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| 11/18/2017 10:15:00 PM

Las memorias de Tina Brown

La talentosa editora británica, que en los años ochenta rescató a ‘Vanity Fair’, publica sus memorias. Se trata de un testimonio de la era ‘dorada’ de las revistas y de los estrafalarios personajes de una época de excesos.

Para integrarse a la frenética actividad social de Nueva York en los años ochenta, en lujosas fiestas y cocteles de publicaciones en las que había que lidiar con personajes como Warren Beatty, Henry Kissinger o Donald Trump, la editora británica Tina Brown contaba con una cualidad fundamental: no bebía. “Si hubiera tenido una copa en la mano, probablemente no hubiera registrado tanto”, asegura la editora 30 años después, cerca de cumplir 64 años. Desde Nueva York mira hacia esos 9 años, entre el 83 y el 92, que marcaron un antes y un después en el mundo editorial. Siente nostalgia de los viejos tiempos en los que su revista podía pagar 10.000 dólares a un freelance por artículo; en los que enviaba periodistas a los lugares más recónditos del mundo como si fueran a la esquina; en los que experimentaba con formatos, con fotografía, con posibilidades técnicas inéditas.

Noche tras noche, Brown registró la etapa en sus cuadernos con el ritmo de una reportera compulsiva, y por eso ahora lanzó The Vanity Fair Diaries, 1983-1992, la historia de la época en la que dirigió la publicación más brillante de Condé Nast. Brown publicó su libro la semana pasada y puso en el foco varias discusiones sobre temas transversales en su vida como los medios, el machismo, las mujeres y las madres que trabajan, la pasión, el matoneo y la fama.

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La periodista, editora y escritora polariza. Muchos la consideran pionera y feminista por sus logros (entre varios, fue la primera editora de The New Yorker) y otros la critican por su vieja sociedad con el paria Harvey Weinstein. Pero hoy, más allá del bien y del mal, Brown se considera con el derecho a enumerar sus logros y exaltar sus anécdotas y personajes chics, pues en medio de todo forjó un estilo. Sobria y observadora, se ubicó en la ciudad que confirmaba ser la capital del mundo, y en la que gravitaban alrededor de su revista personajes como Andy Warhol, Michael Jackson, Robert De Niro, Jackie Onassis y Hugh Grant. Hizo presencia en Los Ángeles, en las mansiones de poderosos en los Hamptons y en Washington. Y también sufrió los dolores de la época, al perder a muchos amigos y colaboradores por causa del virus del sida.

“Los diarios de Brown son una historia social de una década de excesos, y leerlos te deja exhausto”, asegura Christina Lamb en el diario londinense The Times. “Ilustran el reto de darle la vuelta a una publicación, de contratar escritores que le dieran crónicas. Cuentan la interminable lucha por conseguir publicidad, y los dolores de lidiar con trabajadores desleales y hombres que no aceptaban correcciones de una mujer”. En efecto, asumir la dirección de Vanity Fair en 1983 era un reto imposible incluso para un editor experimentado. La publicación más glamorosa de los años veinte había muerto en 1936, y cuando Condé Nast se propuso revivirla en 1983, fracasó dramáticamente. Para darle la vuelta a la historia, la editorial miró hacia el Reino Unido, donde una chica de 29 años había triplicado la circulación de la revista Tatler con un presupuesto bajo. Se la jugó por ella, y el resto es historia.

Una voz rebelde

Preparación no le faltaba. Brown se hizo expulsar de tres internados, pero en la Universidad de Oxford encaminó su espíritu contestatario hacia las letras y el periodismo. Ese contacto con la educación mixta en la universidad, además, despertó su apetito de vida y dio el marco para uno de sus romances más sonados con el talentoso Martin Amis. Desde la academia Brown forjó un estilo y un nombre, y sus artículos en New Statesman y en el Daily Telegraph llamaron la atención de editores como Harold Evans del Sunday Times. Con Evans nunca trabajó, pues en su primer contacto con él se enamoró perdidamente. Evitó el escándalo de trabajar con su amante, pues sabía que eso le quitaría brillo a sus logros. Evans conservaba un matrimonio de 20 años y el romance tendría muy mala presentación. Por eso, no podría ganar esa partida de su vida excepto, como ella lo pone, “si creaba mi propio universo”.

El talento se lo permitió. A sus 25 años se convirtió en la editora de la revista Tatler, publicación de sociedad con raíces en el siglo XVII, pero caída en desgracia, que trabajaba con el lema “si no tienes presupuesto, busca un punto de vista”. Con una decena de amigos y poco dinero hizo maravillas. La suerte y el ángulo jugaron, ya que la revista se convirtió en la fuente de referencia sobre la princesa Diana y la hizo noticia de todos los días (en 2007 Brown publicó The Diana Chronicles). Como ella misma confiesa, no cayeron nada mal los consejos que su novio Harry Evans compartió y le ayudaron para afinar su olfato.

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Se casó con Evans en 1981 en la mansión de playa del ilustre Ben Bradlee, el hombre que orquestó el cubrimiento de Watergate en el Washington Post. Las cosas comenzaban a moverse para Brown. Vanity Fair, ya en crisis, le pidió trabajar de consultora y Evans consiguió un empleo en Washington que les permitía estar algo más cerca. A sus 29 años, “llena de miedos e inseguridades” llegó sola a la Gran Manzana, se hizo imprescindible y en cuestión de meses asumió como editora. “Todo el mundo quería que fallara y eso elevó mis niveles de adrenalina. Cuando eres joven, tienes mucho menos qué perder. Y si se trata de matar o morir, no hay mucho lugar para la ansiedad”, aseguró a The Times.

Tomar el pulso de la gente y de las páginas le llevó unos meses, pero eventualmente dio con un balance ganador entre crónicas de celebridades, crímenes, perfiles de ‘peces gordos’ e indulgentes derroches fotográficos que le devolvieron el brillo y la notoriedad a Vanity Fair, conocida entonces como el Titanic editorial. Brown hace énfasis en cómo en ese momento, como puede haber sucedido con muchas ejecutivas (cita a Theresa May y a Nicola Sturgeon), el mundo acudió a las mujeres solo cuando los hombres fallaron. Razón no le falta, pues en Tatler, Vanity Fair y The New Yorker sirvió ese propósito. En esta reflexión integra a Anna Wintour, editora de Vogue, con quien tuvo una rivalidad natural y junto a quien sus colegas hombres suelen llamar las Buzz Sisters.

Su ritmo profesional era demencial, no detenía la marcha “para no pensar”, pero en medio del tsunami tuvo su primer hijo, en 1986. La fragilidad del pequeño George le sacó su lado más vulnerable. Verlo entubado y luchando la desmoronó, y con el paso de los años se fue dando cuenta de que el niño sufría del síndrome de Asperger. Brown se preguntó entonces si “todo fue culpa mía, por trabajar tanto, tan duro”. Aun así, enamorada de su carrera y de su familia, siguió pisando fuerte. Sacó adelante a su hijo, a otra hija, y a nivel profesional fortaleció su llave con Annie Leibovitz, una fotógrafa que creía desperdiciada en el momento. El dueto alcanzó un ímpetu creativo que aún marca a la publicación y quedó registrado en portadas convertidas en hitos, como la de Demi Moore (ver recuadro).

Luego de convertir a Vanity Fair en un éxito editorial y comercial, marcado por una fiesta épica en 1988 (con asesoría del hombre fuerte de Studio 54), Brown siguió su camino y encontró un nuevo reto en The New Yorker. Transgresora, la primera editora en la historia de la publicación se atrevió a agitar su estatus como ‘biblia de palabras’. Integró arriesgadas y vitales portadas de Art Spiegelman, y también decidió por primera vez usar fotografías de un maestro del blanco y negro como Richard Avedon. Criticada por sus cambios, la publicación los ha mantenido y los celebra como parte de su identidad. “Fui el agente de cambio”, aseguró en una entrevista con Leonard Lopate en los estudios de la WNYC: “Se preguntaban quién era esta gente que estaba llevando, David Remnick, Malcolm Gladwell, Jeffrey Toobin… Todos resultaron ser bastante buenos”.

Luego vino su triste aventura editorial con Weinstein. La revista Talk pretendía ser más que eso, expandirse más allá de la página hacia la radio, la televisión, y esta visión la entusiasmó y la llevó a dar el salto. Pero trabajar con el entonces productor fue un karma, pues este realmente solo quería usar la publicación como una manera de atacar o congraciarse con celebridades.

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No se quedó quieta, nunca lo ha hecho. En la era digital le dio vida al portal The Daily Beast, y ahora dedica la mayoría de su tiempo a Women in the World, una plataforma de conferencias anuales que congrega y visibiliza voces femeninas. En Vanity Fair cubrió y creó una escena social, y en todos los medios en los que trabajó nunca dejó atrás su romanticismo por las publicaciones. A esta valiente, que se metió al lodo con los hombres y salió victoriosa, que no teme decir que muchos de sus ídolos son hombres, vale la pena leerle el cuento.

Impresiones personales

En su libro dibuja a algunos personajes destacados de la jungla ochentera.

LOS REAGAN

Yo creía que los Reagan le habían dado otro ánimo a Estados Unidos, y más allá de lo que creyeras de ellos, su historia de amor era fascinante. Así que pedimos hacer una nota sobre ellos, celebrando ese matrimonio que parecía dictar el tempo en Washington. Conseguí a Harry Benson, un escocés fantástico en fotografías presidenciales, y el trajo una grabadora con la canción Nancy With the Laughing Face de Frank Sinatra. Teníamos poco tiempo con ellos antes de una cena con el presidente argentino, y esperamos en un cuarto. Se acercaron y Harry encendió la grabadora. Nancy reconoció la canción y dijo ‘Ronald, escucha, es Frank. Bailemos’. Harry tomó fotos como loco… Esas fotos le dieron la vuelta al mundo.

MICHAEL JACKSON

Parecía un sabio y también un niño. Me maravillaba cuando decía que leía Frank O’Hara, y tenía de consejeros a David Geffen y a Michael Eisner, así que era astuto a varios niveles. A la vez, era un pequeño que describía sus paseos en bicicleta en Ventura Boulevard, mientras en su cabeza retumbaba el pulso de Billie Jean.

JACKIE ONASSIS

En una cena me senté junto a ella, y de cerca cautivaba. Su rostro siempre parecía levemente descoordinado de su expresión, como si se tratara de dos entidades separadas. Además, ella perfeccionó una mirada fascinada. Sentada con su espalda recta como graduada de colegio, te miraba a la cara, no a los ojos. Al final de la velada la sentí algo chiflada, me dejó la impresión de que si se le dejaba sola en un cuarto, se quedaría frente al espejo gritando.

MICK JAGGER

Creo que cuando te toman tantas fotos tu rostro cambia. Pero en Jagger hay una capa de leyenda por penetrar antes de dar con sus asimetrías. Había un aire decadente en él que solo podías ver de cerca.

DEMI MOORE

Cuando discutí el tema de Demi con Annie Leibovitz, pensé que sería genial mostrarla embarazada en vez de jugar a lo de siempre y ocultar sus meses de embarazo con una foto de su rostro. Pero Annie fue más allá. Sí, hizo el perfil, sí, de cuerpo entero, ¡pero embarazada! Tan pronto vi esa cálida imagen de Demi gloriosa, desnuda y muy embarazada, supe que era la toma que necesitábamos. ‘¡Las mujeres lo necesitamos carajo!’, pensé, pero doy mucho crédito a Demi por su valentía y voluntad para cruzar lo establecido.

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