Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2015/09/26 22:00

El arte de Roger Waters y David Gilmour, muy vivo después de Pink Floyd

Los dos miembros activos de la legendaria banda de rock regresan en 2015, uno con documental y otro con disco nuevo. La expectativa es notable.

Los años pasan, las peleas han terminado, y tanto Roger Waters (izquierda) con su película/documental ‘The Wall’ y David Gilmour (derecha )con su nuevo álbum ‘Rattle That Lock’ dan muestra de que les queda mucho por ofrecer. Foto: A.F.P.

Syd Barrett fue el primer guitarrista y genio de Pink Floyd. Bautizó el grupo uniendo dos nombres de músicos de blues y lideró la banda hasta que se abrió paso en la escena musical en 1967. Ese año, la banda firmó su primer contrato con EMI, cruzó camino con los Beatles mientras grababa en Abbey Road y le abrió un tour a Jimi Hendrix. Pero nada de esto hizo diferencia, Barrett se fue, perdido entre sus deseos de soledad, sus desequilibrios y el efecto de demasiadas sustancias. Roger Waters asumió el liderazgo y David Gilmour, que se había unido poco atrás, se encargó de la totalidad de las guitarras. Desde entonces, Pink Floyd forjó un estilo propio y elástico, psicodélico y experimental, sumando el genio humilde de Richard Wright en los teclados y el metrónomo que era Nick Mason en la batería.

Con su exploración punzante el grupo encontró un público mundial. Pero una vez la memoria de Barrett quedó atrás y la banda se hizo famosa, los problemas de convivencia entre Waters y Gilmour se hicieron más notorios. Aun así, en medio de choques, el grupo produjo joyas como The Dark Side of The Moon que todavía suma a las más de 40 millones de copias vendidas, Wish you Were Here y Animals. Hasta que en los ochenta, Waters, a su conflictiva manera, siguió los pasos de Barrett. Luego del épico disco doble The Wall (1979) y de The Final Cut (1983), dos proyectos de su entraña, se marchó de la banda y entabló disputas legales para decidir quién se quedaba el nombre Pink Floyd.

Los tribunales fallaron en su contra. Entre ambos ‘bandos’, el de Waters y el de Gilmour, reinó una tensión que durante décadas obligó a los fanáticos a ver a sus ídolos como un niño ve a sus padres divorciados: con el corazón partido y la necesidad de escoger afectos.

Hoy, 30 años después, ya no hay bandos. La banda y las rencillas han terminado pero Gilmour y Waters siguen dando a sus fanáticos motivos para emocionarse.

Si bien Pink Floyd, sin Waters, presentó en 2014 su último disco, The Endless River, la muerte en 2008 de Wright ya había marcado el final. Por eso, cuando David Gilmour proclamó hace semanas que Pink Floyd había muerto no sorprendió a nadie. Pero el guitarrista sí tenía sorpresas. Recién lanzó al mercado su nuevo álbum Rattle That Lock, el cuarto en su carrera, y anunció una gira mundial para apoyarlo. No pasará por Colombia, pero quienes quieran verlo en Suramérica podrán hacerlo en Brasil, Chile o Argentina a fin de año. El proyecto le tomó dos años de trabajo y composición junto a su esposa, la escritora Polly Samson. Las primeras reseñas le dan altas calificaciones, y dentro de lo que se puede esperar de las guitarras y escenarios sonoros del músico, de sus melodías vocales y del acompañamiento de coros femeninos no ha decepcionado. La revista Rolling Stone asegura en su reseña que si bien es un disco conceptualmente modesto, “el guitarrista de 69 años suena como un expresivo maestro de su arte que no ha envejecido ni un día”.

Entretanto, Roger Waters lanzará el 29 de septiembre a nivel mundial su documental y concierto Roger Waters The Wall. Es suyo porque lo codirige y lo protagoniza. En este lleva al cine la impresionante gira que realizó entre 2010 y 2013, una de las más exitosas de la historia para un artista solitario que dejó como postal nueve conciertos agotados en el Monumental de Buenos Aires. El tour le dio un aire nuevo a una obra maestra, musical y visual, como The Wall, que en 1979 fue un disco doble, en 1982 una película de Alan Parker y en 1990 un concierto grabado desde las ruinas del que era el Muro de Berlín.

En esta ocasión, Waters, el más agrio pero interesante de los ex-Floyd, afinó la teatralidad y los ‘juguetes’ del concierto y también sumó material íntimo que incluye un cara a cara con varios de sus demonios recurrentes, como la memoria de su padre y las consecuencias de la guerra. Es quizás su testimonio artístico más vulnerable hasta el momento, si bien para algunos la pieza suma al delirio de grandeza que se le atribuye. El tráiler que circula en YouTube deja creer que la experiencia en los cines será inolvidable, y para sumar, Waters no se ha quedado atascado en obras ya compuestas. Está preparando un nuevo álbum, su primero desde Amused to Death de 1992, y su primera creación desde la ópera Ça Ira de 2008.

El milagroso concierto Live 8, en 2005 reunió a Pink Floyd de nuevo por una noche. Fue el punto más alto de un espectáculo plagado de estrellas como Paul McCartney y Madonna, armado para recaudar fondos y crear conciencia sobre el hambre en el mundo. Esa noche, los cuatro tocaron por última vez cuatro himnos juntos: Breathe, Money, Wish you Were Here y Comfortably Numb. Desde entonces los fanáticos han esperado un momento para reencontrarse con sus ídolos. El tiempo y la muerte sanaron las heridas del pasado y este mes, con material fresco de dos genios, hay motivos para celebrar.

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