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| 10/23/2015 10:00:00 PM

Philippe Petit, un temerario de altura

El equilibrista francés hizo historia en 1974 cuando caminó entre las Torres Gemelas por casi una hora. Su impresionante historia todavía da de qué hablar.

Philippe Petit se ganaba la vida en las calles de París haciendo malabares hasta que a sus 18 años un aviso en un periódico, que anunciaba una construcción sin igual en Nueva York, cambió su vida. El francés, que en ese momento perfeccionaba las artes de caminar la cuerda floja, cortó el pedazo de periódico y lo guardó. Petit describe la escena en el documental Man on Wire (2008) y confiesa que en ese instante descubrió su sueño. El aviso mostraba cómo serían las futuras Torres Gemelas, las comparaba con la Eiffel, y le señalaba el lugar que esperaba para pasar a la historia. Las edificaciones no existían aún, lo que funcionaba a su favor pues le daba tiempo para planear. Seis años después, en 1974, cumplió su cometido.

El francés no deja de elogiarse a sí mismo cuando habla de su vida. Sabe que aun con el pasar de los años sus hazañas sorprenderán a propios y extraños. El escritor neoyorquino Paul Auster quedó maravillado, y luego de conocer al francés en 1980 tradujo al inglés su libro To Reach the Clouds (Alcanzar las nubes), que el director alemán Werner Herzog llamó un “manual de instrucciones para los que algún día pretenden lo imposible”.

Precisamente, ese relato de Petit inspira la película En la cuerda floja (2015), del director Robert Zemeckis, que se exhibe actualmente en Colombia. La cinta retrata con una perspectiva hollywoodense la hazaña de Petit en la cuerda floja cuando caminó entre las Torres Gemelas y paralizó la Gran Manzana un nublado día de agosto. Por casi una hora, decenas de transeúntes quedaron pasmados mirando hacia arriba mientras Philippe, acosado por la Policía y gozando el momento, iba, venía, se arrodillaba y acostaba sobre un cable de hierro, sin protección, a 411 metros de altura.

El director James Marsh plasmó la historia desde otra perspectiva en el documental Man on Wire (2008), por el que ganó un premio Oscar en 2009. Y si bien la crítica ha sido dura con Zemeckis y con el protagonista Joseph Gordon-Levitt, nadie se había atrevido a mostrar lo que Petit vio desde el techo del mundo. Después de todo, ninguno de los asistentes de Petit grabó video ese agosto de 1974. Zemeckis también hace de su película un homenaje a las torres, que desde 2001 solo persisten en la memoria y cuya destrucción afectó al francés sensiblemente. “Es difícil compartir lo que sentí, tenía una relación íntima con ellas”, dijo Petit al diario The Observer en 2014, “¿Cómo hablar de las torres cuando murió tanta gente? Es difícil, pero esas torres eran humanas para mí”.



Historia de altura

Philippe Petit tuvo problemas en la infancia: en los muchos colegios por los que deambuló sus profesores le criticaban sobre todo su falta de concentración, y sus padres nunca fueron una influencia en su vida, los llama una “entidad ausente” de la que prefiere no hablar. Pero él tenía sus propios planes. A los 6 años se enamoró de los trucos de cartas, desde los 13 adoptó el malabarismo y a los 16 se convirtió en equilibrista. De pequeño pidió consejo a magos y malabaristas y aprendió la importancia de la fluidez en los movimientos para alcanzar la perfección. Con esa enseñanza a cuestas, Petit ha afirmado muchas veces que desde entonces tuvo pocos guías y que él mismo fue su mejor profesor.

Como una condición inviolable de su arte, Petit respeta casi a nivel místico los espacios que atraviesa en su cuerda floja. Y si bien ha realizado legalmente muchos de sus trayectos, el precio de la inmortalidad para este hijo del peligro también se mide en sus arrestos. El francés de 66 años de edad asegura haber caído en manos de la Policía más de 500 veces por perpetrar su especial tipo de crimen, que no lastima a nadie y solo pone en riesgo su propia vida.

Ese respeto al espacio y esa omisión de las leyes marcaron la pauta a Petit y a sus ayudantes cuando empezaron a darse a conocer en los años setenta. Extendieron su cuerda floja en edificaciones icónicas y le permitieron al funambulista recorrer trayectos espectaculares. En 1971, varios diarios parisinos registraron su nombre luego de que caminó entre las torres de la catedral de Notre Dame. Dos años después, en 1973, lo hizo en el Harbour Bridge de Sídney, Australia, y sin perder impulso dio rienda suelta a su magnum opus en las Torres Gemelas de Nueva York.

Los pormenores de esa hazaña son impresionantes. Petit preparó el ‘crimen artístico del siglo XX’ junto a dos colaboradores cercanos, Jean-Francois Heckel y Jean-Louis Blondeau, pero también incluyó a dos estadounidenses y a un australiano que no eran de su entera confianza. Según cuenta Annie Allix, su compañera sentimental en ese entonces, Petit miró obsesionado un sinnúmero de películas de ladrones de bancos para pensar como un transgresor. A esto sumó trabajo de campo, visitó el lobby de las torres decenas de veces, tomó nota de los comportamientos de la gente, de los guardias, y de todo movimiento que pudiera ayudar o poner en peligro la operación.

Pero la divina providencia también jugó su parte. En el

lobby de una de las torres, Petit se topó con un hombre que trabajaba en los pisos más altos y que lo había visto actuar años atrás en las calles de París. Este decidió ayudar a Petit a entrar al edificio. Cuando llegó el día, Petit y sus colaboradores se repartieron en dos grupos. Milagrosamente, con una mezcla de sigilo y suerte, los dos grupos llegaron al piso más alto de su respectiva torre con todo el equipo necesario en el ascensor de carga. Esperaron toda una noche, de lado y lado, a que los vigilantes dejaran sus rondas y en la madrugada lograron asegurar el cable. Cuando los obreros empezaban a llegar para seguir la construcción, pues los pisos de arriba aún estaban en obra, Petit dio el primer paso hacia el infinito con su pie izquierdo.

El carácter individualista de Petit se hizo evidente justo al cumplir la gesta. Por razones poco claras, después del acto que le dio reconocimiento mundial dejó atrás las relaciones más significativas que tenía. Atrás quedaron su novia y su más cercano colaborador. Vinieron decenas más de caminatas, entrevistas, libros, charlas TED, documentales y películas. Hoy sigue vivo, coleando y expresando sus virtudes como en sus primeros días, y nadie se lo podrá criticar.

Antes de asumir una caminata en el Gran Cañón del Colorado, en 1999, Petit dijo a la revista The New Yorker: “Me preparo reduciendo la incidencia de lo desconocido y también definiendo mis límites. Si me creo un héroe invencible, pago con mi vida. Debo ser respetuoso con el espacio, que ni conquistaré ni dominaré. Pero si camino de forma artística, con poesía, con sentido, como asumiría una obra de teatro o una ópera, entonces puedo inspirar a alguien más”.
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