Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2013/08/17 03:00

Series: Ni tan buenos ni tan malos

El exitoso estreno de la serie ‘Breaking Bad’ demuestra que los antihéroes se tomaron la televisión. ¿Cuál es el encanto?

Durante cinco temporadas los televidentes han sido testigos de cómo Walter White, el protagonista de ‘Breaking Bad’, pasó de ser un profesor de química al rey del narcotráfico en Nuevo México. Foto: AFP

El profesor de química Walter White lleva una vida bastante normal hasta que un día los médicos le diagnostican cáncer de pulmón. Como cree que le queda poco tiempo, decide que la mejor forma de proteger a su familia es hacer dinero rápido. 


Después de probarlo todo sin éxito, descubre que la única manera de hacerlo es producir metanfetaminas de la mano de Jesse Pinkman, un exalumno suyo y pequeño traficante. Al principio el asustadizo Walter solo quiere sobrevivir; luego se da cuenta de que puede atemorizar a sus enemigos con el alias de Heisenberg y al final le interesa dominar. 


“¿A qué te quieres dedicar: al negocio de las drogas o al del dinero?”, le pregunta Jesse. “Ninguno de los dos. Lo mío es el imperio”, le responde el profesor convertido en rey del narcotráfico de Nuevo México. 


Esa es a grandes rasgos la trama de Breaking Bad, la aclamada serie de la cadena AMC que acaba de estrenar el primero de sus últimos ocho episodios. Lo que empezó como un programa menor en 2008 es considerado hoy uno de los grandes fenómenos de la televisión. 


Nada más el primer capítulo de esta nueva temporada dobló su récord de audiencia en Estados Unidos, con 6 millones de espectadores, y desde ya se anticipa que el final será uno de los eventos televisivos del año. Las complejidades de su protagonista, interpretado por Bryan Cranston, explican el éxito: Walter no finge; es un hombre real, que se equivoca y se arrepiente. Es imperfecto. 


Esa fascinación por los antihéroes como él –esos personajes que, sin ser villanos, tienen facetas impresentables– está en auge por estos días. El precursor fue Tony Soprano, el mafioso de la serie de HBO Los Soprano, que a finales de la década de los años noventa le demostró al público que los capos son tipos duros que también van al psicólogo. Desde entonces los libretistas y los estudios de televisión se arriesgaron a explorar esa clase de relatos cuyo origen se remonta a las tragedias griegas. 


“Antes los personajes eran héroes o villanos, pero las buenas historias son más complejas que eso –explicó a SEMANA Brett Martin, autor de Difficult Men, un libro sobre el tema–. Los antihéroes, en cambio, no son buenos ni malos. Son ambiguos e inevitablemente nos llevan a preguntarnos por qué nos gustan tanto”. 


Durante mucho tiempo el cine fue el único lugar donde estos personajes tenían cabida. “La televisión es un medio mucho más personal y la gente difícilmente permitía que los antihéroes entraran a su habitación. Eso empezó a cambiar con ‘Los Soprano’”, añade el historiador de televisión Tim Brooks.  


Hoy  series  como  Breaking Bad, Dexter, Hannibal y Mad Men, con altísimos ratings de audiencia, demuestran que los protagonistas defectuosos y moralmente cuestionables llegaron para quedarse. Los televidentes saben que Walter White es un capo. 


También son conscientes de que Dexter Morgan, el forense de la Policía de Miami que en las noches se dedica a matar asesinos seriales, es un psicópata. Incluso conocen el insaciable apetito por la sangre de Hannibal Lecter, el brillante psiquiatra forense del FBI. Y, sin embargo, sienten empatía por ellos. Cada domingo esperan ansiosos el estreno de otro capítulo como si se tratara de un ritual sagrado. Otros se hacen fanáticos de una sola sentada gracias a las facilidades que ofrecen plataformas como Netflix o Apple TV para descargar las series completas.  


Tony, Walter, Dexter y Hannibal reflejan los extremos a los que un ser humano puede llegar cuando toma decisiones equivocadas. Sus historias suceden en mundos oscuros, sucios y prohibidos. Pero también hay antihéroes que no son necesariamente criminales. 


Don Draper, el publicista estrella de Mad Men, es un buen ejemplo, porque pese a verse como un ejecutivo glamuroso, su vida es un engaño: no solo se robó la identidad de un oficial muerto en la guerra de Corea, sino que le es infiel a su esposa y maltrata a sus empleados.


“Aunque no es un asesino ni un narcotraficante, es destructivo y problemático”, agrega Martin. Otro nombre que clasifica en esta lista es el de Gregory House, el doctor neurótico y misántropo empeñado en salvar pacientes con enfermedades incurables. Él mismo se esfuerza por que todo el mundo lo odie, pero en el fondo no es más que un tipo que prefiere decir las verdades incómodas. 


“Nadie hace las cosas bien ni mal y ver a una persona luchar contra eso se siente más real que alguien que siempre escoge el camino correcto”, dijo a esta revista el crítico de medios Eric Deggans.


La televisión es el mejor espacio para estos personajes, pues les da tiempo para evolucionar: Walter White, como dice el director de la serie, pasó en cinco años de ser “Mr. Chips a Scarface”, de profesor mediocre a asesino mafioso. A eso se  suma el esfuerzo de los estudios por invertir en superproducciones y en actores de primer nivel. 


“No es exagerado afirmar que hoy nos encontramos frente a una nueva era dorada de la televisión”, señala Martin.


Por lo pronto, es apenas obvio que Hollywood seguirá aplicando esta fórmula exitosa. Y mientras existan grandes antihéroes, el público seguirá presenciando los dilemas que torturan a esos personajes marcados por un destino trágico. 

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