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| 3/21/2015 10:00:00 PM

Robert Durst: “Ja, ja, ja, los maté a los tres”

Por pensar en voz alta con un micrófono, Robert Durst, heredero de una dinastía poderosa de Nueva York, acabó en la cárcel.

“Si algo me pasa, sospecha de Robert, él lo hizo. No lo dejes salirse con la suya”, le dijo Kathleen Durst a su mejor amiga Ellen Strauss, a finales de 1981. Kathleen, la primera esposa de Robert Durst, ya temía por su suerte. El inestable miembro de una familia acaudalada y dueña de como mínimo diez rascacielos en Manhattan, cuya madre se suicidó cuando era niño, se salió con la suya. El cuerpo de Kathleen nunca apareció. Y sin cuerpo no hubo caso.

El rastro de Durst desapareció cuando su nombre empezó a figurar en los diarios. Pero en 2001 lo acusaron de desmembrar a un tal Morris Black en Galveston, Texas, y se supo que, sorprendentemente, había vivido por años en ese estado disfrazado de mujer y simulando ser mudo para no revelar su sexo. El dueño del apartamento que arrendaba lo describió como “la mujer más fea” que jamás vio. Pero hay más, también se le cree culpable de asesinar a su mejor amiga, Susan Berman, de un tiro en la cabeza.

Pero en 2014 dio un paso en falso. En contra de los consejos de sus abogados, aceptó hacer parte del documental The Jinx, de HBO. Los documentalistas contarían su historia y, a través del audiovisual, Durst daría su versión de los hechos. Jamás imaginó que cerca del final de las grabaciones se autoincriminaría en una visita al baño. Con el micrófono encendido, Durst cerró la puerta, orinó, y se habló a sí mismo. Fue entonces cuando dijo “¿Qué carajos fue lo que hice? Ja, ja, ja, los maté a los tres”. El audio le costó su libertad hace algunos días y abrió un capítulo nuevo en sus enfrentamientos con la ley.

Pero no solo Durst está en el ojo del huracán, también los realizadores. La opinión pública se pregunta hasta qué punto unos documentalistas que quieren explotar una chiva no informan a las autoridades sobre el responsable de los tres asesinatos. Y se suma otro interrogante: ¿qué valor tienen como prueba unas reflexiones que hace una persona en voz alta, considerando que son privadas?

Sus abogados ya argumentan que mucha gente en la ducha –o incluso en el inodoro– dice barbaridades que no necesariamente corresponden a la realidad. En todo caso, el público norteamericano esta hipnotizado con lo que en privado se ha denominado ‘la confesión en el orinal’. Uno de los grandes crímenes no resueltos de las últimas tres décadas parece haber llegado a la recta final. Pero sin importar el desenlace, pocos recuerdan una autoincriminación tan burda y al mismo tiempo tan grave.

Los detalles

Kathleen McCormack y Bob Durst provenían de contextos distintos, ella de una familia trabajadora de ‘cuello azul’ y él de los círculos más exclusivos de la Gran Manzana. Sin embargo, a comienzos de los ochenta se enamoraron y se fueron de fiesta permanente. Disfrutaban de la cocaína, del alcohol y de la marihuana. Pero con el tiempo Durst mostró su lado más oscuro. Cuando Kathleen aspiró a ser más que solo la esposa de un millonario, Durst la empezó a empujar, a golpear y a jalar del pelo, mientras la instaba a abandonar sus estudios de Medicina. Hasta que pasó lo inevitable. Una noche de enero de 1982, Kathleen pasaba una velada en casa de una amiga durante la que peleó con su marido varias veces por teléfono. Cuando regresó a casa, desapareció para siempre.

Los millonarios, se dice, actúan de manera excéntrica, pero Robert Durst empujó esa creencia a niveles impensables. Se esfumó y duró oculto hasta 2001, cuando tres bolsas con partes de un cuerpo descabezado aparecieron flotando en la costa del pueblo de Galveston, Texas. Las autoridades encontraron en su interior un recibo a nombre de Morris Black. Al llegar a la casa de Black, dieron con una escena de crimen y una ruta de sangre que llevaba a la casa vecina, que alquilaba una señora, Dorothy Ciner, muda y de aspecto hombruno.

La investigación arrojó que Ciner, la original, jamás había pisado el estado de Texas. Pero los policías también encontraron un recibo de oftalmología a nombre de Robert Durst en las bolsas. Cruzando datos, concluyeron que Dorothy Ciner había ido al mismo colegio en Nueva York que Robert Durst, lo que les dio piso para arrestarlo cuando fue a su cita oftalmológica. Pero si bien sabían su nombre, no conocían el trasfondo millonario del sospechoso. Cuando la fianza se estableció en 250.000 dólares, enorme para el estado de Texas, le preguntaron si los tenía, y Durst respondió “no aquí”. Nadie imaginó que podría pagar, pero lo hizo con facilidad y se voló de nuevo.

Pasó años fuera del alcance del radar, pero las autoridades investigaban su caso. En ese momento acudieron a Susan Berman, su amiga y confidente, que lo había defendido a capa y espada de las sospechas de haber matado a su mujer. Berman, hija de un mafioso, había caído en desgracia económica y parecía lista para hablar. También había recibido dos transferencias por 25.000 dólares de Durst, quizás para ayudarla o para responder por su chantaje. Berman conocía a Durst como nadie, y fuentes allegadas afirmaron que iba a acusarlo de asesinar a su esposa. Pero la mujer jamás llegó a sus entrevistas pactadas con el diario The New York Times y con la Policía. Murió en 2000, en su casa de California, de un tiro en la parte de atrás de la cabeza. Las circunstancias sugerían que había sido alguien en quien confiaba. Varias transacciones de tarjeta de crédito ubicaron a Durst en California en las fechas en que ocurrió. Una vez más, el personaje era acusado de matar a alguien cercano y desvanecerse.

El caso de Galveston llegó a los medios, y todo Estados Unidos entró en alerta. En Nueva Orleans un dueño de apartamento avisó a las autoridades sobre una mujer con facciones de hombre, muda, pero pelirroja. Cuando los policías llegaron al lugar, supieron que era Durst, pero no dieron con su paradero. Hasta que este tuvo un desliz. Apareció en Pensilvania, entró a un supermercado, se robó una ensalada de pollo, y fue capturado.

Cuando se creía que era el final de Durst, pues había pruebas contundentes para condenarlo por el asesinato de Morris, este contrató a un equipo de abogados de primera línea que voltearon la situación y lograron su libertad. Aunque confesó haber disparado contra Morris, dijo que había sido en defensa propia, y que, ante la percepción pública de que había matado a su mujer, se vio obligado a desmembrar el cuerpo y tratar de desaparecerlo. El jurado le creyó.

Ahora, después de su confesión en audio, llega el tercer round de Robert Durst tras las rejas y espera un juicio que podría llevarlo a la pena de muerte. Pero el desenlace de su historia está por verse, y considerando lo hábil que ha sido para evadir a la ley, nada raro sería que una vez más se saliera con la suya.
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