Martes, 24 de enero de 2017

| 1995/11/20 00:00

SI SE PUEDE

Liz Taylor, Oprah Winfrey y Roseanne Barr parecen ser las campeonas de los regímenes para adelgazar.

SI SE PUEDE

PARA ALGUNAS mujeres bajar y subir de peso es una obsesión fatal. Ese parece ser el caso de tres famosos personajes femeninos de Estados Unidos, quienes viven en una batalla constante contra los kilos de más: Elizabeth Taylor, Oprah Winfrey y Roseanne Barr. La conocida y veterana actriz y las dos presentadoras de televisión pueden prácticamente resumir sus vidas en las épocas de las vacas flacas y de las vacas gordas. Luego de períodos de abismal gordura inevitablemente aparecen luciendo estilizadas figuras. Pero pronto vuelven a ganar el peso perdido, al punto que bien podrían llevar el título de las 'reinas del yo-yo'.

LA GORDA FLACA
Roseanne Barr es desde hace años la gorda más famosa de la televisión estadounidense. Pero a pesar de su popularidad no se ha resignado a cargar con los kilos que la naturaleza le dio. Aunque vivía en estricta dieta, luego del divorcio de su también descomunal marido, Tom Arnold, Roseanne aumentó cerca de 50 kilos. Esta mujer que no tiene pelos en la lengua a la hora de revelar sus intimidades, tampoco oculta ante las cámaras su obsesión por la gordura. A diario salen publicados en las revistas los regímenes alimenticios que sigue y sus constantes programas de ejercicio, los cuales complementa con visitas al siquiatra. Ahora, que ha logrado a base de mucho esfuerzo tener la figura que siempre soñó pero que nadie imaginó que lograra nunca, Roseanne ha anunciado que abrirá con su nuevo marido, Ben Thomas, una cadena de comida rápida que, seguramente, la llevará a un rápido aumento.

UNA TALLA POR CADA MARIDO
A través de sus ocho matrimonios, la actriz Liz Taylor ha pasado por todas las tallas posibles. La secuencia de fotografías en las cuales la actriz aparece como una descomunal y abotagada matrona y luego en las que luce radiante y delgada es ya bien conocida. Ese sube y baja de kilos ha sido tan constante en su vida como sus matrimonios. Para Elizabeth Taylor los problemas de peso tienen mucho que ver con sus frecuentes decepciones amorosas y sus problemas de columna que le impiden hacer ejercicio. Por eso, luego de cada separación, la actriz termina recluida en un centro de tratamiento contra el abuso del alcohol y las drogas, entre las cuales se incluyen desde luego las de adelgazar.

LA MUJER YO-YO
Otro caso patético es el de Oprah Winfrey. La presentadora de televisión mejor pagada de Estados Unidos ha gastado la mayor parte de su fortuna tratando de tener una figura delgada. Al punto que tiene contratados a un entrenador y a un chef que la siguen a todas partes. Durante los últimos ocho años los estadounidenses la han visto engordar grotescamente y luego derretirse en sus pantallas. Y su obsesión ha sido también tema de muchos de los programas de la llamada reina del talk-show. En una oportunidad, Oprah llevó al programa una carretilla con 35 libras de tocino para ilustrar los kilos que acababa de perder. En este sentido sus récords son famosos. En 1992 pesaba 105 kilos y perdió 45 en 60 días. ¿El secreto? Durante tres meses no comió ningún alimento sólido y asistió dos horas diarias a un gimnasio. Todo este esfuerzo lo perdió luego, en tres semanas de vacaciones en el Caribe. Finalmente Oprah recurrió más a las recetas sicológicas que a las culinarias para obtener lo que ella considera su peso ideal. Para liberar sus fantasmas de abuso sexual en la infancia que la llevaban a comer desaforadamente, escribió un libro y, según cuenta, al deshacerse de su complejo de culpa por su pasado de promiscuidad logró llegar a los ansiados 60 kilos.

¡Perdió 1.000 kilos!
CUALQUIER HIStoria sobre la lucha contra la obesidad se queda sin peso al compararla con la de Buster Simcus, quien a comienzos de este año pesaba 1.250 kilos, es decir, más de lo que pesa un automóvil compacto.
Este tejano de 37 años llegó a ser famoso por su compulsión por la comida. Según cuenta, cuando se sentaba en las noches frente al televisor fácilmente podía engullirse 10 libras de maní y 10 malteadas en cuestión de una hora. Su dieta diaria incluía 10 steaks y cinco pollos enteros, 14 pasteles de manzana y cinco libras de chocolate, alimentos que apenas le calmaban su desaforado apetito. Sólo cuando llegó a la exorbitante cifra de 1.200 kilos y ganó el título del hombre más obeso del mundo, su situación empezó a preocuparle. Para entonces sólo tenía dos caminos, o adelgazaba o moría.
Fue en ese momento en que Simcus decidió que era hora de cambiar sus hábitos alimenticios. Y de los kilos de carne y los pasteles de manzana pasó a comer vegetales y frutas. En cuestión de unas semanas el descenso en la balanza comenzó a notarse aceleradamente. Con un régimen que apenas sumaba 350 calorías diarias -una tostada al desayuno, una ensalada de repollo y cebolla al almuerzo y una presa de pollo asado a la comida- Simcus logró poder sostener sobre sus dos pies su anatomía. Después de seguir por ocho meses esta estricta dieta, consiguió deshacerse de esa tonelada de grasa que almacenaba y tener una vida normal con 105 kilos de peso. Ahora Simcus tendrá que someterse a una intervención quirúrgica para quitar de su cuerpo los 25 kilos de exceso de piel que le quedaron sin sostén después de bajar más de 1.000 kilos.

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