Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/09/22 00:00

Reliquias macabras

Partes del cuerpo de algunos famosos reposan en museos y en colecciones privadas. Hay desde cerebros hasta manos y penes. Estos son algunos ejemplos.

Rasputín se convirtió en leyenda por el gran tamaño de su miembro viril.

Poseer pertenencias de las celebridades es atractivo para los coleccionistas. Las gafas de John Lennon, las cartas de Lady Di, los vestidos de Jackie Kennedy... Esa afición también tiene su lado extremo: tener partes del cuerpo de los famosos.

El cerebro de Albert Einstein es quizá la más conocida de estas reliquias, aunque fue más un interés científico que un gusto fetichista lo que motivó su conservación. Pese a que antes de morir el genio de la física había considerado donar su cuerpo a la ciencia, su familia prefirió cremarlo. Para evitar que el enigma de su inteligencia quedara en cenizas, Thomas S. Harvey, el patólogo del hospital donde murió Einstein en 1955, extrajo su cerebro, al parecer sin permiso y en secreto. El órgano fue dividido en 240 tajadas, la mayor de las cuales se encuentra en Princeton. Entre los hallazgos, los científicos han mencionado que el peso del cerebro era de sólo 1.230 gramos, mientras el del promedio de los adultos es de alrededor de 1.400. Además explican que su región parietal, la que controla el pensamiento matemático, era más amplia. Así, era un 15 por ciento más ancho y la corteza cerebral más fina de lo normal. El cerebro de Einstein carecía de un surco que atraviesa esa área y se especula que por eso allí se concentraba una mayor cantidad de neuronas.

En abril y a sus 94 años, murió el doctor Harvey. Y un mes después, también falleció el urólogo John Lattimer, quien alegaba ser el dueño del pene de Napoleón, que conservaba junto a una ampolla de cianuro utilizada por Hermann Göering, comandante de la Luftwaffe (la fuerza aérea de la Alemania nazi), y el cuello de la camisa ensangrentada con la que murió el presidente Abraham Lincoln.

Lattimer decía del imperial pene que tenía "4,1 centímetros y que en erección alcanzaría un máximo de 6,6 centímetros". Ese tamaño, que no corresponde a su fama de incansable amante, aparentemente se debía a un desorden endocrino que limitó el crecimiento de sus genitales. Lattimer lo habría adquirido en una subasta por unos 40.000 dólares en 1969, tras verlo cuando su propietario, un librero de Filadelfia, lo exhibió en el museo de arte francés de Nueva York. El espécimen tiene "la apariencia de un cordón de zapato retorcido, o una anguila arrugada", según Judith Pascoe, autora de El armario del colibrí: una curiosa historia de los coleccionistas románticos.

Pascoe dijo a SEMANA que ese extraño gusto por coleccionar partes de famosos "obedece a un deseo de identificarse con el personaje". Agrega que en el caso de Napoleón, tal fetichismo se debe a que es considerado un epítome de "la potencia y la dominación masculinas". Los biógrafos cuentan que el responsable de extirpar los genitales habría sido un sacerdote llamado Ange Vignali. Sin embargo, no se ponen de acuerdo en si lo hizo luego de aplicarle la extremaunción para quedarse con un souvenir, o si lo amputó como venganza por una vieja rencilla. Recientemente, cuando a la hija de Lattimer le preguntaron por la autenticidad de la pieza, respondió: "Obviamente los franceses no quieren que esté aquí. Pero su procedencia está fuera de duda".

La fascinación por los órganos napoleónicos tiene historia. En 1841 el museo del Royal College of Surgeons de Inglaterra adquirió dos pedazos de intestinos supuestamente del emperador. Pero fueron destruidos en la Segunda Guerra Mundial.

Otro miembro viril de colección es el de Rasputín, conocido como "el monje loco de Rusia". En 2004 se convirtió en la principal atracción del primer museo del erotismo, en San Petersburgo. Era imposible que entre los falos de cerámica no sobresaliera este ejemplar marcado 'Pene de Rasputín, asesinado la noche del 16 al 17 de diciembre de 1916. 28,5 centímetros'. El propietario, Igor Kniazkin, dijo que se lo había comprado a un anticuario francés por 8.000 dólares, junto con un archivo de cartas del consejero de Alexandra, la última zarina rusa. Sin embargo, hay muchas dudas en torno a que sea real y no un pepino de mar, como sucedió años atrás con otro ejemplar.

Una de sus más recientes biografías afirma que Rasputín era impotente y que se ufanaba de su equipo para ocultarlo. Relata que sus sesiones consistían en seducir con palabras y caricias para luego terminar con un casto beso y una oración. Sin embargo, la leyenda cuenta que sus orgías con nobles y plebeyas eran famosas. Y habría sido una fiel seguidora la que quiso quedarse con su recuerdito cuando fue asesinado. En 1920 lo habría adquirido un grupo de mujeres rusas radicadas en París y posteriormente lo habría reclamado una de sus hijas. Como sucede en estos casos, durante mucho tiempo no se supo cuál había sido su destino.

En Rusia también podrían estar algunos huesos de Adolfo Hitler. En 2000 los Archivos Federales de Moscú fueron la sede de una exposición titulada La agonía del Tercer Reich: el justo castigo. Allí se mostró al público el que sería el cráneo del Führer. La versión rusa cuenta que luego de que las tropas soviéticas entraron a Berlín en 1945, descubrieron sus restos quemados. Posteriormente, el cadáver habría sido enterrado en Magdeburg, al Este de Alemania, hasta que en 1970 el entonces jefe de la KGB, Yuri Andropov, ordenó incinerarlo. Al parecer, los huesos de la cabeza y parte de su mandíbula y dientes fueron guardados por la agencia de inteligencia. Pero sólo en 1993 se dio a conocer esta historia. "El cráneo tiene un agujero por la bala con que se suicidó", dijo a SEMANA Mark Benecke, biólogo forense invitado por la National Geographic para analizar el hallazgo. Para ello comparó el material con una radiografía que en 1944 le habían hecho a Hitler y por eso considera que es real.

Otros huesos famosos son los de John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln. Un soldado le disparó en el cuello al actor simpatizante de los confederados y por eso sus tercera, cuarta y quinta vértebra fueron removidas durante su autopsia. Estas hacen parte de la colección del National Museum of Health and Medicine de Washington. "Anteriormente era el Museo Médico del Ejército y por eso tenemos cientos de muestras de este tipo, como la espina lumbar del también asesinado presidente James Garfield", explicó a SEMANA Brian Spatola, director de la división de Anatomía. Los restos del misionero español san Francisco Javier, encargado de convertir a cientos de almas en Asia, están por todos lados: se dice que una parte de su mano izquierda está en Cochin, India, y que lo otra mitad está en Malaca, Malasia. Un brazo estaría en Roma y otras partes en Goa, India.

Y hablando de manos, las de Ernesto Che Guevara son un enigma. Las investigaciones han demostrado que fueron cortadas luego de que fue asesinado en Bolivia, y entregadas a un grupo de policías argentinos para que cotejaran sus huellas. Según unas versiones, se encuentran en Estados Unidos. Otras afirman que llegaron a Cuba, donde fueron enterradas en Santa Clara, junto a sus restos recuperados.

Sea por admiración, por interés científico o simplemente por poseer un pedazo de historia, conservar partes corporales de los personajes famosos tiene su faceta macabra. Porque sirve para demostrar que, al dejar este mundo, hasta las más altas dignidades pueden quedar convertidas, por partes, en objetos de museo.

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