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| 2/25/2017 12:00:00 AM

Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle: el detective y su creador

El libro ‘Arthur and Sherlock’ revela detalles claves de cómo el escocés Arthur Conan Doyle, un médico aventurero que nunca había publicado una línea, creó al mundialmente famoso Sherlock Holmes.

El británico Benedict Cumberbatch, cotizado en Hollywood y en los escenarios del West End de Londres, sacó tiempo para regresar a la televisión a completar la cuarta temporada de Sherlock. En los últimos tiempos Robert Downey Jr. interpretó al famoso detective en dos ocasiones en la pantalla grande (2009, 2011), y sir Ian McKellen le dio vida en Mr. Holmes (2015), una cinta que imagina la complicada vejez del detective. En lo corrido del siglo XXI las producciones que el personaje de Arthur Conan Doyle ha inspirado son éxitos de taquilla y rating, pues el público sigue tan fascinado como en el principio. Por su parte, los actores no se pueden resistir a la tentación de ponerse en sus zapatos.

Pero Holmes no es de este siglo, ni del pasado. Nació en 1886, en plena era victoriana y, por su trascendencia cultural, es difícil imaginar que surgió de la creatividad de un médico escocés que soñaba con escribir. Esta característica llamó la atención del investigador Michael Sims, quien se dio a la tarea de descubrir las influencias y vivencias que llevaron a Arthur Conan Doyle a concebir su obra maestra. El resultado es Arthur and Sherlock, Conan Doyle and the Creation of Holmes, un libro en el que Sims responde a la pregunta clave que Graham Moore, experto en Sherlock y guionista, plantea sobre el autor y el proceso en The New York Times: “¿Cómo consiguió el logro literario más perdurable de su generación un médico de 26 años que no había publicado nada y apenas había escrito dos novelas y algunos cuentos?”.

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Según relata Sims, Conan Doyle no fue distinto a la mayoría, pues construyó su personaje a partir de la inspiración de sus gustos literarios y de las circunstancias de su vida. Pero tanto esos gustos como esas experiencias son interesantes. Conan Doyle leía asiduamente al dramaturgo sir Walter Scott, pero los personajes que más lo marcaron fueron el detective Auguste Dupin, del cuento Los crímenes de la calle Morgue (1841) de Edgar Allan Poe, y el inspector Bucket, protagonista de la novela Casa desolada (1853), de Charles Dickens. A su narrativa, Sims suma detalles interesantes como el hecho de que tanto Dickens como Conan Doyle eran obsesivos en su gusto por leer reportes de crímenes macabros.

El escocés siguió la pista de muchos otros detectives (incluso hasta personajes de Voltaire), pero necesitaba darle un giro único al suyo. Curiosamente, para esos efectos el nombre resultó crucial pues no quería que revelara la característica primordial de su protagonista. Le dio vueltas, consideró llamarlo Sherrington Hope, y para su amigo y confidente John Watson estimó usar el nombre Ormond Sacker, e incluso lo hizo en la primera versión. Pero se topó con el nombre de Sherlock en historias de Sheridan Le Fanu y, por fortuna, le quedó sonando. ¿Hubiera tenido el mismo impacto histórico de haberse leído “Elemental, mi querido Sacker”?

Sin embargo, la mayor inspiración vino de un hombre de carne y hueso. En la escuela de medicina de Edimburgo tomó clases con el doctor Joseph Bell, un hombre cuya lógica y poder de deducción le permitían diagnosticar con una certeza inigualable. Bell empezaba su proceso examinando de cerca a sus enfermos, y descubría detalles que escapaban a otros. “En un caso dedujo instantáneamente que una de sus pacientes trabajaba en la fábrica de linóleo en Burtisland, por su postura, los callos en sus manos y los rastros de barro en su calzado y vestimenta”, sentencia Sims.

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Sobre cómo la vida del autor alimentó su creación más famosa, la línea es más difusa. Sims asegura que Conan Doyle sufrió el comportamiento violento de su padre alcohólico, pero que su madre compensó ese hecho al contarle historias que despertaron en él esa vocación. De adolescente participó en muchas riñas callejeras, y en estas, según Sims, “no le importaba ganar o perder, solo sacaba pecho del daño que le había hecho a su oponente”. A los 26 años, después de varios viajes y dolores (como la muerte de su primera esposa por tuberculosis), se había despertado en él un conflicto en la medicina y la escritura, mientras se entregaba a la idea de vivir al límite. Participó en expediciones al Ártico y África, escaló los Alpes, fue de los primeros británicos en esquiar, y también se entregó a pasiones de miles como el críquet, el boxeo y el fútbol.

El caso de Conan Doyle es el de un autor cuya fantástica existencia quedó eclipsada por su creación. Por fortuna, Sims se encarga de poner a cada uno en su justa proporción.

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