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| 11/5/2016 12:00:00 AM

‘The Crown’, o cómo nace una reina

La asombrosa serie de Netflix, sobre el ascenso al trono de Isabel II en los turbulentos años de la posguerra, maravilla a la crítica. Costó 130 millones de dólares, y se le notan.

En los tabloides y diarios británicos la imagen de Felipe de Edimburgo, príncipe consorte de la reina Isabel II, suele ser la de un hombre-caricatura. Se anota que carece de tacto, que lanza improperios sin mayor problema, que suele caerse. Por eso, cuando aparece en público, a sus 95 años, los medios esperan la oportunidad para aprovecharse de él. Pocos conocen el drama personal de esa figura decorativa que lleva más de 60 años sufriendo el hecho de ser un personaje secundario, sin más funciones que caminar dos metros detrás de su mujer en las ceremonias oficiales.

Una de las virtudes de la serie The Crown es que cuenta la historia humana, generalmente desconocida, de esos personajes de carne y hueso que viven, gozan y sufren tras las paredes del fastuoso palacio de Buckingham. Como la de ese joven que sacrifica sus aspiraciones y su promisoria carrera en la Armada por el amor de Isabel de Windsor, sabiendo que cuando ella se convirtiera en reina, su destino cambiaría para siempre. Su mujer, la princesa Isabel, también vivió su propio sacrificio: no esperaba heredar la Corona tan pronto, a los 25 años, lo que le impidió vivir el matrimonio que recién comenzaba.

Como es costumbre con su material original, el viernes Netflix liberó los diez episodios de la primera temporada de The Crown. Se trata de uno de los dramas más ambiciosos producidos en la historia de una pantalla chica, que ahora incluye tablets, phablets y computadores. La empresa estadounidense invirtió 130 millones de dólares por dos temporadas, y a juzgar por las primeras reacciones de la crítica, la inversión se justifica. La serie ilustra las intrigas, vidas amorosas y maquinaciones de la familia más famosa de Reino Unido, y también lo que sucedía en el número 10 de Downing Street. El crítico Ben Lawrence en The Daily Telegraph se confiesa creyente: “La Casa de Windsor pasa por el microscopio, analizada con detalle forense para que el espectador arme un retrato psicológico de cada personaje. Se temía que, pensando en la audiencia estadounidense, ‘The Crown’ pecara de reverencial y poco sutil en contar la historia real, pero el resultado es un sofisticado drama para adultos”.

¿Por qué contar esta historia ahora? No es una casualidad, pues saber cómo y cuándo golpear es una virtud importante en la lucha por el rating y la percepción. El éxito mundial de Downton Abbey, un drama de comienzos de siglo XX sobre una familia aristocrática y sus sirvientes, le dio un impulso vibrante a los seriados de época. En cinco años al aire Abbey ganó premios Emmy constantemente y demostró que una audiencia madura y la crítica responden con atención al género. Netflix hizo su jugada para saldar su deuda con los máximos reconocimientos que aún ostentan HBO y otras cadenas de televisión tradicional. Invirtió para llenar el vacío de Abbey con una serie que deja en claro que en inversión, magnitud y calidad no envidia a nadie. El líder del streaming ya ha sido exitoso en recrear para el mercado mundial los años ochenta en Colombia, en Narcos, y en Indiana, en Stranger Things, y ahora parece superarse con esta especie de ‘cine en serie’.

Pero el costo de la perfección es alto, tanto, que la BBC no lo pudo pagar. La fotografía de la realeza de la posguerra en 1947 es inmaculada desde los espacios y los eventos. No se filmó en el palacio de Buckingham, pero se construyó una reproducción a escala real. El matrimonio entre la entonces princesa Isabel II y su prometido Felipe en la catedral de Westminster abruma. El vestido que Claire Foy (Isabel) luce en The Crown costó 35.000 dólares, sin importar que en la vida real Isabel trató de ser austera para responder a tiempos difíciles.

Y más allá de la producción, los diálogos y actuaciones han impresionado incluso a los críticos antimonárquicos. A las pujas internas, a las intrigas palaciegas y a las discusiones políticas se suman los constantes intercambios con sir Winston Churchill, interpretado por el norteamericano John Lithgow, quien deja una impronta desde su premeditada y sobreactuada entrada a la catedral de Westminster para la boda real.

No será la primera ni la última vez que la televisión saque partido de la historia de la realeza británica, pero es difícil lograr un registro tan ambicioso de pies a cabeza. En lo más alto se encuentra Peter Morgan, el mejor y más experimentado guionista en la materia, conocido por la película The Queen y la obra de Broadway The Audience. Pero también se suman Stephen Daldry, uno de los mejores directores del Reino Unido (Billy Elliot, The Hours), así como vestuaristas premiados (con unos 7.000 trajes) y directores de arte excepcionales. El presupuesto alcanzó incluso para emplear a uno de los más grandes compositores de bandas sonoras, Hans Zimmer. El ganador de premio Óscar nunca había cruzado la frontera de la pantalla grande a la chica.

La producción no cuenta con el aval de la familia Windsor, una condición que disfruta y aprovecha Morgan para contar las intrigas reales sin injerencias o necesidad de aprobación. Y si bien en un principio los royals expresaron recelo con su silencio, el resultado seguramente los dejará tranquilos. “La serie es un triunfo de las relaciones públicas reales, un trabajo lleno de compasión que humaniza a los Windsor como nunca antes”, añade Lawrence. Esto, en tiempos en los que la monarquía sufre de constantes ataques de anacronismo y su impopularidad es un tema de discusión, le cae como anillo al dedo.

Ninguno de los críticos británicos le ha quitado mérito a la serie. Tanto Andrew Billen del diario The Times y Ben Lawrence de The Daily Telegraph le dieron cinco estrellas, su máxima calificación y, con ese pergamino, es posible que The Crown llegue al máximo proyectado de seis temporadas. Billen aseguró que “es brillante a un nivel que casi alarma. Los primeros episodios, dirigidos por Daldry, lucen como películas, pero tienen el viso satírico de los dramas de BBC en sus días más brillantes”. Es difícil verle lunares a una larga serie que tiene los valores de producción de un blockbuster de Hollywood. La audiencia ya está en capacidad de juzgar por sí sola.

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