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| 12/22/1986 12:00:00 AM

SOBRE MEDIDA

A pesar de su estilo estrafalario, Alfredo Barraza hace su agosto en noviembre.

Desde hace cinco años, el nombre de Alfredo Barraza empezó a sonar en los desfiles de coronación y de fantasía en los reinados de belleza en Cartagena. Ahora en 1986, el nombre del diseñador que más se oyó fue el del barranquillero a quien se le abrieron las puertas de oro vistiendo a 10 de las 22 candidatas para el Reinado Nacional de la Belleza.
Treinta trajes de fantasía, 10 vestidos para la noche de coronación, 12 casuales y 18 que las candidatas lucieron en los eventos elegantes, fue la cuota que aporto esta vez. Pero una cuota mayor fue la que le aportaron las 10 reinas a él: se calcula que aproximadamente cada candidata necesito 4 millones de pesos en ajuar para representar bien a su departamento, aunque el mismo Barraza asegura que si sus precios fueran tan elevados o astronómicos, "no vendrían tantas niñas a pedirme que les diseñe los trajes que necesitan". Pero, a la luz de las cifras comentadas, Barraza pudo hacer su agosto en noviembre con cuentas por 40 millones de pesos.
Todo empezó cuando en 1981, Esperanza de Soto, la mamá de la candidata por Santander, le encargó el diseño de los vestidos que debía llevar su hija a Cartagena. Barraza, que para ese entonces trabajaba como dibujante en la oficina de dos diseñadoras de interiores en Bogotá, le vendió el diseño de los tres trajes de fantasía y el vestido de coronación, y desde ese momento se empezó a ver con claridad el nuevo horizonte que lo llevaría a la fama en los certámenes de belleza en Colombia. Al año siguiente, al diseñador "autodidacta", como él mismo se califica, dos participantes le pidieron que colaborara con ellas para elegir correctamente el atuendo que debían llevar el día de la coronación, y un año más tarde dio el gran salto a la fama. Susana Caldas ganó el concurso y fue elegida Señorita Colombia, y Angela Patricia Janiot quedó entre las finalistas. Paralelo al nombre de las candidatas, sonaba el del diseñador para quien el triunfo de la Señorita Colombia resultó más beneficioso que para cualquier otra persona, ya que Susana desfiló el traje típico "Yo soy Colombia" ganador del primer premio internacional Miss Suramérica.

FESTIN DE BRILLANTES
Kilos de canutillos, lentejuelas, perlas, plumas de loro, de faisán, de avestruz, de pavo real, adornos brillantes, y aplicaciones especiales que son imposibles de conseguir en el país hacen que el precio de los vestidos se eleven a cifras astronómicas que casi tocan el millón de pesos, y a esto hay que sumar el costo de la mano de obra especializada, el corte del molde del novedoso diseño y el poco o mucho material que se vaya en cada uno. La inexperta candidata acepta por derechas el modelito que el diseñador le quiera poner, así se trate de un incómodo e inmenso lazo que prácticamente no la deja ni mover, y mientras el diseñador deja que su imaginación coja vuelo, la comitiva departamental, que es la que financia los gastos de la niña, consigue el patrocinio en cuanta empresa sea posible para pagar las ideas del responsable del ajuar.
A todas estas, las candidatas llegan a Cartagena cargadas de maletas con sobrecupo, porque es tal la cantidad de pedrería que lleva cada vestido que el peso de estos puede llegar a ser hasta de 5 kilos. Gruesos, delgados, amplios, angostos o como sean, las candidatas aguantan el peso o el calor siempre y cuando estén de acuerdo con el momento, porque al parecer lo que más importa en este tipo de certámenes es que los trajes vayan cargados de plumas y brillantes para que asi el puntaje de cada participante se eleve.
Barraza asegura que lo que más le importa es que la candidata se destaque por su propia belleza y no por el vestido que lleva puesto. Por eso, en el momento en que una aspirante pisa su taller de diseño, él se limita a oír lo que ella desea lucir y más adelante entran en una especie de negociación sobre lo que el diseñador le sugiere de acuerdo con el cuerpo, color y otros factores que le pueden favorecer.
A pesar de este cuidado -y de la cotejación de colores de ojos con colores de botones; tonos de mangas con tonos de cabello-, no siempre los diseños de Barraza reciben la felicitación general. Se podría decir que al contrario: sus últimos cortes de trajes en el pasado Reinado de Cartagena resultaron tan aparatosos en algunos casos, tan rebuscados en otros, tan complicados en casi todos, que fueron muchas las críticas que se le lanzaron. "Parecen vestidas por su peor enemigo", se oyo decir a algunas comentaristas en la última sesión de desfiles en Cartagena, para comentar los vestidos que llevaban puestos algunas candidatas.
Otro argumento que se da contra este tipo de diseños es la inutilidad a que están condenados los trajes una vez cumplen con su función de ser vistos en la pasarela. "Lo peor de esos vestidos no es que sean caros, sino que después de usados quedan prácticamente para guardar de recuerdo. Nada más", comentó a SEMANA una ex reina vestida por Barraza.
Pero a pesar de esos peros, este barranquillero de "ponme la edad que quieras", fue el campeón en el reciente reinado, no sólo por su prestigio, sino porque su más fuerte competidora se quedó en casa: Amalín de Hasbún. Ella en este año no intervino en el vestido de las reinas porque estaba cumpliendo funciones de abuela primeriza, en una promesa que le había hecho a su hija.
Después del apogeo de diciembre, Alfredo Barraza se dedica ahora a la confección de vestidos de novia, su oficio normal en épocas frías. Pero cuando el ambiente de reinado vuelva a calentarse, el nombre de este diseñador seguramente se mencionará tanto como el de las candidatas.




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