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| 4/8/2017 10:30:00 PM

¿Quién fue Pedro de Heredia?

El fundador de Cartagena no es muy conocido, pero sí fue muy importante. Un libro recién publicado de Arturo Aparicio narra su apasionante vida.

Los colombianos menos cultos ubican en la historia a próceres de la Independencia como Nariño, Caldas, Ricaurte y otros. Sin embargo, en materia de conquistadores españoles, la mayoría de la gente solo suele recordar el nombre de Gonzalo Jiménez de Quesada. Aunque hay otros muy importantes, pero relativamente desconocidos, que jugaron papeles cruciales en la creación de la república.

Uno de ellos es Pedro de Heredia, quien fundó Cartagena en 1533. El madrileño, soldado del rey, manejaba las armas con habilidad como tantos de su época, amaba la vida nocturna, y era enamoradizo y pendenciero. En una ocasión, cuando aún vivía en España, seis o siete asaltantes lo atacaron para cobrarle una deuda. Hirió a dos; en el combate perdió parte de su nariz, lo que le valió el mote del Desnarigado. Un médico de la corte se la salvó con un injerto de la piel desarrollado en la India. Al recuperarse, De Heredia se batió a duelo con sus atacantes y mató a tres de estos.

Huyó para escapar de la Justicia. Se embarcó en Sevilla y esperó hasta la última escala en las Canarias para salir de su escondite y ver el mar. No era marino, y durante los 32 días de navegación lo golpearon. Pero en Santo Domingo descubrió el Nuevo Mundo, lleno de verdes claros y oscuros, flores extrañas, árboles repletos de pájaros tan variados como las frutas que comenzaban a descubrir.

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Años después, Heredia fue nombrado teniente gobernador de la expedición de Pedro Badillo para ir a Santa Marta, en tierra firme. Allí conoció esa montaña coronada de nieve, la Sierra Nevada. Junto a sus escasos compañeros se hizo amigo de los indios, cambió con ellos cantidades de figuras de oro por baratijas, espejos, peines y mil cachivaches, recorrió la sierra nevada de los tayronas, las costas del río de la Magdalena de los caribes bocinegros, el valle de Upar y casi todas las regiones de la Gobernación de Santa Marta.

Volvió a España con la riqueza suficiente para legalizar su situación y organizar su propia expedición. Después de un tiempo consiguió las capitulaciones necesarias para su gobernación, e incluso recibió permiso expreso de la reina para rescatar dos indias lenguas (como se llamaba a las intérpretes) en Santa Marta. Allí recogió a la India Catalina, traductora que le sería fundamental para conquistar sus nuevos territorios y cuya historia no es como nos la pintan.

A comienzos de 1533 entró en la bahía de Cartagena y pacificó una región llena de indios caribes, feroces. Luego de varios combates, los sometió con diplomacia y promesas de paz, y recibió grandes regalos de lo que producía el Nuevo Mundo. En el pueblo de Cipacua, donde cambió un puercoespín de 5 arrobas de oro y 8 patos, cada uno de kilo y medio de peso, un cacique le envió 400 mujeres mayores con diversos alimentos y 100 mujeres jóvenes para que los acompañaran.

La búsqueda de las minas de oro lo llevó a los reinos de los zenúes donde gobernaba la cacica Totó. En una construcción ceremonial, soportada por 24 columnas forradas en oro, la cacica permanecía sentada en su trono con un pectoral mamiforme, diademas, collares, pulseras y toda suerte de adornos de oro. Sus pies no tocaban el suelo, pues caminaba sobre el cuerpo de varias sirvientas. Ella cuidaba el cementerio de sus antepasados, en un valle lleno de árboles de los que en vez de frutos pendían campanillas de oro que con su sonido inundaban el aire. La codicia de Heredia y sus hombres les llevó a saquear las tumbas, y de estas extrajeron grandes cantidades de figuras de oro. Ansiosos por más, se dirigieron a Antioquia para dar con las minas de Crui -Crui y de Buriticá, pero el ascenso a la cordillera les costó la vida a muchos.

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En el libro Pedro de Heredia: la maldición del oro y la espada, Arturo Aparicio recorre poblados y las tribus de la región, con sus nombres originales y sus equivalentes españoles, ilustra las costumbres de las tribus, su pesca, agricultura, cocina, y también la tenacidad con la que combatieron contra las armas de fuego, los perros asesinos y ese monstruo llamado caballo. Cuando fue necesario, arrasaron la tierra para no dejarles a los invasores ningún vestigio de comida. Pero sobre todo, se centra en las conquistas, defensas, éxitos y fracasos de don Pedro de Heredia y su hermano Alonso durante 35 años.

Fundó Cartagena de Indias, una de las joyas de la Corona, el lugar de acopio de riqueza del que partían las expediciones a conquistar el interior de la Nueva Granada y los territorios por descubrir de América del Sur. La defendió de los piratas franceses, pero su vida no estuvo exenta de controversia. Pasó por tres juicios de residencia, que tuvo que resolver en el Viejo Mundo. En su último viaje, en medio de una cadena de naufragios, la tristeza y el pesimismo lo invadieron, y desde una profunda introspección replanteó su vida y la de tantos conquistadores que cambiaron el curso de la historia. 

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