séptima papeleta, que jamás fue contabilizada, comentó:
“Un buen día, un grupo de estudiantes de las universidades privadas de la capital, aquellas que otrora se calificaron de elitistas, volvió a echar mano del manido argumento del constituyente primario, no ya para sustituir el establecimiento político con una movilización de masas como la que derribó a la oligarquía española de los años treinta, sino con unas modestas manifestaciones pidiéndole al gobierno que propiciara una operación suicidio, consistente en llamar a elecciones a lo que es apenas un ente conceptual: el constituyente primario. Era algo semejante a andar buscando el Contrato Social en las notarías de la ciudad”.

¿Qué habría dicho el presidente López del referendo que se propone? Jamás fue amigo de esa clase de consulta, a pesar de que sí lo era de las conversaciones con la guerrilla y del intercambio humanitario. Recordaba que entre 1958 y 1969 se cumplieron en Francia seis referendos que consolidaron el gobierno de De Gaulle, hasta cuando, al llevarse a cabo el sexto, fue derrotada la propuesta de De Gaulle, quien se vio obligado a renunciar y a entregarle las llaves del Palacio del Eliseo a su sucesor, como cualquier doctor Santos. (se refiere a Eduardo Santos, quien le envió las llaves de la sede del Partido Liberal a Jorge Eliecer Gaitán, cuando este ganó las elecciones). Recordaba la frase de Mendes France, opositor de De Gaulle: “Un referendo no se debate. Se combate”.

Calificó de  “monstruosidad”  el referendo que iba a proponer el presidente Gaviria en momentos en que estaba al rojo vivo el conflicto con los Estadios Unidos para revocar la dosis personal de sustancias sicotrópicas aprobada por  la Corte Constitucional.

Afirmó López: “Comenté que era un acierto político y un desacierto jurídico. ¿Cómo entender que las decisiones de nuestro más alto Tribunal a petición del presidente de la República puedan ser modificadas por la votación popular? ¿En qué queda nuestro Estado de Derecho?”.

En los últimos años de su vida el presidente López se dedicó a opinar de los temas nacionales e internacionales exponiendo tesis novedosas, creando controversias. Decían que ponía a pensar al país. Elogiaba a los gobiernos, cuando había que elogiarlos, y los criticaba cuando así lo consideraba.

Además, gran parte de su tiempo lo empleaba pensando, leyendo, jugando golf, reunido con sus amigas y a veces con amigos, pero también haciendo prólogos de libros, tanto que en una ocasión viajó a  Medellín, y me pidió que me fuera con él, y con la Niña Ceci y también con su eterno acompañante, Romerito. Al llegar al lobby del hotel, en donde nos íbamos a hospedar, me pidió el favor que le llenara la tarjeta de ingreso. Cuando me tocaba colocar su profesión, lo miré, esperando que me dijera “abogado”. No, con naturalidad me respondió: “ponga, prologuista”. Se sonrió y miró atentamente para ver si yo era capaz de escribir eso. Lo hice, a sabiendas de que la joven recepcionista se iba a quedar sin saber en qué universidad se estudia esa profesión.

Mucha falta nos hace el presidente López. Su recuerdo nos lo revive, así que aplaudámoslo porque aquí lo tenemos, con su picardía.
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