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| 3/17/2012 12:00:00 AM

Tiranos en la cama

Esposas, amantes o compañeras de lucha. No importa el papel que jugaron en la vida de los dictadores, todas ellas padecieron su obsesión por el poder. Un nuevo libro se mete en la alcoba de los 'hombres fuertes' del siglo XX.

La vida pública de los dictadores suele ser objeto de la narración de sesudos historiadores. Pero de puertas para adentro su vida sigue siendo un enigma que despierta gran fascinación. En efecto, detrás de la estampa arrogante de los tiranos clásicos, en la intimidad muestran su faceta más humana. Consciente de que el poder siempre ha sido un afrodisíaco, la periodista belga Diane Ducret investigó las relaciones sentimentales entre los 'hombres fuertes' y sus esposas devotas y amantes pasajeras.

El resultado es Las mujeres de los dictadores, una serie que ya va por su segundo volumen. "Ellas los aman hasta la muerte y además mueren por su amor. No tienen una vida distinta a la que comparten con ellos, y ni siquiera se liberan cuando enviudan", dijo la autora a esta revista. Y es que, a pesar de su crueldad, la mayoría de estas mujeres los siguen con absoluta sumisión. Solo algunas gobiernan a su lado y las pocas que se rebelan terminan en la tumba. SEMANA recoge algunos de los romances que protagonizaron los líderes que doblegaron a las masas con su fuerza y encanto.

De Rusia con amor

Cuando Vladimir Ilich Lenin conoció a Inesse Armand en un café de París, quedó fascinado al descubrir que la hermosa francesa, rusa por adopción, también había sufrido el exilio y la cárcel por oponerse al régimen zarista. Su espíritu revolucionario no era lo único que tenían en común: ambos estaban casados. Ese inconveniente no les impidió debatir con sus camaradas tardes enteras y reunirse solos en las noches a compartir más que su ideología. Inesse veía el matrimonio como una institución burguesa y represiva. Práctica y racional, terminó por abandonar a su pareja y se hizo íntima amiga de Nadya Krúpskaya, la esposa de Lenin. Durante seis años convivieron bajo el mismo techo y compartieron hasta la misma cama, pero el idilio terminó cuando Inesse enfermó de tifus y murió. La fiel Nadya no tuvo más remedio que convertirse en su paño de lágrimas durante el entierro. Ese día, el líder bolchevique lloró en público por primera vez.

Corazón de acero

Josip Stalin dirigió con mano dura la Unión Soviética por casi tres décadas y reprimió con ferocidad a sus opositores. Pero no siempre fue tan despiadado y paranoico. Cuando era un rebelde conoció a Ekaterina Svanidze y se enamoró tanto de ella que hizo lo impensable para un comunista: se casó en secreto por la Iglesia para complacerla. Sin embargo, no pudieron disfrutar de su amor porque él se unió a las filas de la Revolución y ni siquiera alcanzó a despedirse de su esposa cuando enfermó de tuberculosis. Stalin jamás se perdonó no haberla acompañado en su agonía y culpó de su tragedia al régimen zarista. Ante su tumba dijo: "Era la única que podía ablandar mi corazón de piedra. Ha muerto y con ella se ha ido mi afecto por los seres humanos". Desde ese momento se obsesionó con el poder y llegó a convertirse en el más cruel de los tiranos. Tuvo muchas amantes y solo después de los 40 años se casó con Nadya Alliluyeva, la hija de una reconocida familia bolchevique. El hombre de acero, como le decían, veía amenazas por todas partes y hasta acusó a Nadya de traicionarlo. Un día, durante una cena en el Kremlin, al ver a su esposo coqueteando con una actriz, Nadya estalló y le reclamó a pesar de que en la sala estaban varios miembros de su partido. Él, que se había excedido con el vodka, intentó quemarla con un puro y la hizo callar. En medio de sollozos Nadya huyó a su habitación y, según la versión inicial, se suicidó. Se rumoró que Stalin en realidad la había asesinado y, cuando los reportes oficiales dictaminaron que había sido una apendicitis, el enigma quedó abierto. El gobierno nunca habló del tema y en sus últimos años el líder comunista terminó involucrado con su ama de llaves.

El club de las suicidas

Adolf Hitler aprendió que para dominar a las masas tenía que seducirlas. Se quitó su ropa de provinciano y se convirtió en un símbolo sexual con todo y su bigote de cepillo, su baja estatura y sus rasgos poco agraciados. Recibió más cartas de fanáticas que Mick Jagger y The Beatles juntos, pero nunca las respondió ni quiso casarse: estaba entregado por completo a lo que creía era su misión por el pueblo alemán. Al menos ese fue el mito que creó Joseph Goebbels, el ministro de propaganda nazi, para encubrir la vida tormentosa del Führer. Se rumoraba que a Hitler le gustaban toda clase de perversiones en la cama, que era asexual y hasta que era gay, pero lo cierto es que siempre luchó contra el recuerdo de su sobrina: Angelika 'Geli' Raubal, una jovencita 20 años menor que él y huérfana de padre, a quien llevaba a la ópera de gancho, le cumplía hasta el más mínimo capricho y celaba de forma enfermiza. "Mi tío es un monstruo. Nadie puede imaginar lo que me exige", dijo alguna vez y, tal vez por eso, a los 23, le robó su revólver y se disparó en el pecho.

Hitler jamás superó su muerte y, aunque encontró consuelo en Eva Braun, una secretaria más preocupada por su clóset que por la política, nunca le dio su lugar como primera dama. No era lo suficientemente atractiva y tuvieron que pasar 14 años para que se casaran. Lo hicieron cuando Berlín ardía bajo las bombas del Ejército Rojo y Hitler veía cerca su final. Tras 39 horas de matrimonio, ambos se suicidaron: ella, con una pastilla de cianuro, y él, de un tiro en la boca. Al otro día, Magda, una mujer que se había casado con Goebbels para estar cerca de su amado Führer, lo siguió en la tumba y también envenenó a sus seis hijos. Sin Hitler, no tenía motivos para vivir.

Hasta la tumba

"Le ordeno a usted que me quiera". Así empezaba una de las doscientas cartas que Francisco Franco le escribió a su primer amor, Sofía Subirán. Ella lo rechazó, pero testarudo, como sería años después al reprimir violentamente a la oposición, no se rindió y le enviaba mensajes a diario. Solo lo hizo cambiar de parecer un encuentro en la plaza de Oviedo con Carmen Polo, que lo flechó para siempre. El tenientillo, a quien llamaban Paquito, era hombre de una sola mujer y desde entonces se las arregló para visitar a Carmen en el convento donde estudiaba. Tras varios años de noviazgo secreto, se casaron y, fieles a sus creencias católicas, permanecieron juntos hasta el fin de sus días. Ella asumió el papel de mujer florero y se limitó a dejar brillar al 'salvador de España'.

La 'Duce' vita

El poder de seducción de Benito Mussolini es legendario. Aunque se dice que por su cama pasaron más de 5.000 mujeres, solo tres marcaron su vida. La primera es Rachele Guidi, una joven campesina a quien obligó a subir al altar con un revólver en la nuca. Tuvieron cinco hijos y ella se convirtió en la esposa ejemplar del fascismo a sabiendas de las infidelidades de su marido. Porque para todo el mundo era un secreto a voces que Margherita Sarfatti, una intelectual veneciana, era la concubina oficial de Il Duce. Pero su relación no se limitó a la alcoba: Margherita también era su estratega política, lo veía como el futuro caudillo de Italia y lo animó a liderar la famosa Marcha sobre Roma. Lo que nunca previó fue que los ideales antisemitas de Hitler contagiarían a Mussolini. Y como ella era judía, pronto pasó de ser su amante favorita a la enemiga del régimen. El dictador no tardó en reemplazarla por la actriz Clara Petacci, 'el broche de oro' de su carrera amorosa. Antes de conocerlo en una carretera, Clara dormía con una foto de él debajo de la almohada. Era tal su devoción que, además de soportar sus aventuras y celos por más de diez años, murió a su lado, fusilada por la resistencia partisana en 1945.

Tortura china

La crueldad y la tragedia son una constante en la vida amorosa de Mao Zedong. Su primer matrimonio fue arreglado y duró muy poco porque la novia murió cuando apenas tenía 21 años. El segundo, con Yang Kaihui, tampoco tuvo un final feliz: los nacionalistas la capturaron y, luego de someterla a todo tipo de torturas para que renunciara al Partido Comunista, la decapitaron.

Pero Mao no le reconoció su lealtad y ni siquiera asistió a su entierro. Es que para ese entonces ya estaba enamorado de He Zizhen, una hábil francotiradora que, por seguirlo en la Gran Marcha, dio a luz antes de tiempo y tuvo que abandonar al niño en el camino. Años más tarde, el Gran Timonel, cansado de sus reclamos y sus celos, la envió a Moscú donde terminó sus días recluida en un manicomio.

Su siguiente y última conquista, la actriz Jiang Qing, no se dejó opacar por su marido. En 1966 hizo parte de la Banda de los cuatro, un grupo responsable de las persecuciones de la Revolución Cultural. Además de mandar a quemar libros y pinturas antiguas, Jiang teñía las películas de rojo para que parecieran más comunistas. Tras la muerte de Mao, en 1976, pasó una década en prisión antes de suicidarse en 1991.

Culebrón en La Habana

Un "Te quiero, mi cielo" pronunciado al lado del mar en La Habana le bastó a Fidel Castro, el barbudo líder de una recién estrenada revolución, para enamorar a Marita Lorenz, una alemana de 19 años que había viajado a Cuba con su padre. La joven partió a Nueva York días más tarde y Fidel luego envió un avión para que la trajera de regreso. Ella accedió a vivir con él en la Isla: la CIA le había ofrecido 2 millones de dólares por matarlo, pero fue incapaz de cumplir la misión.

Poco después Ava Gardner, la mujer delicada que deslumbró a Hollywood a mediados del siglo XX, también se mudó a Cuba. Allí conoció a Castro y quedó fascinada con su ingenio. Una mañana, Marita se encontró con la vedette norteamericana borracha en el ascensor de un hotel. "¡Así que tú eres la perra que está con Fidel y que lo guarda solo para ella!", dijo Gardner e inmediatamente le dio una cachetada. Ese fue uno de los episodios provocados por este don Juan caribeño, quien estuvo casado con la aristocrática Mirta Díaz-Balart de 1948 a 1955 y tuvo varias amantes. Sin embargo, dicen que la mujer de su vida es la profesora Dalia Soto del Valle, con quien ha tenido una relación de bajo perfil desde 1980, cuando contrajeron matrimonio.

Sumisión total

El 16 de julio de 1979 las iraquíes descubrieron al hombre que acababa de acceder al poder en su país: un elegante caballero de 42 años apareció en la televisión, entonces en blanco y negro. "Enfrenta a las grandes potencias mundiales con su sonrisa", le escribió una joven para declararle su admiración. Pero Sadam Hussein estaba comprometido: desde hacia 20 años vivía con Sajida Talfah, quien se convirtió prácticamente en la reina de Irak y la madre de sus cinco hijos. Por supuesto, eso no impidió que de vez en cuando invitara al palacio a sus seguidoras, a quienes obligaba a teñirse de rubio. "Desconfía siempre de los hombres, pero no de las mujeres. Si tienes a una como amiga, jamás te traicionará". Tal era su filosofía. En 1986 Sadam decidió tener otra esposa: Samira Shahbandar. Sin embargo, el hombre fuerte de Irak nunca fue fiel. Un día la mujer de un opositor encarcelado le pidió que dejara a su esposo libre. Ella le prometió "entregarse" si perdonaba a su marido. Hussein le respondió: "No necesito permiso para hacerlo. Si tengo ganas de ti, te poseo".

El sátiro coreano

Las excesivas fiestas de Kim Jong-Il, dictador de Corea del Norte desde 1994 hasta su muerte, el año pasado, eran todo un asunto de Estado. Miles de jovencitas fueron reclutadas durante su gobierno en lo que era conocido como 'el séquito del placer'. Ser estudiantes de escuelas de arte y vírgenes, tener 18 años máximo y estar sanas, eran las condiciones para hacer parte de este selecto grupo que divertía con exóticos bailes al dictador y sus amigos. En las largas juergas se repartían todo tipo de afrodisíacos. Una vez Kim Jong-Il mandó poner sobre la mesa un pene de león marino. "¡Coman y luego me cuentan cuántas veces lo hicieron al llegar a la casa!", gritaba. Sus mujeres debían soportar estas repulsivas prácticas. Kim Jong-Il tuvo cuatro esposas, entre ellas, la japonesa Ko Young-hee, madre de su heredero Kim Jong-Un. Cuando ella murió en 2004, el gobierno le dio un título oficial tan pomposo como el régimen: "La respetada Madre que es la más fiel y leal del Querido Líder Camarada Comandante Supremo".
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