Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2002/10/28 00:00

Suenan los Invisibles

Después de presentarse en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán 12 músicos callejeros hacen realidad otro sueño: grabar un disco y salir de gira.

Buenos dias damas y caballeros, perdonen que les quite un minuto de su apreciado tiempo. En el día de hoy vengo a cantarles una canción del folclor popular. Si les gusta espero que aplaudan y me regalen cualquier monedita o una sonrisa. Sino? la canto hasta que les guste". El conductor del bus baja el volumen del radio mientras el artista hace equilibrio y canta en medio de la indiferencia de los pasajeros. Al final sólo unos pocos lo habrán escuchado y si tiene suerte, aunque sea por compromiso, su público ocasional y obligado le aplaudirá. Luego se bajará por la puerta de atrás, por donde entró para evitar pagar. Vuelven los vallenatos, la música para planchar y la melodía del juglar callejero se olvida al instante.

Estos personajes tienen un común denominador: viven de la música y son artistas marginales cuya opción es el rebusque sin importar si su sitio de trabajo es el transporte público o las calles de una ciudad, en este caso Bogotá. Pero el pasado 9 de agosto el escenario cambió para algunos de ellos. Por primera vez fueron protagonistas, se convirtieron en estrellas. El público pagó por verlos y los ovacionó. Además los acompañó una banda formada en su mayoría por músicos del Conservatorio de la Universidad Nacional y artistas como Andrea Echeverri y Carolina Sabino hicieron dúo con ellos.

El lugar donde por unos minutos saborearon el éxito que siempre les había sido esquivo fue el Teatro Jorge Eliécer Gaitán y la persona que les dio la oportunidad fue César López, ex baterista de Poligamia y hoy un músico experimental. La directora del teatro le propuso darle un concierto a Bogotá en su cumpleaños y a César se le ocurrió que quienes mejor podían cantarle a la ciudad eran precisamente los que durante tanto tiempo lo habían hecho para sobrevivir y la conocían palmo a palmo de tanto recorrerla. A la convocatoria asistieron más de 300 aspirantes pero sólo 12 fueron escogidos.

A dos meses y medio de su debut los Invisibles e Invencibles, como llamaron al grupo, repiten la experiencia este lunes. Pero lo más importante es que de ese nuevo concierto saldrá un primer CD con canciones como Mi novia me importa un culo. Quienes están detrás del proyecto podrían apostar desde ya que este tema será el primero en sonar en las emisoras por lo pegajoso que es. El más convencido de esto es su compositor, Blaky -o el Príncipe de la Séptima, como él mismo se hace llamar-, al que hace mucho nadie le dice Luis Armando Orjuela, su verdadero nombre.

"César tiene suerte porque agarró al mejor artista de toda Suramérica? yo donde me paro domino", asegura con su voz áspera, dejando al descubierto su exceso de seguridad. En parte Blaky tiene razón porque siempre que hace un show en frente de algún teatro de la ciudad llama la atención, ya sea por su baile a lo Michael Jackson, sus canciones, en las que no pueden faltar groserías, o por su apariencia física, en la que los colorines de su vestimenta contrastan con el negro de su piel.

Con un orgullo que se confunde con prepotencia Blaky es tajante al decir que no admira a nadie. Sin embargo cada vez que escucha en los ensayos el charango y la zampoña que toca Javier Castillo y la voz de Francisco Mancilla, del dúo Eclipse, sus ojos se humedecen y patalea como niño chiquito al reconocer que le gusta la música de sus compañeros.

Lo difícil es averiguar si cada cosa que dice Blaky es producto de su ego o del alcohol y del mundo de fantasías en que se sumerge, porque su otra fiel compañera, además de su guitarra de tres cuerdas, es una botella de aguardiente. Que siendo niño un tío lo empeñó por un plato de comida, que viajó a Estados Unidos como polizón y conquistó con su inglés incomprensible el Bronx, que estuvo en Venecia y Arabia, que sus canciones se cantan en Italia, que ha grabado comerciales, que él inventó el ritmo del meneíto y que su novia le importa un culo son algunas de sus historias. La que seguramente nada tiene que ver con la realidad es la última porque Marta, su joven compañera, es su vida y con ella espera un hijo.

Blaky, oriundo de Guapi, Cauca, no es el único que deja bien representada la región Pacífica. El compadre Julio Montaño, de Tumaco, es otro de los Invencibles. Por lo general tiene como oficina la esquina del Museo del Oro, donde se sienta sobre una caja de embolador que golpea con dos palos, a los que bautizó 'maestros', e improvisa ritmos boricuas que incitan a los transeúntes a moverse. "Mi caja es la orquesta más completa", afirma con orgullo mientras busca el tercer instrumento que lo ayuda a subsistir: un bastón. Para Julio todas las personas son como él, invisibles, pues fue víctima de un accidente que lo dejó ciego. A pesar de ello Julio no se ha dejado vencer: "Bailo, toco, canto y no me para nadie".

Quien haya pasado por el centro de Bogotá posiblemente ha tropezado con estos dos personajes, así como con Omar Medina, 'El músico de La Candelaria'. La semana pasada durante el ensayo previo al segundo concierto conmovió a algunos de los asistentes cuando con su voz dulce leyó un texto escrito por él que refleja su realidad. "Ya se ven por todas partes rostros inútiles y demacrados deambular por las calles, jóvenes adictos y drogados", dice en uno de sus apartes. Al ver su profesionalismo el espectador desprevenido no podría imaginar que minutos antes llegó cojeando al teatro pues salió corriendo al escuchar la explosión del carro bomba detrás del comando de la Policía Metropolitana, a tres cuadras de la Calle del Cartucho. Esta vez para él no pasó de un susto porque la del 7 de agosto si acabó con la vida de muchos de sus compañeros.

Hace nueve años viajó de Medellín a Bogotá, "buscando la olla, como en toda ciudad a la que voy", cuenta pues no oculta su adicción. Tampoco teme mencionar que durante ocho años estuvo preso en Ibagué, una ciudad a la que no le guarda rencor pues ahí viven las dos personas que más quiere: Cristian Andrés y Andrés Felipe, sus dos hijos de 9 años, de madres diferentes, a quienes no ve desde que eran bebés, y sólo piensa reencontrarse con ellos cuando tenga algo para ofrecerles. Por eso asegura que va a aprovechar esta oportunidad al máximo, una experiencia que califica como el momento más feliz de su vida. Aun así, como es su costumbre, ya hizo su retaque, es decir, ya pidió algo a cambio de su presentación: una guitarra nueva, instrumento que le hace falta para que su dicha sea completa.

No hay duda de que ser parte de este proyecto les ha dado grandes satisfacciones. La semana pasada firmaron dos contratos: uno con discos FM y otro con la editora Fondo Musical para proteger sus derechos de autor. En noviembre saldrá a la venta la producción con cerca de 5.000 copias. Por otra parte, a raíz del primer concierto Santiago Chaparro, otro de los artistas, volvió a comunicarse con sus hijas, que se habían alejado de él porque durante 30 años el mundo de las drogas lo absorbió. Al igual que él a Aired Caicedo, de 18 años -la más joven del grupo- y madre de un bebé de 9 meses, ya la reconocen en los buses cuando se sube a cantar. Pero sin duda para ella el mejor estímulo es que el Instituto Distrital de Cultura y Turismo la vinculó al programa 'Tejedores de Sociedad', en el cual tomará clases de técnica instrumental. Alex, Christian y Diego, del trío Atajos, Jennifer Martínez y Juan José Sacco iniciaron el curso en técnica vocal.

Aunque hoy son menos invisibles que hace un par de meses su dura rutina de calles continuará siendo la misma. Lo que sí puede cambiar es que la próxima vez que alguno suba a un bus a trabajar se encuentre con que su canción en ese momento esté sonando en la radio y el conductor tenga que bajarle el volumen.

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