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| 5/3/1993 12:00:00 AM

Por un puñado de óscares ·

Cuando todo el mundo creía que se hallaba en el ocaso de su carrera. Clint Eastwood retrnó al género que lo hizo famoso, el western, y se robó el show en la entrega de los premios de la academia.

POR PRIMERA vez en muchos años, no hubo discusión en la entrega de los premios Oscar, la semana pasada. Tal y como estaba presupuestado, mientras Al Pacino se llevaba el premio al mejor actor, por Perfume de Mujer, y Emma Thompson se alzaba con el de mejor actriz por Howard's End, la cinta Los Imperdonables (Unforgiven), producida, dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, se erigía como la más galardonada de la noche, con cuatro Oscares: mejor edición, mejor actor de reparto (Gene Hackman), mejor director y mejor película.
Sin embargo, lo que más llamó la atención fue, precisamente, el homenaje sentimental que se le rindió a Eastwood. Este hombre, que jamás había sido ni siquiera nominado al Oscar y parecía estar más en el ocaso que en la cima de su carrera, logró llegar de nuevo al primer plano de Hollywood con el mismo género que lo lanzó a la fama a finales de los años 60 y que prácticamente todos habían archivado en el recuerdo: el western.
Hasta 1964, Eastwood sólo había participado en la serie de televisión Rawhide.
Fue cuando apareció Sergio Leone, un director italiano que hasta el momento había rodado una sola película pero que daría mucho que hablar en los años sucesivos .
Leone se llevó a Eastwood a España y en los tres años que estuvo con él se encargó de moldearle una imagen ante el mundo que prácticamente ya nadie olvidaría. Con el rodaje de Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El Bueno, el malo y el feo (1966) -la trilogía más famosa que se recuerde del llamado "spaguetti western", creado por Leone el mundo entero conoció a Eastwood como "el hombre sin nombre", el personaje principal de las tres películas. Con su caracterización, Eastwood hizo famoso el prototipo del hombre bien plantado y de imponente estatura; frío, calculador y de pocas palabras; de mirada temeraria y fruncida como si siempre recibiera el sol de frente, cuya única actividad era la de disparar sin contemplación. De ahí en adelante, sus apariciones en pantalla asegurarían fuertes sumas en la taquilla, pues se había convertido en el primer vaquero antihéroe. Era en un caballo, lo que Humphrey Bogart con una gabardina.
De nuevo en Hollywood, a principios de los 70, Eastwood siguió cotizando su nombre. De los 15 mil dólares que había ganado en Por un puñado de dólares, pasó a ganar casi 10 millones por película como director y productor, en el trascurso de su carrera. Esta vez ya no con el western, sino con el género de violencia urbana; con un personaje igual de rudo al anterior, pero con matices contemporáneos: el detective Harry Callagan, en Harry el sucio (1971). La interpre tación de aquel policía de San Francisco que impartía justicia de una manera no muy ortodoxa, no sólo le permitió realizar otras cuatro películas como Harfy Callagan, sino que se ganó la animadversión de una parte de la crítica, que llegó a tildar su personaje de medieval y fascista.
El mismo año de Harry el sucio, Clint Eastwood debutó como director con la película Play Misty forme, en el que él mismo encarna a un disc jockey amante del jazz que termina involucrado con una mujer sicótica.
Eastwood había fundado en 1968 su propia compañía ci nematográfica, Malpaso, con la cual habría de iniciar una nutrida carrera como director de sus propias pelí culas, entre las que se cuentan cintas tan disímiles como High Plains Drifter (1973), Firefox (1982) y Bird (1988).
Sin embargo, la falta de una línea definida tanto en sus realizaciones posteriores a 1980 como en las interpretaciones para otros directores en el mismo lapso, hicieron que su identidad se fuera desdibujando hasta el punto de desaparecer casi por completo de la lista de los artistas más sobresalientes del momento. Si Eastwood había forjado un nombre a través de 20 años de carrera en las décadas 60 y 70, a partir del 80 sus películas fueron en gran parte un fracaso.
Curiosamente, cuando ya todos lo consideraban acabado, Eastwood decidió retornar al género que lo había lanzado. Esta vez con un western revisionista que en carna el lado humano de los antiguos matones arrepentidos en su vejez. Y aunque Los Imperdonables es una película lenta y pesada para quienes vieron a Eastwood en su anterior época matando sin conciencia, lo cierto es que la cuidadosa elaboración, junto a la madurez del guión y de los personajes, le valieron la simpatía de la Academia. A punto de cumplir 63 años, después de haber protagonizado 36 largometrajes y dirigir 16; y luego de haber pasado algunos años como alcalde del pueblo californiano de Carmel, el legendario Clint Eastwood ha revivido el mito de un género que parecía haber muerto, pero que en la pasada entrega de los Oscares demostró tener todavía vi gencia.
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