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| 10/4/2014 10:00:00 PM

“Dios no existe”: Stephen Hawking

Por primera vez, el renombrado científico se declara abiertamente ateo y explica en detalle por qué no cree que haya un creador del universo.

La pregunta sobre la creación ha atormentado al hombre desde que tiene memoria, y tradicionalmente los pueblos la han atribuido a una acción divina. Hoy la ciencia ha refinado la teoría del Big Bang y la gran explosión que dio origen al universo está más que confirmada. Gracias a los últimos avances es posible entender exactamente qué fue lo que pasó microsegundos después, es decir, cómo se formaron las galaxias y los planetas. Pero aún no hay una respuesta definitiva sobre qué sucedió antes, qué provocó ese estallido y cuál es su razón de ser.

Durante siglos científicos y filósofos han intentado desentrañar esos complejos interrogantes. El cosmólogo británico Stephen Hawking es una de las mentes que más tiempo y energía le han dedicado al tema. Sus planteamientos e historia de vida lo han convertido en una estrella y a donde quiera que vaya la gente hace lo imposible por tomarse una selfie a su lado, y cada frase que pronuncia es un titular seguro. Por estos días, como invitado de honor del festival de astrofísica Starmus en la isla de Tenerife, sus palabras volvieron a causar polémica al reafirmar sin contemplaciones que Dios no existe.

“En el pasado, antes de que entendiéramos la ciencia, era lógico pensar que Dios creó el universo. Pero ahora la ciencia ofrece una explicación más convincente”, dijo al periódico español El Mundo. En su obra más famosa, Breve historia del tiempo, publicada en 1988, Hawking sugirió que el hombre solo conocería “la mente de Dios” cuando lograra entender la teoría de todas las cosas, que busca unificar de manera coherente las fuerzas que gobiernan el universo. Hasta entonces el astrofísico más célebre del mundo se consideraba agnóstico, pues aunque no podía demostrar científicamente la existencia de un ser superior, tampoco cerraba la puerta a esa posibilidad: el concepto de lo divino superaba su conocimiento.

En 2010, sin embargo, mandó esa idea al traste en el libro El gran diseño, donde declaró que el universo surgió de la nada, de forma espontánea, como consecuencia inevitable de las leyes de la física. En pocas palabras, Dios no es necesario para explicar el origen de todo. Ahora ha confirmado su postura radical: “Lo que quise decir cuando aseguré que conoceríamos ‘la mente de Dios’ era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de entender si acaso existiera. Pero no hay ningún Dios. Soy ateo. La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia”, concluye.

Esa sentencia no deja de ser paradójica, pues para muchos él mismo es la prueba de que los milagros existen. A los 21 años le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurodegenerativa que provoca una parálisis muscular progresiva, la misma que causó el furor del Ice 'bucket challenge'. Los médicos le dieron entre dos y tres años de vida, pero Hawking desafió los pronósticos. Hoy, con 72, solo puede mover los ojos y las mejillas. Con estas controla un computador que le permiten comunicarse mediante un sintetizador de voz. Con acento robótico insiste en que la ciencia es la respuesta a todo.

“Creo que sí conseguiremos entender el origen y la estructura del universo. De hecho, ahora mismo estamos cerca de lograr este objetivo”, añade. Hawking se refiere al reciente hallazgo de ondas gravitacionales generadas durante la creación del cosmos que ratifica la idea de la inflación. Según esta, después del Big Bang el universo se expandió a una velocidad mayor que la luz y en ese proceso se pudieron haber creado otros universos, como si se tratara de una olla de agua hirviendo donde aparecen y se chocan cientos de burbujas. Esa postura, más conocida como la teoría de los multiversos, da luces sobre qué pasó antes de la gran explosión.

El británico es optimista, pues para él, “no hay ningún aspecto de la realidad fuera del alcance de la mente humana”. Falta el detalle más importante: rebobinar por completo la película del origen.
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