Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1990/10/08 00:00

TRAS LA LENTE DE HERNAN DIAZ

Al cumplir 30 años de trabajo profesional, Hernán Díaz saca a luz pública lo mejor de su archivo fotográfico.

TRAS LA LENTE DE HERNAN DIAZ

Un gran porcentaje de su trabajo reposa en portarretratos de plata en las casas de las familias colombianas más destacadas en los últimos 30 años. Ante su lente han desfilado varias generaciones de colombianos, en su gran mayoría, los protagonistas de la vida nacional en las tres últimas décadas.
Desde el doctor Carlos Lleras Restrepo o Gloria Zea hasta Camilo Torres y Carlos Pizarro. También están los matrimonios, los bautizos y las bodas de plata de las más tradicionales familias bogotanas. Sin embargo, más que un fotógrafo "de sociedad", la obsesión de Hemán Díaz es un capturar personalidades. No sólo por la imponancia de aquellos que han posado ante su lente, sino por su especial habilidad para captar una imagen fiel del temperamento y del momento del personaje. "La diferencia consiste en que algunos fotógrafos nos acercamos con objetividad a lo subjetivo, mientras otros se acercan con subjetividad al objetivo", señala.
Por eso, Hernán Díaz no es un fotógrafo que hable de técnica o de lentes. El habla de personas a las que conoce íntimamente y con las que le une una gran amistad. Cada una de las miles de fotografías que reposan en su archivo le trae a la memoria anécdotas tan nítidas como la imagen que registran. Para él, una fotografía es una confesión. Para empezar es un fotógrafo sin estudio. El escenario de su trabajo es la sala de su casa o el rincón favorito de los personajes. En medio de la charla enfoca los mejores ángulos del personaje, descubre nuevas facetas o intuye los gestos y actitudes que más lo identifican. Sólo después de este ritual, siente que está listo para oprimir el obturador.
Otro requisito sagrado en su trabajo es la admiración que profesa por sus modelos. "Solo fotografío a la gente que admiro", señala con la seguridad de quien se da el lujo de escoger. Aunque confiesa que ha incinerado las fotografías de aquellos a quienes considera "personajes provisionales". Este inusitado respeto por su trabajo le ha valido una especie de pasaporte para ingresar al mundo íntimo de las miles de personalidades nacionales e internacionales que ha fotografiado en su carrera. Dueño de un estilo propio, Hernán Díaz es considerado tanto por los fotógrafos veteranos como por las nuevas generaciones de reporteros gráficos, un maestro en su arte. Sus fotografías son automáticamente identificables y tienen un sabor nostálgico de otras épocas. Una mirada a su archivo es un regreso a los años sesenta y setenta.
El oficio lo aprendió de su padre, Ignacio Díaz Fernández, un tolimense dedicado a la docencia. A su lado conoció también a la gente más importante de este país a mediados de siglo. "El era un aficionado a la fotografía, pero se interesaba más por el trabajo de laboratorio. Quiso enseñarme con el proposito de que me interesara por la química". Pero más que las reacciones de las cubetas, se apasionó por buscar el alma de la gente a traves de su lente. Para Hernán, un retrato debe ser auténtico y positivo. Por eso detesta las fotos indiscretas y la fotografía como arma para destruir a las personas. Le huye a los artificios de los asesores de imagen y por eso tampoco la va muy bien con los publicistas. "Yo no brillo manzanas" señala enfático. Le tiene alergia a las ediciones de sus fotografías en los periódicos y sus grandes desilusiones profesionales tienen que ver con publicaciones que han utilizado su material sin el respeto que él da a su trabajo.
Su primer trabajo fue como cabinero en una compañía de aviación. A la par con los viajes, le atraía la posibilidad de conocer gente importante. "Una vez me encontre con la cantante Marian Anderson. Era tal el temor que sentía por volar, que la llevé a la parte de atrás del avión y cantó solo para mí", cuenta emocionado. "Para que volviera a pensar en mis estudios, mi papá hablo con Herbert Wild para que me echara. Me envio 700 dólares y me botaron en Lisboa". De esa época, en París, data su amistad con Grau, Negret, Obregón, Belisario Betancur y otras muchas figuras nacionales. Experto en detectar aureolas antes de que brillen en luz pública, él les pidió que posaran ante su lente.
"Yo soy una invención de Virgilio Barcó" señala recordando sus comienzos. "El fue quien me empujo a trabajar en fotografía. En una ocasión, en Boston, me presentó al director del Christian Science Monitor. Yo le mostré mi trabajo y días después, mis fotografías llenaban una página del periódico". No recuerda cuanto le pagaron. De la misma forma que no recuerda haber visto tantos comprobantes de pago como fotografías suyas han salido publicadas. Señala que al parecer, la prensa ha considerado su trabajo una especie de patrimonio nacional y si bien sus fotografías han sido difundidas en todos los medios, muy pocas han dado origen a un cheque. A comienzos de los sesenta empezó a trabajar para Life en Español y para Time, que aún hoy publican sus fotografías de esa época. Fue también Virgilio Barco quien lo hizo regresar a Colombia, cuando era ministro de Obras, para tomar las fotografías de la contrucción del Ferrocarril del Atlántico.
Desde entonces varias veces ha recorrido con su cámara al hombro las distintas regiones del país. Autor de varios libros. El primero, "Seis artistas colombianos contemporáneos", lo realizó con Marta Traba. Luego vinieron "Cartagena", "Cartagena morena", "Camilo, el cura guerrillero", "Las fronteras azules de Colombia", "La casa de huespedes ilustres", "La Casa de Nariño", y "Trajes regionales de Colombia". Señala, sin embargo, que su "materia prima es la gente". Por eso ahora prepara un nuevo libro titulado "Sólo por el placer mio" con las fotografías de los numerosos personajes que ha conocido en estos 30 años de trabajo profesional, y las crónicas y las anécdotas de esas sesiones que más que un negativo dejaron una huella en su vida. "Porque cada foto es una historia".

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