Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2015/09/05 22:00

La batalla de las reinas: Victoria versus Isabel

Esta semana Isabel II romperá el récord de la reina Victoria, quien permaneció en el trono 63 años, siete meses y dos días. Pero los dos reinados no podían ser más diferentes.

Durante la era Victoriana, de 1837 a 1901.El imperio británico conquistó medio mundo sin colonias.

El Jubileo de Diamante celebró en 1897 los 60 años de la reina Victoria en el trono, con festejos en las calles y una procesión fastuosa. Fue la primera celebración de ese tipo en el Reino Unido pues ningún monarca había llegado tan lejos. Victoria, soberana de más de 450 millones de personas (un cuarto de la población mundial), había sido la gran protagonista del siglo XIX. Su nombre había marcado una era.

La reina Isabel II, quien supera el 9 de este mes a su tatarabuela en la duración de su reinado, goza sin duda alguna del afecto y del respeto de sus súbditos. Pero el país no podía ser más diferente que el de su ilustre antepasada. Y a pesar de que portó la corona de su país durante gran parte del siglo XX, es poco probable que esa era pase a los libros de historia como la ‘Isabelina’. En todo caso, la comparación entre los dos reinados es un ejercicio interesante ante el nuevo récord.

Curiosamente, lo natural era que Victoria no hubiera llegado al trono pues estaba muy lejos en la línea de sucesión. Su padre era Guillermo, el cuarto hijo del rey Jorge III, y con esa distancia rara vez se llega al trono. Tras la muerte de su abuelo, sus tres tíos también fallecieron más pronto de lo esperado y ninguno dejó hijos. Por eso, la corona le cayó al cuarto, Guillermo, quien vivía en Alemania casado con una princesa de ese país, con quien había tenido una única hija, Victoria. Por esa razón, Victoria era mucho más alemana que inglesa y hasta los tres años solo hablaba alemán. Su mamá era la princesa Victoria de Leiningen, de la casa Hannover, sus abuelas y bisabuelas eran alemanas, y su marido también.

Durante su reinado, que se extendió del 20 de junio de 1837 al 22 de enero de 1901, el Imperio británico conquistó medio mundo, militar, política y comercialmente. Su extensión llegó a lo que el escritor escocés John Wilson describió como “un imperio en el que nunca se ocultaba el sol”. Incluía colonias como Zanzíbar, Fiji, Chipre, Kenia, Rodesia y Uganda, Sudáfrica, Jamaica, India y Australia. Así, casi un quinto de la superficie del planeta era parte del imperio.

Todo esto coincidió con la Revolución Industrial, un periodo en el que el Reino Unido transformó al mundo al mecanizar la actividad productiva con la caldera de vapor, lo que la consolidó como la primera potencia económica del mundo. Esta transformación financió y creó la dinámica de un poderío militar que habría de producir lo que hoy se conoce como el Imperio británico.

La reina se casó son su primo hermano, el príncipe Alberto de Saxe-Coburg y Gotha en 1840. Fue una pareja que, a diferencia de muchos matrimonios arreglados, se amó profundamente. Alberto fue una enorme influencia en su vida, personal y políticamente, por lo cual su muerte en 1861, a los 42 años, la dejó devastada y la llevó a una larga reclusión. Siempre vistió de negro de ahí en adelante.

Lord Melbourne, su primer ministro al asumir la corona, también fue clave en su instrucción como gobernante. La orientó en lo que representaba reinar en una monarquía constitucional, un modelo que hoy prácticamente no tiene ningún poder pero que en el siglo XIX sí lo tenía. El gran pensador político Walter Bagehot describió en su momento las tres facultades que tenía la Corona en ese entonces. “El monarca tiene el derecho a ser consultado, a impulsar y a advertir”. No hay duda de que la reina Victoria ejerció esas tres facultades a profundidad.

Durante su reinado Victoria tuvo 15 primeros ministros. Inglaterra, a mediados del siglo XIX, estaba gobernada por una aristocracia a cuya cabeza estaba la Corona. Durante su reinado el país se fue democratizando tímidamente con reformas como las de 1867 y 1884, en las cuales el sufragio se fue ampliando y el pueblo comenzó a incidir en las decisiones. Durante ese proceso, la reina fue todo menos una monarca simbólica. Cuando gigantes de la historia como William Gladstone o Benjamin Disraeli se reunían con ella la ocasión era mucho más que una simple visita protocolaria. Su opinión tenía mucho peso.

Durante la era victoriana se sabía que el imperio había adquirido sus territorios a sangre y fuego. La reina no era ajena a esta realidad, y afirmó en una ocasión que para mantener su integridad había que librar una guerra cada año. Eso garantizó una gloria que habría de durar 63 años, siete meses y dos días, y que se extinguió con la muerte de su soberana en 1901, 13 años antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial, un conflicto que cambió para siempre el orden mundial.

Las antípodas

A la reina Isabel le correspondieron las vacas flacas. Su vida y su reinado coincidieron con la desaparición del Imperio británico. La joya era la India, y esta se independizó en el mismo año de su matrimonio, 1947 (cinco años de ascender al trono en febrero de 1952). De ahí en adelante, una a una todas las colonias se fueron independizando, hasta el punto que Inglaterra no es más que un país de la Unión Europea y, aparte de eso, no el más importante, posición que ocupa Alemania.

Sin colonias no hay imperio, y hoy solo existe una ‘Commonwealth’ simbólica de un grupo de países que se gobiernan por sí mismos pero le profesan afecto nostálgico a la Corona británica. Y como ya en el Reino Unido el sufragio es universal y todos los hombres y las mujeres votan, el poder real está en manos de la Cámara de los Comunes, que representa efectivamente al electorado. En la práctica, la soberana no es más que una embajadora de buena voluntad y un gancho para el turismo. La reina Isabel es admirada por el mundo entero por su devoción a sus responsabilidades históricas y su incomparable sentido del deber. Pero esas responsabilidades se limitan a cortar cintas, varias veces al día, y hacer presencia en actos protocolarios aburridísimos, los cuales ha aguantado con estoicismo durante 63 años.

Su opinión frente a los primeros ministros no tiene el peso que tenía la de su tatarabuela. Todavía se mantiene la tradición de una audiencia semanal, pero algunos consideran que es un rito obsoleto y una pérdida de tiempo para el primer ministro. Por lo menos eso era lo que decía en privado Margaret Thatcher. El historiador británico David Starkey aseguró al diario The Times que el desempeño de Isabel ha sido bastante común: “Se ha comprometido seriamente con pocos temas, uno de los cuales es la innovación de hacer de la monarquía algo que sencillamente está ahí, algo de lo cual quejarse de vez en cuando, como el clima”.

Otro factor que juega en contra de Isabel es que el mundo de las comunicaciones modernas ha acabado con el prestigio de la monarquía. Mientras se podía mantener la ficción de que la familia real era perfecta y de una estirpe superior había razones para venerarla. Hoy, con los tabloides contando los detalles de las infidelidades y divorcios de cada miembro, y los paparazzi sacando a cada princesa en topless en algún yate en el Mediterráneo, la veneración es menos automática.

Además, en ese entonces los futuros monarcas tenían que casarse con personas de sangre real. Hoy, el requisito es tener carisma para mantener al pueblo interesado en seguir el día a día de la monarquía como una especie de reality que engancha como una telenovela. De ahí que la princesa Kate Middleton constituya la principal razón por la cual la monarquía mantiene su popularidad. Al ser bisnieta de mineros e hija de profesionales de clase media, su historia es la de una cenicienta que se casó con un príncipe. Y como no hay nadie a quien no le guste un cuento de hadas es probable que su marido, el príncipe William, ascienda al trono después del príncipe Carlos. Sin embargo, lo que sí es muy probable es que cuando los hijos de William y Kate puedan heredar el trono, el mundo habrá cambiado mucho y ya no existirán las monarquías.

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