Viernes, 19 de diciembre de 2014

| 2013/07/27 03:00

Realeza: ¡Dios salve al bebé Cambridge!

El ‘glamour’ de los duques es el recurso de la monarquía británica para aspirar a que el recién nacido llegue algún día al trono. Sin embargo, es muy poco probable que eso suceda.

Un día después del nacimiento, Kate y William salieron frente al hospital de St. Mary para presentar al nuevo integrante de la familia real. La imagen recordó el 22 de junio de 1982 cuando Diana y Carlos de Gales aparecieron en el mismo lugar con el príncipe William en brazos. Foto: AP

La  llegada  de George Alexander Louis, el primogénito de los duques de Cambridge, William y Kate produjo una histeria colectiva sin precedentes. La expectativa por su nacimiento fue tal que, sin siquiera haber nacido, convocó multitudes frente al hospital de St. Mary y el Palacio de Buckingham, y protagonizó las portadas de prestigiosos medios internacionales.  

Pero en medio del frenesí que ha generado la noticia hay un tema que todavía nadie se atreve a tocar: la posibilidad de que el tan esperado heredero algún día llegue a ser el rey de los británicos. Si bien esa monarquía hoy goza de buena salud –una encuesta realizada a principios de este año le daba a Isabel II 90 puntos de popularidad–, la mayoría de los súbditos cree que esa institución solo sobrevivirá 50 años más y que para 2112 no quedará rastro de ella.     

   

Cuando el monarca Faruq I de Egipto fue derrocado en 1952 vaticinó que en el siglo XXI vivirían cinco reyes: el de corazones, el de picas, el de tréboles, el de diamantes y el de Inglaterra. El pronóstico se cumplió, pero no se sabe hasta cuándo gobernará el último. Suponiendo que Isabel II muera a los 101 años, como su madre, el príncipe Carlos, primero en la línea de sucesión, se convertiría en rey a los 78. 

Si el cálculo resulta acertado y su periodo dura aproximadamente dos décadas, su hijo William, hoy de 31, se coronaría cuando tenga 65. La Oficina Nacional de Estadísticas del Reino Unido estima que un joven como él podría llegar a los 82 años, lo cual quiere decir que su hijo George accedería al trono en 2064. Los más escépticos, sin embargo, creen que para ese entonces las monarquías en Europa se habrán extinguido. 

En épocas anteriores la familia real inspiraba respeto porque no se conocía su intimidad y porque tenía a su favor la gracia de Dios. Pero ese carácter divino desapareció y hoy sus miembros son objeto de escrutinio permanente de internet y los tabloides. Para no ir muy lejos la semana pasada el rey de Bélgica, Alberto II, abdicó acosado por el escándalo de una hija ilegítima que acaba de solicitar a la Justicia someterlo a un examen de ADN para confirmar su paternidad. 

Durante los últimos 20 años ha quedado en evidencia que la vida de los Windsor tampoco es un cuento de hadas: Carlos y Diana de Gales no solo protagonizaron uno de los divorcios más sonados del siglo, sino que se atrevieron a reconocer públicamente que nunca fueron felices. Luego siguieron las separaciones de sus hermanos, Andrés y Ana, y por supuesto el trágico accidente de Diana. Ahora los paparazzi hacen su festín con Kate, a quien incluso fotografían en topless como si fuera cualquiera de las princesas de Mónaco que suelen aparecer desnudas sobre yates todas las semanas.  

Así pues, al descubrirse que las personas de sangre azul tienen los mismos defectos que sus súbditos se esfuma la magia. En ese momento la gente empieza a cuestionar los privilegios y excesos de la vida palaciega, sobre todo a sabiendas de que la sostienen sus impuestos.

Pareciera entonces que la única forma de mantener ese glamour es casar a príncipes buenos mozos con plebeyas hermosas, producir herederos de una democrática sangre mixta y esperar que no se acabe el matrimonio. De ahí que en España, donde el rey Juan Carlos está totalmente desprestigiado por sus safaris, amantes y la crisis económica, todo el mundo tenga puestas sus esperanzas en su hijo Felipe y su esposa Letizia, quien es nieta de un taxista.     

En Inglaterra está sucediendo algo parecido. Varios analistas coinciden en que el matrimonio entre William y Kate, quien desciende de mineros y se crió en una familia de clase media, ha ayudado a refrescar la imagen anacrónica de la corona británica. Como lo explicó el Daily Telegraph en su editorial: “La pareja le da una aire más ‘ordinario’ a la realeza sin dejar de lado su estatus”. 

Un ejemplo reciente de esto es que Kate optó por no tener niñera como siempre ha sido costumbre en la familia real, pues ella misma, con ayuda de su madre, quiere encargarse de la crianza del pequeño George. Aunque superficial, ese detalle envía un poderoso mensaje a la clase media del país al mostrarse como una madre común y corriente que, pese al título de duquesa, también debe cambiar pañales.

A esa estrategia de conectarse con el pueblo se suma el inexplicable encanto de Harry, el piloto condecorado que los fines de semana pierde el control con sus amigos en Las Vegas. Con sus aventuras y metidas de pata ha demostrado que los príncipes también se equivocan y, cómo no, también se emborrachan. Por eso nadie mejor que él para conquistar a las nuevas generaciones.    

“Estos tres jóvenes están reinventando la época dorada de la realeza”, concluye el periódico.

No en vano William es el único miembro de la familia que iguala en popularidad a la reina. La pregunta es si esa fórmula logrará hacer relevante a la monarquía británica en pleno siglo XXI, cuando la información circula con tanta velocidad y el brillo que hoy tiene podría ser opacado por cualquier escándalo de un momento a otro. 

Es un hecho que esta sigue siendo la institución más antigua de los británicos y, por lo tanto, una de las más tradicionales y queridas. En medio de las celebraciones es difícil pensar en que las cosas tarde o temprano terminan, pero si las cuentas se dan es casi imposible que algún día su alteza el príncipe George de Cambridge luzca la corona de San Eduardo, con la que han sido entronizados los soberanos del Reino Unido.  

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