Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/04/16 00:00

Reconocimiento a la dueña del reciclaje

Nohra Padilla, vocera de los recicladores de Bogotá, recibió un premio internacional por transformar el sistema de basuras de la capital.

Nohra Padilla recibe el Goldman Environmental Prize al lado de otros líderes mundiales. Foto: Archivo Semana

Nohra Padilla, la líder de los recicladores de Bogotá, acaba de ser galardonada con el Goldman Environmental Prize 2013. Este destacado reconocimiento internacional premia a “los líderes valientes que trabajan contra viento y marea para proteger las más importantes causas del medio ambiente y las comunidades que se ven afectadas por estas”.

Padilla, quien creció en una familia recicladora al sur de Bogotá, y luego se convirtió en la vocera de este grupo de personas, fue elegida entre cientos de participantes pues “sin inmutarse por poderosos adversarios políticos y una cultura generalizada de violencia, Nohra Padilla organizó a las comunidades marginadas de los recicladores colombianos para que el reciclaje sea parte legítima en el sistema de gestión de residuos de la capital”. Esa vida de entrega es la que hoy premia la fundación de la familia Goldman de San Francisco que desde 1989 busca a los líderes anónimos que están transformando al mundo.

“Yo he vivido entre la basura desde que nací”, cuenta Nohra Padilla desde una de las bodegas de la Asociación de Recicladores de Bogotá, una asociación que ella dirige, que agrupa a más de 18.000 personas dedicadas en este trabajo y que ha tenido conquistas extraordinarias. Por cuenta de su liderazgo el reciclaje ha dejado de ser considerado un tema de segundo orden. Tanto que hace casi dos años la Corte Constitucional tumbó la multimillonaria licitación de basuras de Bogotá porque no los había tenido en cuenta.

Tiempo después, el alcalde Gustavo Petro propuso entregarles a ellos toda la recolección de basura de la ciudad. Aunque Nohra le contestó rápidamente que los recicladores no estaban preparados para esa misión, también aclaró que el negocio de la basura tenía que cambiar. Para ella no es justo que mientras las grandes empresas que recogen la basura y la tiran sin ningún tratamiento a un relleno ganan millones, ellos que manejan el 25 por ciento de esta, la seleccionan, la transforman y evitan que la ciudad engrose sus laderas de residuos no tengan ni el mínimo sustento para vivir.

Su tesón y su liderazgo la han convertido en un ejemplo para millones de mujeres en el mundo. Fue una de las panelistas principales del foro Transforming Economic Power en Turquía este año, ha sido invitada para contarles su experiencia mujeres en la India y el Banco Mundial está desarrollando un proyecto con ella. Y ahora recibe el Goldman Environmental Prize al lado de otros líderes mundiales.

Padilla se describe a sí misma como una persona con una pasión desbordada por aprender. Esto tiene una explicación: desde que era muy pequeña, su vida eran los libros. Como las jornadas de trabajo eran tan prolongadas y la mayoría de lo que había que hacer era esperar, los libros se convirtieron en su refugio. Mientras unos iban a recoger el material otros se quedaban cuidándolo, “y ahí lo mejor que uno podía hacer era ponerse leer, cuenta. En ese tiempo Nohra devoró casi todas las cartillas de niños: Coquito, Michin y varios libros de cuentos, todos pequeños tesoros que alguien había dejado en una caneca. Cuando acabó con esos, apenas de 8 años de edad, empezó con los de grandes.

Al lado de los libros, los Padilla estaban muy pendientes de encontrar arreos, cortar pasto y recoger algo de dinero para comprar miel. Esos eran los elementos necesarios para el sustento de otros importantes miembros del equipo: los caballos. “Más que una zorra eran unos compañeros de vida, pasamos hasta 13 horas al día con ellos”. Nohra desde pequeña sabía montarlos con gran destreza. La primera yegua que pudieron comprar se llamó La Mora. Luego vino Pepe, el Negro y La Gorda. “Al final mi infancia fue pobre, pero muy hermosa. Teníamos de todo. Un campo abierto, miles de cosas para hacer. Imagínese, ¿qué niño hoy puede decir que tiene un caballo en su casa?”, se pregunta.

Ese idilio de vida que ella creía tener se estrelló de frente un día antes de llegar al colegio. Como salía a trabajar a la madrugada, ella y sus hermanas solían ponerse dos o tres pantalones y sacos. Un día volviendo con el material se encontró a sus amigas de curso y las saludó efusiva. Cuando llegaron a clase, ya con el uniforme, una de esas amigas dijo inocentemente: “Profe, me encontré a Nohra esta mañana. Iba disfrazada de gamina”. Esa imagen la tiene viva en la memoria. “No me dio ni rabia ni tristeza. Solamente que ese día entendí cuál era mi realidad”, dice.

A Nohra la vida le dio la vuelta cuando cumplió 13 años. Su padre que había salido a hacer unos trabajos a Acerías Paz del Río tuvo un accidente en una bomba de gasolina. Quedó herido por cuenta de una explosión, y parte del combustible alcanzó a llegar hasta sus pulmones. Los niños Padilla dejaron de salir a buscar lo de la comida del día a trabajar hasta el cansancio para poder recoger lo que se necesitaba para mantenerlo con vida: un inhalador, una pastilla, y hasta la cuenta del hospital.

Cuando el padre de Nohra falleció, meses después, las cosas en la casa se complicaron más. Como había que sacar adelante a 12 hermanos tuvieron que hacer muchos sacrificios. Nohra pasó a estudiar a la jornada de 6 a 10 de la noche para poder trabajar todo el día. “Aun con eso, mis hermanas y yo siempre fuimos las mejores del colegio”, cuenta. Sus buenas notas la hicieron ganarse un cupo para estudiar ingeniera forestal en la Universidad Distrital, pero tuvo que abandonar el programa porque le resultaba muy difícil reciclar y trabajar. “Si conseguía para la casa no conseguía para el estudio”. Decidió retirarse del programa.

Por esa época la política de basuras de la ciudad vivió una de sus principales transformaciones. La administración del alcalde Jaime Castro decidió cerrar los botaderos y construir el relleno sanitario Doña Juana. Esa decisión transformó radicalmente la vida de los recicladores que tenían como principal fuente de trabajo los lugares donde se botaba la basura. “La gente se sentía más segura allí sobre todo porque estaban solos. A muchos les daba pena trabajar en la calle porque como trabajan con basura la gente los despreciaba”, cuenta. Nohra recordó su experiencia con la escuela y pensó que había llegado el momento de organizarse. Montaron una cooperativa y diseñaron un esquema de trabajo en equipo para distribuirse las rutas, el transporte y el trabajo de separación, que es cómo funcionan hoy.

Ahora, cuando el reciclaje es uno de los puntos más álgidos del debate sobre el futuro de la ciudad, para Nohra esa asociación es la clave. Ella está segura que el lugar que se han ganado en los espacios de concertación se debe a que cuando el tema se volvió un asunto público, ellos ya estaban organizados. “Nos preparamos para el debate, nos preparamos para ganarlo”, sostiene. Si logran ganar el espacio que se merecen en el próximo sistema de basuras que diseñe la capital, todo ese esfuerzo habrá válido finalmente la pena.

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