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| 1/14/2012 12:00:00 AM

Testimonio final

A Fernando Corredor, el gurú de la autoayuda de los pacientes con cáncer, los médicos le acaban de decir que tiene los días contados. Quiso compartir con Semana lo que significa ese calvario.

Fernando Corredor es un popular personaje de la sociedad bogotana que se volvió famoso por haber enfrentado con humor un diagnóstico de cáncer, hace dos años y medio. La publicación de su libro Mi vida con el cangrejo, sobre su experiencia con la enfermedad, lo volvió objeto de atención nacional y de múltiples entrevistas en diferentes medios de comunicación. Su diagnóstico en la etapa inicial era que, si bien su cáncer no tenía cura, podía durar varios años. Esto hizo pensar a Corredor, de 64 años en ese momento, que podía llegar hasta los 70 y pico. Consciente de que morirse después de los 70 es una cosa relativamente normal, aceptó con resignación su destino. El libro que relataba ese proceso dio pie para que, quien hasta ese momento era un relacionista público, se convirtiera en un gurú inspiracional para quienes padecen de cáncer.

Todo eso cambió hace un mes. A comienzos de diciembre del año pasado, empezó a sentirse muy mal. Los síntomas eran tan serios que fue hospitalizado. Esto dio lugar a una nueva ronda de exámenes que desembocaron en la reunión con el médico que cambiaría su vida. Este comenzó la conversación diciendo: "Te tengo pésimas noticias. Llegó el final. El tumor ha crecido enormemente y no se puede hacer ya nada más". Ante la brutalidad del diagnóstico, lo único que se le ocurrió preguntar a Fernando fue: "¿Cuánto tiempo me queda?". La respuesta fue tan cruel como el planteamiento anterior: "Eso no lo sabe sino el de arriba -mirando al cielo-. Pero en todo caso es a corto plazo". Y el médico agregó que la duración de un corto plazo podía ser de semanas o días. 

Palabras más, palabras menos, el médico le dijo a Fernando Corredor que estaba desahuciado. Y él, que había pensado que iba a ver crecer a sus nietos, se enfrentaba a la realidad de las palabras 'días' y 'semanas', pero no 'meses'. A esto se sumaba que su última novia, al enterarse de la gravedad de su enfermedad, lo había botado. Esto inicialmente le dolió tanto o más que el veredicto de los médicos. Pero en el tiempo que ha transcurrido desde esa bomba llegó a la conclusión de que en el fondo ella tenía razón. "Aunque la forma en que me lo dijo fue demasiado directa, llegué a la conclusión de que es muy difícil para cualquier mujer cargar con una persona que tiene cáncer terminal, que no tiene un peso y a quien nadie le da trabajo". A esto le agregó, con su incomparable sentido del humor, "¡no solo eso!. Había que sumar el problemita de que, por cuenta del tratamiento, antes de morirse el paciente se muere la libido".  

A pesar de que Corredor logra hacer reír a quienes les cuenta su historia, la situación en la práctica no tiene nada de graciosa. Él había sido toda la vida un exitoso relacionista público que alternaba esa actividad con la de periodista radial en Radio Santa Fe. Aunque nunca le sobró dinero, su porte elegante, su personalidad alegre y sus conexiones sociales le permitieron siempre un nivel de vida confortable. Ha tenido tres matrimonios cuya duración dice mucho de lo que fueron. El primero con Berta Olga Ospina, nieta del expresidente Ospina Pérez e hija de Olga Duque, le duró 18 años. El segundo con Ana María Vásquez le duró tres. Y el tercero, del cual tiene pocos recuerdos pero muchos chistes, duró solamente tres meses. 

En medio de estos matrimonios decidió crear un gremio nuevo y lo llamó 'el club de los separados'. Su objeto social era congregar a los miles de fracasados matrimoniales con el propósito de hacerles más tolerable su soledad. En medio de estos experimentos, tuvieron lugar algunas aventuras político-diplomáticas tan diferentes como la de haber sido, por un lado, edil de Chapinero y, por otro, funcionario de la Embajada de Colombia ante la corte de su majestad la reina Isabel II de Inglaterra.   

Por más inusual que fuera esta hoja de vida, Fernando se las arregló siempre para responder por sus esposas y en todo caso por sus hijos. El cáncer también cambió esto. Para sorpresa de él, cuando se comienza a regar la noticia de su enfermedad aumenta la solidaridad de la gente, pero disminuyen los contratos. La mayoría de sus clientes, en medio de una retórica humanitaria, le dejaban saber que era inconveniente cualquier actividad que lo distrajera de su tratamiento. En otras palabras, en momentos en los que más necesidades económicas tenía, le comenzaron a cancelar uno a uno los contratos. Conserva un nivel de agradecimiento enorme por Cemex, Sauco y Finamérica, que no solo lo apoyaron sino que lo respaldaron en su nueva carrera como conferencista del drama del cáncer. Hasta ahora se ha presentado en 15 ciudades de Colombia y ha tenido demanda en otros países como Panamá, donde estuvo recientemente.

Pero no solo de conferencias vive el hombre. Sin mayores recursos y con un diagnóstico terminal, recurrió entonces a su primo Armando Gaitán, considerado uno de los oncólogos más eminentes del país. En un principio, este le había manifestado que por el parentesco tenía una incompatibilidad para ser su médico de cabecera. Y fue él quien le había recomendado a dónde ir. Pero ante el actual abandono, primo o no, ya no tenía a nadie más a quién recurrir. Gaitán le manifestó que en Canadá había interpretaciones y tratamientos que podrían ser diferentes del diagnóstico colombiano. Por esto le sugirió enviar todo su expediente médico a ese país. La respuesta fue que eran recomendables diez sesiones de radioterapia pues, aunque no podrían curarlo, sí podrían detener el ritmo de crecimiento del tumor. Fernando se ilusionó y se sometió a colocarse dentro de unas máquinas que él describe como "dignas de la Nasa". No se sabe a ciencia cierta si este último experimento sirvió en términos médicos, pero en términos sicológicos sin duda lo ayudó y pudo pasar las vacaciones de fin de año en Santa Marta en compañía de sus hijos, en un apartamento que le habían alquilado para llenarlo de afecto, en el que, supuestamente, podría ser su último año nuevo. De regreso, en Bogotá, ha tenido altibajos, pero lo que es evidente es que ya no hay nada más por hacer. Su primo Armando le informó que en Canadá estaba a punto de salir al mercado una droga que teóricamente podría volver más lento el deterioro. Cuando Fernando preguntó en qué fecha estaría disponible, Armando le contestó "no antes de febrero, esperemos que no sea demasiado tarde".

En este momento, Fernando Corredor se encuentra en lo que él describe como un "limbo". "No me he muerto, pero tampoco tengo lo que se podría llamar una vida. Me siento desconectado". Por este último término se refiere a que desde que su equipo médico le comunicó que estaba desahuciado lo que tuvo fue, más bien, una despedida que un tratamiento. Su médico principal le dijo en tono solemne: "Fernando, el cuerpo no es nada. Lo que importa es el alma". Y apretándole el brazo le agregó: "Y el legado que tú has dejado es enorme. Has servido de inspiración y le has dado ejemplo a miles de personas. Te puedes ir tranquilo". A pesar del cariño con que esas palabras fueron expresadas y de la solidaridad que contenían, después de eso paciente y médico nunca se volvieron a ver. Para entonces, Fernando se encontraba en la curiosa situación de ni estar agonizando, ni tener contacto con ningún médico, ni saber cuánto tiempo iba a durar. Así como de la mayoría de sus clientes tiene quejas, de la mayoría de sus amigos no tiene sino gratitud. Lo invitan, lo acompañan, lo visitan. Y él, quien después de haber sido alcohólico había dejado totalmente el trago durante nueve años, decidió que "esta enfermedad a palo seco ni muerto". Pero aun más importantes han sido sus hijos. En sus dos primeros matrimonios había tenido dos varones y dos mujeres. Ante la falta de novia, estas dos últimas se habían convertido en sus novias. "Si no fuera por ellas no hubiera podido soportar este calvario".

Pero ni siquiera ese calvario le ha podido quitar su legendario sentido del humor. En estos primeros días del año el principal tema de sus chistes es su entierro. "No quiero ni funeraria, ni misa, ni nada de esas cosas. Quiero sacar un aviso en el periódico que diga 'Fernando Corredor lo invita a usted a su paso al Oriente Eterno'". Ese es el término que utilizan los masones para la muerte. Fernando, que siempre había sido agnóstico, ha sido, sin embargo, uno de los miembros importantes de la masonería colombiana. En medio de este escenario cómico-dramático, no podía faltar una nota de optimismo o inclusive de vanidad personal: "Tengo un consuelo en todo esto. He tenido una vida tan fantástica que tengo la satisfacción de saber que me retiro en la cima. Ahí quedará flotando mi leyenda".
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