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| 8/22/2012 12:00:00 AM

Tony Nicklinson murió atrapado en su cuerpo y sin derecho a la eutanasia

El británico llevaba siete años sin poder moverse ni hablar y aunque solo se comunicaba con los ojos, inició una campaña por twitter para que le permitieran terminar con su vida. Hoy falleció "por causas naturales y desolado", según informó su familia.

Un parpadeo para el sí, dos parpadeos para el no. Tony Nicklinson miraba fijamente un tablero electrónico y con cada guiño elegía una a una las letras del abecedario. Un computador rastreaba sus movimientos oculares y poco a poco iba construyendo las palabras y tejiendo las frases.

El software de última tecnología le permitía interactuar con su entorno mediante una voz robótica. Pero la máquina también fallaba. Cuando Tony lloraba, no podía rastrear la trayectoria de sus pupilas y lo dejaba incomunicado. Nadie venía a consolarlo. Tampoco era lo suficientemente rápida cuando el enfermo, de 58 años, necesitaba pedirle a alguien que le rascara una oreja o le sonara la nariz.

Por siete años este aparato fue su única conexión con el mundo pues, como consecuencia de un derrame cerebral, Tony padecía una enfermedad extremadamente rara conocida como el 'síndrome del encierro' que lo mantenía paralizado del cuello para abajo.

No podía hablar, se alimentaba de papillas y dependía de sus cuidadores para bañarse, vestirse y para casi todo. Estaba atrapado en un cuerpo roto, pero su mente y sus recuerdos permanecían intactos.

Estaba enterrado en vida y, por eso, aunque comunicarse era un proceso agotador, era lo único que lo mantenía cuerdo. Eso, y luchar por su derecho a morir.

Paradójicamente, decidir cuándo y cómo será su final se había convertido en la única razón para despertarse cada día.

Desde 2007 Nicklinson se había negado a tomar medicamentos para prolongar su vida y solo admitía los que le aliviaban el dolor.

Su lucha legal

Este británico, de 58 años, dedicó sus últimos esfuerzos a exigirle al Tribunal Superior de Londres que llegado el momento un médico o su esposa pudiera ayudarle a morir sin afrontar cargos por asesinato.

Su otra alternativa era dejarse morir de hambre, o viajar a una clínica en Suiza para que le apliquen de forma legal la eutanasia. El problema es que no tenía los 16.000 dólares que costaba viajar a Suiza para recibir una muerte asistida.

"Necesito un plan B. Sufro una constante angustia al saber que no tengo una vía de escape para el momento en que la vida se me haga insoportable, como seguro ocurrirá", declaró a través de Twitter en su cuenta que llegó a tener más de 45.000 seguidores.

Sin embargo, la semana pasada Nicklinson recibió una noticia devastadora. Un juez le negó su derecho a una muerte digna al argumentar que autorizar a que alguien más lo ayudara a morir supondría un cambio drástico en la legislación británica sobre asesinato.

Ese fallo dejó a Tony, según declaró su esposa Jane, "con el corazón destrozado" pues no soportaba la idea de estar condenado a continuar con "su miserable e intolerable existencia", como descibía su vida en la cuenta de Twitter que abrió hace dos meses.

El día que cambió su vida

Tony era un ejecutivo de una constructora y pasaba sus días entre Malasia, Hong Kong y los Emiratos Árabes. Jugaba rugby y, como lo describe su esposa Jane, era "el alma de las fiestas", un conversador incansable. Pero un día, durante un viaje de trabajo en Atenas, sufrió el derrame cerebral que trastocó su vida.

Esa mañana sintió un leve dolor de cabeza, pero no le dio importancia. Creyó que era una resaca por los tragos que había tomado o la falta de sueño. La jaqueca fue aumentando y a mitad de la noche el malestar lo despertó. Lo último que recuerda es que marcó al número de emergencias y pidió una ambulancia. Cuando volvió a despertar, ya no podía hablar y estaba conectado a un respirador en cuidados intensivos.

Tony se arrepintió de haber hecho esa llamada. "Estoy harto de mi vida y no quiero pasar los próximos 20 años así. ¿Estoy agradecido con los médicos porque he sobrevivido? No –confesó en una entrevista-. Si volviera al pasado, dejaría que la naturaleza siguiera su curso y no pediría ayuda".

Hoy Nicklinson ya no es prisionero de un cuerpo inservible y su familia está en paz. Aunque no logró que las autoridades reconocieran su derecho a la muerte asistida, la policía inglesa no cuestionó el dictamen de fallecimiento por causas naturales y no piensa investigar el hecho.



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