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| 4/11/2015 10:00:00 PM

Peter Dinklage: el pequeño gigante de Juego de Tronos

Peter Dinklage apostó por papeles que no lo encasillaran como un enano mágico de barbas largas y su jugada le ha dado resultado.

Un actor de 1,35 metros de estatura, nacido en Nueva Jersey hace 45 años, ha dejado marca indeleble en los fanáticos de la serie Juego de tronos con su interpretación del díscolo Tyrion Lannister. Pero cuando comenzaba su carrera, Peter Dinklage no consideraba respetable hacer trayectoria en la televisión. No le parecía profunda y en sus palabras, prefería “hacer parte de obras de Samuel Beckett en sótanos” que perpetuar el juego según el cual los enanos deben ser enanos en la vida y en la pantalla.

Por eso resulta casi irónico que precisamente en el medio que despreciaba haya conseguido un reconocimiento mundial como una figura magnética y sexy. Para llegar a esas alturas, Dinklage superó su rabia adolescente y las burlas de sus compañeros de colegio hasta encontrar un camino en la actuación. Siempre tuvo claro cuando se graduó de arte dramático y perfeccionó su oficio en el teatro y en el cine que no explotaría ni ignoraría sus características físicas. De ese modo, interpretó a un enano que se queja de ser encasillado como tal en su primera película Living in Oblivion, de 1995, y se ha visto en ese rol en otras como en Las crónicas de Narnia. Pero se propuso desempeñar papeles que no estuvieran pensados para enanos. Y varias veces lo logró, como en su película más famosa Death at a Funeral.

Pero la televisión, que desde la década pasada atraviesa una época dorada por sus contenidos cada vez más arriesgados, con personajes imperfectos y exigentes, se hizo cada vez más atractiva para el escéptico Dinklage. Tanto, que participó con pequeños papeles en dos series de CBS y HBO antes de que la fama duradera tocara a su puerta. Sucedió en 2011, cuando George R. R. Martin, escritor de la saga Juego de Tronos, exigió que lo contrataran. Dinklage aceptó, y el rol le valió desde el comienzo el reconocimiento de los televidentes y de la industria. Por su interpretación ganó el premio Emmy en el primer año de la serie y un Globo de Oro. Y su constante capacidad de mantenerse con vida en una trama en la que la muerte de personajes de alto perfil es algo natural, lo ha catapultado a la fama internacional.

Para la quinta temporada de la serie, que empieza este domingo, muchas de las expectativas de los televidentes se posan sobre qué traerá el destino para su personaje, Tyrion Lannister. Y es que hoy por hoy Dinklage es una superestrella, por encima de las decenas de actores que han pasado por la serie. Sus apariciones en las convenciones Comic-Con, donde se congregan miles de seguidores de historias fantásticas del cine y la televisión con sus estrellas favoritas, han producido el frenesí de sus seguidores. Dinklage es el magnetismo hecho persona y se robó el show. El actor se propuso hacer de Tyrion una versión mucho más ególatra y petulante de sí mismo. Como mínimo, se puede afirmar que es igual de inteligente. Pero factores como su rostro expresivo, su voz profunda, su lúcida y macabra inteligencia lo han convertido en un símbolo sexual sin precedentes.

En un episodio de la cuarta temporada, Lannister es acusado de envenenar al rey Joffrey, una ofensa que le puede costar la vida. En una réplica espectacular, basa su propia defensa en cómo ‘no le juzgan por asesino’, sino ‘por enano’. Tyrion no logra salvarse de la culpa que le endilgan sus enemigos, pero se establece como el más épico de los personajes, y a la vez entabla un lazo en común con el actor que lo interpreta: ser enano dejó de ser un problema y ahora, por su persistencia, es una realidad con la que puede jugar en su beneficio.

Una formación normal

Para bien o para mal, en las familias pocas veces se ventilan las realidades más evidentes. Y Dinklage lo agradece. El actor cuenta que de niño sus padres nunca abordaron su estatura y no actuaron como si él fuera menos que nadie. Si Peter podía treparse en sillas, cojines y escalones para llegar hasta el tarro de galletas, debía hacerlo: nadie se lo iba a alcanzar. Pero no por eso no hicieron lo necesario para darle la vida más ‘normal’ posible. Dinklage nació con acrondroplasia, una condición que afecta el crecimiento de los huesos, caracterizada por que la persona tiene una cabeza y un torso de proporciones normales, pero sus extremidades son cortas. Dinklage se sometió a varias cirugías para prevenir que su situación empeorara y afectara su manera de caminar al crecer, pero le tomó mucho tiempo y dolor sentirse cómodo.

Su niñez y adolescencia fueron complicadas. Dinklage sufrió burlas crueles de los deportistas, y ese matoneo le produjo una amargura profunda. Pero con el tiempo aceptó quién y cómo era: “Mientras más envejeces, más entiendes que es necesario tener un buen sentido del humor. Así se entiende que el problema es de los otros, no de uno”, afirmó a la cadena MSNBC. Pero lejos de tolerar toda burla, es radical frente a lo que tolera o no. No hay burlas malintencionadas que deje pasar sin replicar. Su sentido del humor viene con límites bien marcados.

Y ese maltrato germinó en su llamado a las artes y a la actuación. En el quinto grado de colegio protagonizó la obra El conejo de peluche y la gran ovación del público le reveló algo: se enamoró de las tablas y de los aplausos del respetable. Por eso siguió el camino, se graduó de Bennington College y confirmó su vocación. En 2012 regresó a su alma máter para hablarles a estudiantes a punto de graduarse, algo que le pareció exagerado. “Me lo pidieron porque soy una figura de televisión, pero hay muchas otras personas de más mérito que deberían hablar”. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para impulsar a los alumnos a buscar sus propias oportunidades creativas. Lo sabe bien, pues entre su grado en 1991 y sus inicios en la actuación en 1998 tuvo que relegar sus deseos actorales para subsistir. Trabajó hasta limpiando pisos hasta que se dio “el permiso de fallar”, y persiguió su carrera soñada en el teatro.

Con el tiempo y el reconocimiento Dinklage ha debido adaptarse a la fama, una faceta que lo hace sentir incómodo, pero con la que convive. No ha dado el paso a Los Angeles y parece que nunca lo dará. Compró una casa en los suburbios elegantes de Nueva York donde vive con su mujer, la directora de teatro Erica Schmidt, su hija y su perro. Erica, que lo conoce como nadie, lo describe como “un galán hermoso y sensual. Para mí es divertido ver cómo el mundo maneja esto de tener fantasías con un hombre como él”. Para el mundo es muy divertido compartir sus roles, sus talento y su enorme capacidad actoral. Por ahora, solo queda disfrutarlo.
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