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| 5/7/2001 12:00:00 AM

Soy directo pero no superficial

Paulo Coelho es uno de los escritores más leídos en todo el mundo. SEMANA estuvo con él en Rio de Janeiro para hablar de ‘El demonio y la señorita Prym’, su nuevo libro.

Paulo Coelho es un personaje que no pasa inadvertido. Este brasileño es uno de los 10 escritores que más libros vende en el mundo pero los críticos literarios no lo consideran un escritor serio porque, según él, “he decidido escribir con mucha sencillez y directo para que todos lo entiendan”. Lo curioso es que sus lectores tampoco lo ven como un literato sino como un mago, una especie de Merlín moderno. A esto contribuye el hecho de que sus obras casi siempre se encuentran expuestas en las librerías en la sección de textos esotéricos. Su autor preferiría encontrarlas en la sección de literatura o en la de filosofía. Sin embargo quienes lo llaman mago no están del todo equivocados.

Coelho nació el 24 de agosto de 1947 en Botafogo, un tradicional barrio de clase media alta de Rio de Janeiro muy famoso por su equipo de fútbol. Su padre era ingeniero y su madre, museóloga. En su familia querían que estudiara derecho pero él tenía otros planes y escogió el camino contrario, el de la rebeldía y la contracultura. Aún era joven cuando sus padres, para hacerlo entrar en razón, lo internaron en un manicomio, donde lo trataron a punta de electrochoques. Una tortuosa experiencia que reviviría años después en manos de un grupo paramilitar que lo secuestró para sacarle información sobre la guerrilla de Bahía.

El hoy escritor también consumió drogas de todo tipo, fundó una revista alternativa que bautizó 2001, perteneció a una poderosa secta de magia negra y escribió 65 canciones para Raúl Seixas, un cantante muy reconocido en Brasil. Su vida cambió a los 34 años después de una intensa experiencia que tuvo en el campo de concentración de Dachau, en Alemania, y que le permitió conocer a una persona que pertenecía a RAM (Rigor, Amor, Misericordia), una orden muy antigua que lo reconcilió con el catolicismo. A partir de entonces se sumergió de lleno en el camino de la escritura.

Coelho estará a finales de abril en Bogotá en la Feria del Libro. Con motivo del lanzamiento de su obra El demonio y la señorita Prym, publicada por editorial Planeta, SEMANA lo entrevistó en su residencia en Copacabana, la principal zona turística de Rio de Janeiro.

Semana: ¿En qué momento sintió atracción por la escritura?

Paulo Coelho: Desde niño. Ya en la escuela percibía que mis mejores notas eran en portugués. Claro que yo no pensaba la escritura muy en serio. Pero ya cuando adolescente, y en esto de las bandas, las calles, la revolución, me empezó a llamar mucho la atención. Me gustaba mucho escribir y la gente me respetaba por lo que escribía, como poesía y todas esas cosas. Empecé a pensar que ese era mi camino.

Mi padre quería que yo fuera ingeniero o abogado y tuve muchas discusiones al respecto, pero eran debates muy positivos en el sentido en que yo creo que la familia es lo que te educa a las verdaderas batallas de la vida. Hubo momentos difíciles en ese sentido e, incluso, me llevaron a un hospital siquiátrico porque creían que yo era loco.

Desde entonces hasta mi primer libro, que fue El peregrino de Compostela, pasaron muchos años. A mis 38 años, cuando hice el peregrinaje hasta Santiago, me decidí definitivamente por la escritura. Y ahora hago las cosas que me dan la gana o las olvido para siempre. Pasé momentos muy duros, como todos los escritores, pero la perseverancia es básica y he subido hasta llegar a donde estoy.

Semana: ¿Cómo nacen las historias de sus libros? Usted dice que los escribe muy rápido.

P.C.: Sí, generalmente escribo un libro en dos semanas pero la concepción es demorada. Yo viajo, vivo, me conecto con la gente y sé que hay otro libro pero no lo estoy pensando. El libro es como una mujer embarazada, que no está pensando en que le va a poner a sus hijos unos ojos, una nariz, una boca. Es algo muy intuitivo porque escribir para mí es una manera de conocerme.

Semana: Sus críticos lo tildan de superficial cuando aborda temas como el bien, el mal, el destino. ¿Qué opina al respecto?

P.C.: Yo no creo que sea superficial. Lo que pasa es que la gente complica mucho las cosas. Yo escribo con relación a la búsqueda espiritual. Cuando yo hice el peregrinaje me dije: “Hay que mirar alrededor, escuchar las señales”. Lo que necesito saber está en la boca del otro y desde entonces mi búsqueda espiritual cambió muchísimo. Pero lo que busco es ser directo sin ser superficial. Es simple. No hace falta complicar sino encontrar un lenguaje que confíe en la inteligencia del lector. Voy al grano, voy a lo esencial.

Semana: Sin embargo usted habla mucho de temas que han inquietado durante siglos a los filósofos y eso produce cierto rechazo en algunos lectores por la manera como usted los trabaja. ¿Le preocupa eso?

P.C.: Yo creo que la filosofía es la base del pensamiento humano. Claro que la base de la vida es vivirla, no es la lectura, ni tantos planteamientos. Sin embargo hay que aprovechar el legado de las generaciones anteriores. Una es el lenguaje como lo estamos hablando ahora: el simbolismo, las tradiciones orales. Siempre me interesó muchísimo eso: la lengua que trasciende la comunicación oral es la lengua que mi alma comprende.

Puedo leer todos los libros posibles pero eso no es lo más importante. Es como ir a un museo, uno va y ve en tres horas la colección que va desde los egipcios hasta el presente y te olvidas de todo y te da la sensación de que eres un tonto, un estúpido, mientras que la verdadera historia de esta ciudad está en su bar, en su restaurante y en la vida en la gente. Ni los museos ni los libros pueden sustituir la vida. El espejo de un país es la gente.

Semana: En su obra hay muchas referencias a la Biblia. ¿La ha estudiado mucho?

P.C.: No. La leo normalmente pero no la he estudiado a fondo. En El río piedra me senté y lloré la cito mucho. Soy católico por elección no porque me lo hayan impuesto. Porque cuando a uno se lo imponen es la manera más rápida de perder la fe. El tema de La señorita Prym es que sabemos muy bien cuándo hacemos el bien y cuándo el mal. Entonces no podemos decir que la culpa es de alguien. Tu vida es la capacidad de tomar las decisiones.

Soy católico porque está en mis raíces no porque yo crea que es mejor o peor que otras religiones. Leo, voy a misa, comulgo, pero tengo muy presentes todas las culturas que viví espiritualmente, como el budismo, y sé que todas las religiones llegan a un mismo punto. No hay que tratar de imponer la fe porque eso es, precisamente, la ausencia de fe. Cuando intentas convencer a alguien de cuál es el camino correcto la verdad es que te estás convenciendo a ti mismo.

Semana: En su libro ‘El demonio y la señorita Prym’ hay un pasaje en el que usted dice que la persona que le sirvió a Leonardo Da Vinci como modelo de Jesús en ‘La última cena’, fue el mismo que tres años después le sirvió como modelo de Judas. ¿Es cierto?

P.C.: Yo no sé quién me contó esa bella anécdota pero es muy bonita porque yo creo que el bien y el mal tienen el mismo rostro y esa el la idea del libro. Eso viene de la tradición oral.

Semana: Usted siempre invita a cambiar la vida que todos llevamos. ¿Es el éxito de sus libros?

P.C.: Puede ser. Lo que pasa es que yo creo que la persona que dice tener algo seguro en su vida sostiene un absurdo. Estás aquí en este momento y sales a la calle y de repente te ganas la lotería. O, en fin, la vida es el momento presente. La gente que cree que todo está seguro es un absurdo. Yo escribí un libro sobre el tema que se llama La quinta montaña. Yo no estoy seguro de nada. Sólo que existo hoy, en el momento presente. Yo siempre pregono eso: disfruta de tu momento.

Semana: De su obra llama la atención su constante invitación a seguir “la leyenda personal”. Pero hay gente que muere y ni siquiera supo jamás para qué nació.

P.C.: Todos lo saben. Siempre el hombre sabe lo que quiere. La verdad es que creen que es imposible e intentan olvidarlo. Siempre va a tener un niño pequeño en el corazón. Yo estoy seguro que la gente sabe pero no va hacia el fondo del tema. Dice: “No puedo, nunca sé…”, pero vuelve a su adolescencia y di qué te da la gana hacer, qué quiero hacer, el único problema es que siempre hay alguna disculpa. La gente conoce su leyenda personal pero no la concreta. Si alguien quiere ser abogado dice: es que mi papá no me dejó, o la carrera es muy costosa, o quiero viajar pero tal cosa. Alejan la leyenda personal. Para llevarla a cabo hay que tener valor. Yo creo que los hombres tienen un valor que no se han dado cuenta. Yo tuve el valor a los 38 años de dejar todo y empezar a escribir. Yo dejé todo.

Semana: En su libro plantea uno de los problemas del hombre y es la pregunta: ¿Qué hubiera pasado si… pero, ¿eso también es inevitable?

P.C.: A mí no me ha pasado. En todas las mitologías, incluso en la africana, el ‘cruce’ es un sitio sagrado. Aquí en Brasil la religión es muy africana. Los dioses viven en el ‘cruce’. Pueden descansar un rato pero no te puedes quedar toda tu vida en el cruce. De un momento a otro tú tienes que elegir otro camino.

Semana: Usted en ‘El alquimista’ dice que la mayor mentira es que perdemos el control de la vida para pasar a ser gobernada por el destino. ¿Todavía piensa así?

P.C.: Yo creo que el destino sí existe. Lo que no existe es la fatalidad. Yo creía que no tenía control sobre mi vida. Pero nosotros vamos a tomar nuestras decisiones. En dado momento te das cuenta de que ya no puedes hacer nada pero la vida no es así. La vida es un milagro. La vida es un cambio constante. Pero mucha gente cree en esta mentira y que ya no hay nada que hacer. Y la verdad es que sí. El futuro está escrito para ser cambiado.

Semana: ¿No le da miedo volverse repetitivo en sus temas?

P.C.: No. Los libros me eligen a mí. En estos dos últimos años hay dos o tres temas que me asaltan pero finalmente uno es el que queda. La verdad es que hay que dejar que tu inconsciente elija. Si escribiera un libro al año siempre va a existir un tema nuevo. El artista es un espejo del presente.
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