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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Tango amargo

El libro ‘Las dos muertes de Gardel’ trata la historia oculta de uno de los más grandes mitos de la música del siglo XX: Carlos Gardel.

Poco antes de las 3 de la tarde Ernesto Samper Mendoza subió al Ford Trimotor F-31 de la Saco, Sociedad Aérea Colombiana, de la cual era propietario único y piloto. Unos minutos después encendió los motores e inició el avance por la pista 36 del aeródromo Las Playas de Medellín hasta que el avión se alzó a unos cuantos metros del suelo. De repente y bruscamente tocó nuevamente la pista y sin control alguno se salió de ella hasta chocarse con el ‘Manizales’, un avión de la empresa colombo-alemana Scadta, que también se disponía a despegar. Un ala del avión alemán se desprendió por el impacto y entre las llamas se convirtió en una especie de guillotina que cercenó al F-31 y a sus pasajeros. Uno de ellos era Carlos Gardel.

El desastre, ocurrido el 24 de junio de 1935, ha permanecido en la memoria de todos los seguidores del cantante como el accidente de Medellín. Y no es para menos: el informe oficial sostiene que todo se debió “a las deficiencias topográficas del aeródromo y a la aparición súbita de una corriente de aire”.

Una versión más perversa se refiere a un enfrentamiento entre Gardel y su productor Alfredo Le Pera, que terminó con un balazo en la nuca del piloto. La

disputa empezó cuando Gardel decidió separarse de Le Pera porque lo hizo cantar en un estadio, sin un equipo de amplificación de sonido, lo que le valió al cantante miles de rechiflas. Según esta hipótesis fue el productor quien disparó.

Pero según una nueva versión el disparo no provino del interior del aeroplano. Con el relato de estos sucesos comienza el libro Las dos muertes de Gardel, del escritor argentino Horacio Vázquez-Rial. En él se dice que el blanco fue Samper, quien se atrevió a fundar su propia aerolínea cuando la Scadta, empresa que según el autor era colombiana en papeles pero manejada exclusivamente por personal alemán, tenía el monopolio de la aviación del país. Sirviéndose de la literatura Vázquez-Rial presenta en su libro los resultados de una extensa investigación realizada durante años por varios periodistas uruguayos y el testimonio de “Henao Gaviria”, un periodista colombiano que presenció los hechos. Gracias a ello la tragedia habría sido parte de un plan nazi de dominar los cielos con aviones comerciales de potencial bélico, en preparación para la Segunda Guerra Mundial. En esta hipótesis, un tanto fantasiosa, una aerolínea y un piloto colombianos interferían con el proyecto. Pero sólo un agujero en el occipital de Samper fue la prueba de lo sucedido, aunque nunca se supo de dónde provino la bala.

No hubo papeles ni autopsias y ni siquiera se supo quién era quién porque los cuerpos, además de mutilados, quedaron carbonizados y las partes fueron repartidas en 15 ataúdes, posiblemente enterradas bajo una lápida ajena.

Por ello Gardel habría perecido en una muerte que no le correspondía… aunque también vivió una vida que no era la suya. El hombre que fue endiosado por sus fanáticos y que se convirtió en una leyenda a la altura de Eva Perón no fue como lo pintan: de origen francés, sonrisa seductora y con una vida envidiable. Vásquez-Rial afirma que nació en Tacuarembó, un pueblo de Uruguay. En las biografías que hay sobre ‘el Zorzal Criollo’ consta que fue hijo natural de una planchadora francesa llamada Berta Gardes, pero tal mujer era una prostituta que fue la coartada perfecta para ocultar el origen de Carlos Gardel.

Su padre fue Carlos Escayola, un coronel del gobierno represivo del general uruguayo Máximo Santos (1882-1886), a quien temían en la región por su fama de hacer desaparecer gente. Escayola era vecino de Gianbattista Oliva, el hombre más próspero de Tacuarembó. Juana Sghirla, esposa de Oliva, era una mujer madura que se enamoró perdidamente de Escayola y con tal de tenerlo cerca le entregó a sus dos hijas por esposas, Blanca y Clara, una tras la muerte de la otra, y lo convirtió en terrateniente por ser su yerno. Aparte del adulterio y el engaño de Juana todo parecía normal hasta que quedó embarazada de su joven amante y nació Maria Lelia, quien por obvias razones no fue bautizada con el apellido Escayola sino con el Oliva.

Cuando la niña tuvo 14 años Escayola, aún estando casado con Clara, abusó de ella, la embarazó y de ahí nació Carlos Gardel. El artista no sólo fue producto de una violación sino también de una relación incestuosa: hermano de su propia madre y nieto de su padre. Gardel vino al mundo en una de las haciendas que el coronel utilizaba como campo de concentración y luego fue entregado a Berta Gardes, quien aunque no se hizo cargo de él sí le permitió usar el nombre de su único hijo verdadero: Charles Romuald Gardes, identidad que Gardel compartió hasta 1920 y que aparece en la mayoría de sus biografías.

Por esa época, mediante una serie de documentos, adoptó la nacionalidad argentina y se bautizó a sí mismo con el nombre con el cual sería recordado para siempre y dejó atrás el apodo que aunque lejano recuerdan en Tacuarembó: ‘el guachito de Escayola’.

Pero no sólo se dio un nombre sino una imagen. Borró un pasado de delitos que cometió en la juventud y se quitó siete años de edad al cambiar su fecha de nacimiento de 1883 a 1890. Se hizo a sí mismo a partir de un físico que no le era nada favorable: pasó de ser un hombre de 1,67 centímetros con 118 kilos de peso, sin dentadura y cojo por un disparo que recibió, a ser un hombre esbelto gracias a una estricta dieta, alto, debido a unos zapatos de plataforma y poseedor de una seductora sonrisa con la ayuda de una prótesis.

La mafia, ligada a los orígenes de la industria del espectáculo, fue uno de sus trampolines a la fama cuando empezó cantando en clubes y locales de reuniones políticas. “Gardel no era en eso ni más ni menos que Frank Sinatra o Julio Iglesias”, afirma Vázquez-Rial. Fue la misma mafia la que a su muerte en 1935 ordenó falsificar el testamento para que todo el dinero de Gardel llegara a sus manos. También la mafia se encargó de que Berta Gardes haya pasado a la historia como la madre del cantante, pues de no tener familia sus bienes hubieran caído en manos del Estado argentino o uruguayo.

Vázquez no se equivoca cuando asegura que esta faceta oscura del tanguista más famoso de todos los tiempos lo hace aún más admirable: “Se hizo a sí mismo a partir del desprecio, la marginación y la negación”. Su voz sigue presente en cada uno de los tangos que lo han hecho inmortal. Incluso Cuesta abajo, uno de los famosos, podría servir como comienzo de su autobiografía… “Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, bajo el ala del sombrero cuántas veces embozada una lágrima asomada yo no pude contener…” .
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