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| 7/23/2001 12:00:00 AM

Pero sigo siendo el rey

La victoria del rey Simeón II en las pasadas elecciones de Bulgaria demuestra que los reyes exiliados de Europa todavía sueñan con gobernar.

No tienen trono ni reina pero si tienen súbditos que los comprendan. Los reyes europeos que perdieron sus derechos dinásticos por razones políticas no se han conformado con la cómoda vida en el exilio y cuando se presenta una oportunidad la aprovechan para reclamar la reinstauración de la monarquía o por lo menos abogan para que sus antiguos vasallos les permitan regresar a casa.

Por extraño que parezca la monarquía no está del todo en desuso pues cerca de 24 soberanos gobiernan actualmente en el mundo en países como Jordania y Arabia Saudita, mientras que otros son importantes figuras simbólicas, como sucede en Japón, España y Gran Bretaña.

Las familias reales desposeídas lograron una curiosa reivindicación la semana pasada cuando la coalición liderada por el rey Simeón II de Bulgaria ganó las elecciones legislativas, convirtiéndose en la mayor fuerza política de su país. Aunque el rey le aseguró a su electorado que no tiene intenciones de restaurar la monarquía los funcionarios salientes guardan reservas sobre las facultades administrativas de Simeón, un hombre que al llevar 60 años en el exilio no ha podido seguir de cerca la transformación de Bulgaria.

Pero su ausencia física no ha menguado el apoyo que su pueblo le profesa. Es que tener rey, así sea de lejos, constituye para algunas sociedades una sutil manera de mantener viva su identidad. De lo contrario no se explicaría por qué el rey Constantino de Grecia recibe en su oficina de Londres cerca de mil cartas semanales de sus súbditos o por qué Luis Alfonso de Borbón, nieto del rey Alfonso XIII y del general Francisco Franco, fue nombrado caballero de la Orden de Malta, distinción reservada a los jefes de Estado y a las cabezas de las casas reales, pese a que su único interés es dedicarse al mundo de la banca. Para los legitimistas el joven noble es el heredero al trono de Francia y lo conocen como Luis XX.

Según un informe realizado en 1997 por la revista The Economist, el recuerdo de los monarcas depuestos se embellece especialmente cuando el régimen que los reemplaza es peor. De esta forma un rey sin trono puede llegar a convertirse en un foco de convergencia para la oposición, sobre todo en los antiguos países comunistas, en donde los monarcas pueden ser vistos como una imagen atractiva del pasado.

El mayor problema para estos reyes de antaño es definir sobre qué y sobre quiénes van a gobernar. Después de un siglo de transformaciones sociales es muy difícil pretender que de buenas a primeras los pueblos acepten la autoridad de un soberano. Ese es el caso de los monarquistas de Austria y Hungría, que no sólo quieren restaurar la dinastía de los Habsburgo sino reconstruir el otrora imperio con toda su extensión territorial. Para evitarse estos problemas Otto von Habsburg, nieto del emperador Francisco José II, renunció a cualquier pretensión al trono y prefirió ocupar un escaño como miembro alemán del Parlamento Europeo.

No todos corren con la misma suerte. En 1997 el rey Leka de Albania obtuvo el 35 por ciento de favoritismo en un referendo para restaurar la monarquía, pero un par de días después tuvo que abandonar Tirana luego de que un grupo de sus más fervientes seguidores organizara un tiroteo durante una marcha en el Parlamento.

El heredero al trono de Italia, Víctor Manuel de Saboya, no ha podido regresar a Italia porque sobre su familia pesa un veto impuesto en 1948 por la República en la que se le prohíbe a los descendientes masculinos del rey Umberto poner un pie en la península. La decisión fue tomada a raíz del apoyo que le prestó la familia real a Benito Mussolini durante la Segunda Guerra Mundial.

La historia más singular de fervor monárquico se vive en Polonia, en donde siete organizaciones se disputan el trono a pesar de que el último rey, Estanislao II, fue derrocado en 1795 luego de la partición del país y no dejó ninguna línea de herederos.

Las arcas de los reyes sin trono suelen verse afectadas por las crisis económicas y para ganarse la vida muchos nobles han tenido que hacerlo como cualquier plebeyo. El rey Alejandro de Yugoslavia es agente de seguros y el rey Miguel de Rumania trabajó como piloto cuando era joven. También están los monarcas que subsisten gracias a las colaboraciones de sus seguidores, como dicen que ocurre con Zahir Shah, antiguo rey de Afganistán, cuyos gastos son subvencionados por un país amigo.

Aunque muchos manifiestan en público que no están interesados en volver a gobernar los países que abandonaron cuando eran niños, el éxito obtenido por el rey Simeón II de Bulgaria muestra que en el siglo XXI los monarcas seguirán dando de qué hablar ya sea en las revistas del corazón o en la contienda política.
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