Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2002/11/23 00:00

Salud deplorable

Las nuevas revelaciones sobre la fragilidad de John F. Kennedy hacen pensar que si no lo hubiera matado una bala lo habrían hecho sus enfermedades.

Siempre se ha sabido que John F. Kennedy tenía un problema en su columna vertebral. Incluso en varias oportunidades se ha registrado que tenía una mecedora en su despacho para evitar las dolencias de su espalda. El mal se le atribuía a una heroica hazaña del presidente en la Segunda Guerra Mundial como voluntario de la Marina. En las aguas del Pacífico su lancha torpedera PT-109, de la cual él era comandante, fue atacada por los japoneses. Kennedy, entonces de 25 años, estuvo dos días en el mar nadando para salvar a sus compañeros. Al parecer ese ejercicio empeoró un antiguo problema de su espalda. También, después de su muerte, se conoció que sufría de la enfermedad de Addison, una deficiencia renal que se mantuvo en secreto durante su presidencia.

Pero todo parece indicar que ese era apenas un pequeño renglón de su historia clínica. La semana pasada el biógrafo Robert Dallek, junto con el médico Jeffrey Kellman, revelaron gran parte de los archivos clínicos del asesinado presidente, que se habían mantenido en secreto para evitar que se derrumbara su imagen y se pusieran en duda sus capacidades para gobernar.

En su botiquín personal no podían faltar las hormonas para tratar el mal de Addison, que le exigía inyectarse dos veces al día corticoesteroides para reemplazar la adrenalina que sus glándulas no podían producir debido a esta enfermedad.

Tampoco podían faltar la codeína, el demerol y metadona para calmar el dolor, meprobramate y librium para la ansiedad, píldoras para dormir, ritalina para estimularse, antibióticos y gamaglobulina para combatir las infecciones del tracto urinario y antiespasmódicos contra la colitis que le producían fuertes dolores estomacales. En total tomaba hasta ocho medicinas al día, por lo cual se había convertido en un farmacodependiente.

El acceso a radiografías de su columna demostró que tenía tres vértebras fracturadas a causa de un problema de osteoporosis. También se pudo confirmar que en su adolescencia padeció una enfermedad venérea.

A raíz de las revelaciones de Dallek a la revista The Atlantic Monthly muchos médicos han querido engrosar el archivo y le han suministrado más datos por el correo electrónico. Y esto sin duda es un gran aporte puesto que fue internado en múltiples ocasiones, de las cuales la más grave fue cuando le realizaron una cirugía altamente riesgosa en el New York Hospital para tratarle su insuficiencia renal. Como en esa y otras oportunidades él estuvo a punto de morir, tanto es así que tiene el récord histórico de haber recibido cinco veces los santos óleos antes de los 40 años. Tal era su situación que en la época de congresista lo apodaron 'El senador ausente'. Sin embargo algunos comentan que él prefería ser visto como "un 'playboy' y no como un paciente".

Su estado de salud era tan deplorable que además del coctel de medicamentos se le inyectaba en su espalda un anestésico llamado procaína antes de conferencias de prensa y actos oficiales. Pero más revelador aún es que, de acuerdo con los archivos, "necesitaba ayuda para un ejercicio tan simple como ponerse las medias y los zapatos", afirmó Dallek.

Los dos investigadores tuvieron el permiso de los Kennedy para acceder a los documentos sobre los ocho años anteriores a su asesinato. Con este material Dallek publicará un libro el próximo año titulado An unfinished Life: John F. Kennedy (1917-1963) (Una vida inconclusa). El escritor ha revisado no sólo archivos médicos sino también más de 100 horas de cintas de conversaciones que se grabaron en secreto en la Oficina Oval.

Debido a estas revelaciones muchos han cuestionado las capacidades de Kennedy para ejercer como primer mandatario del país más poderoso del mundo, y más en 1962, época de la crisis de los misiles. Pero si bien Dallek admite que Kennedy en ocasiones manifestaba sentirse "atontado" por tantos medicamentos asegura que durante ese episodio el presidente se mantuvo lúcido y al frente de la situación.

Algunos consideran que esta información debió ser de dominio público pues hubiera sido un factor definitivo en las elecciones. Sin embargo otros norteamericanos lo ven con más admiración pues soportó con estoicismo dolores y padecimientos extraordinarios. En lo que sí hay consenso a la luz de las nuevas revelaciones es que si no lo hubieran matado las balas probablemente habría muerto en poco tiempo por culpa de todos sus males.

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