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| 10/6/2012 12:00:00 AM

Solos contra el mundo

La historia de un hombre que prefirió renunciar a todo para irse a vivir a una isla remota ha hecho recordar otros casos de personas que abandonaron las comodidades de la civilización y se atrevieron a vivir sin un peso.

A diferencia de la mayoría de mortales, al australiano David Glasheen no le preocupan las deudas. Hace 20 años canceló sus cuentas bancarias luego de perder su fortuna en la bolsa y, sin pensarlo mucho, mandó construir con sus últimos ahorros una casa diminuta en una isla desierta del Pacífico sur. Para eso, tuvo que renunciar a todas las comodidades del mundo moderno: desde un baño con agua caliente hasta una muda de ropa limpia.

A pesar de la soledad el Robinson Crusoe australiano, como le dicen algunos, asegura que nunca había sido tan feliz, ya no lo agobia el dinero y tampoco sufre de estrés. La escasez de comida dejó de ser un problema hace tiempo, pues el multimillonario se volvió un experto pescador y se acostumbró a sobrevivir a punta de agua de coco, bananos y otras frutas silvestres. El contacto con la gente también es muy limitado, pues solo lo visitan los pescadores que recorren la zona.

El diario británico The Telegraph reveló su historia hace pocos días y desde entonces ha despertado el interés por otras personas, que después de pasar muchos años sentadas en un escritorio, deciden abandonarlo todo. Aunque cada una tiene motivos diferentes, la mayoría cree que es posible vivir en un mundo sin dinero. No se consideran ascetas, hippies ni antisociales, sencillamente quieren demostrar que la plata es una ilusión innecesaria.

Uno de los casos más extremos documentados recientemente es el de Daniel Shellabarger, un estadounidense que en 2000 se fue a vivir a una caverna al sureste de Utah. La razón: se dio cuenta de que era alérgico al sistema capitalista. Después de graduarse de Antropología en la Universidad de Colorado, Daniel se desempeñó como profesor y técnico de laboratorio. Abrió una cuenta bancaria y arrendó un apartamento, pero no se sentía feliz. Entonces compró tiquetes para Ecuador, Tailandia e India. A su regreso, regaló sus pertenencias y en su camino hacia la montaña rescató un sleeping bag de la basura.

Una vez allí, convirtió una gruta a dos horas a pie de la carretera más cercana en su nuevo hogar. Pronto el hombre de 40 años aprendió a diferenciar las frutas comestibles de las venenosas y se acostumbró a recorrer la autopista en busca de animales muertos. Hoy su dieta consiste en moras, cebolla, mapaches y ardillas, que cocina en una estufa improvisada que construyó con leña y latas viejas. El aseo personal tampoco es un problema: se baña en riachuelos, usa arena en vez de desodorante y hojas silvestres en lugar de papel higiénico.

Daniel tiene como política no recibir subsidios del gobierno, solo donaciones de sus amigos. De vez en cuando va a la ciudad y visita la biblioteca pública donde tiene acceso gratuito a internet. Hace unos meses creó un blog en el que cuenta detalles de su rutina y explica por qué después de 12 años sigue convencido de que es mejor desprenderse de lo material. "Tengo a la mano todo lo que necesito. Cuando tenía plata, jamás era suficiente. El dinero representa cosas del pasado (deudas) y cosas del futuro (créditos), nunca el presente", asegura en su página.

Mark Boyle, un británico de 33 años, es otro seguidor de esa filosofía. En 2008 dejó su empleo en una empresa de alimentos orgánicos en Bristol para dedicarse al campo. El detonante fue una tarde de cervezas en la que se dio cuenta de que no estaba haciendo nada para reducir su huella de carbono. "No sabía cuál era la raíz del problema así que decidí investigar a fondo", dice. El experimento consistía en vivir en Inglaterra sin un centavo en el bolsillo durante un año, pero le gustó tanto que convirtió ese estilo de vida en algo permanente.

El joven estudiante de economía consiguió un tráiler viejo y se instaló en una granja donde se ofreció como voluntario a cambio de ocupar el pequeño terreno. Él mismo cultiva sus vegetales, pero en las noches también sale a buscar comida que los restaurantes y supermercados desechan. Poco a poco Mark ha venido adaptando su humilde hogar a sus necesidades: construyó un baño ecológico e ideó un sistema para ducharse con agua lluvia. También descubrió que las espinas de pescado y las semillas de hinojo pueden hacer las veces de cepillo y crema dental, y ya casi no le cuesta trabajo encender la rústica estufa de leña que usa hasta en los peores inviernos.

Hoy Mark es el líder de Freeconomy, un movimiento que promueve una vida basada en el trueque, la amistad y, sobre todo, la austeridad. La idea ha tenido tan buena acogida en medio de la crisis económica que ya se han sumado miles de jóvenes europeos convencidos de que el dinero solo trae problemas. De hecho, Mark está a punto de lanzar The Moneyless Manifesto, un compendio de reglas y consejos sobre cómo vivir sin plata. A quienes lo critican, él simplemente les responde: "Suena curioso, si hoy no tienes un enorme televisor plasma la gente piensa que eres un extremista y que estás loco". Pero Mark, David y Daniel no se consideran ni lo uno ni lo otro. Para ellos este estilo de vida no solo es normal, sino que en unos años contagiará al resto del mundo.
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