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| 3/3/2012 12:00:00 AM

¡Sobrevivieron!

El caso del hombre que pasó dos meses atrapado en un carro bajo la nieve ha hecho recordar las historias de otros que se burlaron de la muerte en condiciones extremas.

Todos los años el invierno mata a decenas de personas en Europa. El de 2012 no fue la excepción y, según reportes oficiales, ha cobrado la vida de al menos 250. Por eso todavía nadie entiende cómo el sueco Peter Skyllberg, de 44 años, soportó temperaturas de hasta 30 grados centígrados bajo cero atrapado en un carro cubierto de nieve durante dos meses. Cuando unos lugareños encontraron el auto abandonado en un pueblo al norte de Estocolmo, el hombre estaba envuelto en una bolsa de dormir. A pesar de lo débil que se veía, podía hablar. Según él, había sobrevivido con un par de barras de chocolate y sorbos de hielo derretido desde el 19 de diciembre.

La increíble hazaña tiene a científicos de diferentes partes del mundo hilando toda clase de teorías. Algunos dicen que Skyllberg se adaptó al frío extremo y a la escasez de alimentos como lo hacen ciertos mamíferos en invierno. También hay quienes aseguran que el carro hizo las veces de un iglú y lo aisló de las bajas temperaturas, mientras que los más escépticos simplemente creen que se confundió de fecha. Sea cual sea la explicación, su caso ha revivido el interés en otras historias de personas que, contra todos los pronósticos, han salido ilesas de accidentes y desastres naturales.

Pero el camino a la salvación siempre es tortuoso. El italiano Mauro Prosperi puede dar fe de ello, pues en 1994 perdió todas las esperanzas de salir del desierto del Sahara e intentó suicidarse. Durante la famosa Maratón de arena, de 250 kilómetros, Prosperi se perdió debido a una fuerte tormenta que borró el sendero señalizado. El calor lo obligó a seguir avanzando en busca de los demás competidores, pero terminó desviado del camino. Su drama se agudizó aún más cuando se dio cuenta de que solo le quedaban unas gotas de agua en su termo. No tuvo otra opción que beber su propia orina, pero al noveno día el desespero lo llevó a cortarse las venas. El problema era que su cuerpo había agotado todas sus reservas de líquidos y ni siquiera brotaba sangre de su herida. Por suerte, una familia de nómadas lo encontró y lo llevó en camello a un campamento militar donde recibió atención médica. Aunque bajó 18 kilos y por poco pierde un riñón, Prosperi volvió a participar en la carrera los seis años siguientes.

La estadounidense Tami Oldham enfrentó sus peores miedos después de ver morir a su prometido en el océano Pacífico. Todo comenzó en octubre de 1983 cuando Tami y su novio, Richard Sharp, partieron de Tahití a San Diego en un yate de lujo. Los primeros 20 días del viaje transcurrieron en relativa calma, pero de un momento a otro el cielo azul se convirtió en un huracán de categoría cuatro (la escala de intensidad va hasta cinco). En medio del fuerte oleaje, Richard se cayó del barco y Tami se dio un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente por 27 horas. Cuando recobró el conocimiento, la cubierta estaba destruida y el radio, completamente inservible. Sola y con una herida en el cráneo lloró la pérdida de su enamorado durante dos días hasta que reunió el valor para llegar a tierra firme. "Una voz interior me mantuvo viva", asegura. Al cabo de un mes y con la ayuda de un sextante Tami arribó a Hawái. Hoy es una capitana certificada y su historia ha inspirado varias películas.

Para otros, en cambio, es más difícil superar el trauma psicológico. Juliane Koepcke, la única sobreviviente del vuelo 508 que se precipitó en la Amazonía peruana el 24 de diciembre de 1971, aún no se ha recuperado del todo. "Sigo teniendo pesadillas -aseguró en una entrevista reciente-. El dolor por la muerte de mi madre y el resto de los pasajeros va y viene. Y la pregunta de '¿por qué me salvé yo' me perseguirá por siempre". Luego de que una tormenta eléctrica partió en dos el avión en el que viajaba, la joven, entonces de 17 años, recorrió más de 600 kilómetros de selva virgen con la clavícula rota y un paquete de dulces como única fuente de energía. Diez días más tarde llegó a una aldea de pescadores.

El montañista Colby Coombs tampoco entiende qué evitó que muriera atrapado bajo la nieve con el resto de su equipo. En 1992, durante una expedición rutinaria en Alaska, una avalancha se le vino encima a él y a dos de sus mejores amigos. Coombs despertó seis horas después con el cuello roto y un tobillo fracturado, mientras que sus compañeros yacían inertes a su lado. A pesar del choque emocional, el deportista recordó los consejos que había aprendido en los cursos de escalada y se las arregló para regresar al campo base: "Solo tenía que mantener los ojos abiertos e ignorar el dolor. Eliminé cualquier obstáculo que se interpuso en mi camino".

La lista no solo incluye aventureros experimentados, sino también aficionados sin idea de técnicas de supervivencia, como el croata Frano Selak. El primer accidente que protagonizó ocurrió en 1962, cuando el tren en el que viajaba se descarriló y cayó a un río helado. A pesar de la hipotermia y de un brazo roto, pudo nadar hasta la orilla. Un año después, pagó un tiquete de avión pensando que sería más seguro. Sin embargo, en medio del trayecto una puerta se abrió y salió disparado. Por suerte, aterrizó sobre una paca de heno mientras que la nave se estrelló contra una montaña y 19 de sus ocupantes fallecieron. En 1966 volvió a burlarse de la muerte después de que el bus donde iba perdió el control y se precipitó a un lago. Con semejante historial de accidentes, Selak decidió comprarse un carro. Pero ni siquiera así consiguió estar a salvo: en una ocasión el tanque de combustible estalló mientras manejaba y, en otra, un camión lo chocó y lo empujó hacia un barranco. En ambas logró salir segundos antes de que fuera demasiado tarde.

El único consuelo de Selak es que hace siete años se ganó la lotería. Aunque haya sido víctima de una mala racha, hoy se siente el hombre más afortunado del mundo. Al igual que los otros sobrevivientes, aprovechó esa segunda oportunidad que le dio el destino, rehizo su vida y, de paso, se volvió famoso. ¿Fortuna o destreza? De cualquier modo, la fascinación alrededor de estos héroes de carne y hueso seguirá creciendo y por eso no es de extrañarse que el caso de Peter Skyllberg se convierta en una leyenda urbana.
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