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| 3/4/2017 12:00:00 AM

Hollywood y la realidad que supera la ficción

Varias de las nominadas al Óscar a mejor película se basaron en hechos reales. Todas tienen algo en común: lo verdadero fue más interesante que las historias inventadas.

Estas tres historias se convirtieron en películas nominadas al premio Óscar, y aun así se quedaron cortas en contar las proezas de los protagonistas. Los actores repitieron una observación tan obvia como cierta: algunos cuentos solo necesitan un poco de luz. Sí, Hollywood construye moldes y refuerza en muchas ocasiones su tendencia por las historias de superación y resistencia, pero estas, por sus propios méritos, merecen ser contadas.

Hasta el último hombre

(Hacksaw Ridge)

En la ilustración de los diez mandamientos que colgaba en un pasillo de la casa de la familia Doss, un dibujo retrataba a Caín atacando a Abel junto al sexto mandamiento cristiano: “No matarás”. La imagen marcó a Desmond desde niño. Como un hierro candente a un novillo.

La historia del soldado de la Segunda Guerra Mundial que no solo se negó a matar, sino a tocar siquiera un arma, que murió de viejo y en paz en 2006, prueba que nada de lo que sea capaz de imaginar un libretista supera la vida real. Desmond Doss, un adventista y fanático de la vida, si existe esa categoría, demostró que la fe en sus creencias puede hacer milagros hasta en el mismo infierno.

A diferencia de los combatientes de lado y lado, que iban a pelear y a matarse entre sí, Doss se enlistó en el Ejército para salvar vidas. En un documental de 2004 que tuvo poca trascendencia en los medios, aseguró que lo hizo “por el orgullo”.

Dejó a la joven con la que se quería casar por ir sin armas a una guerra, a tratar de hacer el bien. Pero esa actitud, que debería ser objeto de respeto, hizo que sus compañeros de batallón lo golpearan, mientras sus superiores lo llamaron cobarde y hasta traidor y lo amenazaron de muerte. ¿Cómo podía alguien que por convicción no dispara, y ni siquiera carga un arma, ayudar a ganar una guerra?

Les probó cómo, y se ganó su respeto. En el temido risco Hacksaw, escenario de una batalla sangrienta en la isla de Okinawa, salvó decenas de compañeros malheridos. Se dice que arrastró y cargó de 50 a 100 personas (según las versiones) hacia lugares seguros en un acto impensable que le significó recibir la Medalla de Honor en su regreso a casa. El reconocimiento, el más alto del Ejército, también se quedó corto.

Talentos ocultos

(Hidden figures)

Para que en los años cuarenta, cincuenta y sesenta una mujer negra se desempeñara con éxito en el mundo científico debía dar muestras de un talento fuera de serie y una altísima resistencia a la humillación. Todavía se linchaban negros, todavía se les podía empujar si se sentaban en el lugar equivocado o entraban a un lugar no permitido para gente colored.

Hidden Figures cuenta la historia de Dorothy Vaughan, Mary Jackson y Katharine Johnson, pero las tres protagonistas coinciden en que como ellas hubo cientos, miles de mujeres que desde las sombras aportaron enormemente desde Naca (antecesora de la Nasa) a la carrera espacial asociada a la Guerra Fría.

En un escenario en el que los hombres blancos debían tener todas las respuestas, con tesón, cálculos precisos y aguante estas mujeres resultaron imprescindibles para devolverle a Estados Unidos el orgullo que había perdido contra su enemigo. Si les tocaba caminar 800 metros al baño, lo hacían con la cabeza en alto, pero también daban lucha. Si les indignaba un cartel en el comedor para las colored computers, lo quitaban, así pudiera costarles. Su trabajo, el de ‘computadoras’ en una época en que había que hacer todos los cálculos a mano, hablaba por ellas. Hoy, la muestra que la Nasa tiene sobre sus invaluables aportes todavía habla por ellas.

Un camino a casa

(Lion)

El rumbo de Saroo Brierley cambió cuando tenía 5 años y se quedó dormido en un tren que lo alejó 1.500 kilómetros de su casa en el centro de India. Luego de 14 horas, el niño despertó en Calcuta. Buscó desesperadamente a su hermano de 10 años, quien solía trabajar barriendo vagones, sin éxito. “Todavía siento ese escalofrío de pánico de verme atrapado. No paraba de correr ni de gritar el nombre de mi hermano, suplicándole que volviera a buscarme”, recuerda Saroo, de aquel largo viaje inesperado al que solamente llevó el recuerdo de su familia.

En una ciudad desconocida sobrevivió tres semanas recogiendo sobras de comida del suelo, hasta que las autoridades lo declararon oficialmente un niño perdido. Así fue a parar a la Sociedad India para el Patrocinio y la Adopción, a donde llegaron Sue y John Brierley, sus nuevos padres. A partir de entonces, adquirió una nueva nacionalidad y viajó a Tasmania, Australia, para comenzar una vida a la que se adaptó con facilidad.

La idea de encontrar a su familia biológica lo persiguió con los años. Y se dio a la búsqueda a través de Google Earth, con la ayuda de un poco de matemáticas y una memoria instintiva que aún guardaba de su lugar de origen. Partió de Calcuta, y para delimitar la zona multiplicó las horas que pasó viajando por la velocidad de los trenes. Así dio con Khandwa, su pueblo natal.

“Ella supo quién era yo y yo supe quién era ella”, dice Saroo al hablar del conmovedor reencuentro que lo llevó a los brazos de su verdadera madre, luego de 25 años. Poco después, las dos familias se conocieron y la historia le dio la vuelta al mundo. 

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