Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2004/12/26 00:00

Tres ases al ruedo

Por los carteles de todas las plazas, esta temporada en Colombia promete ser una de las mejores. El libro "Los siete pilares del toreo" de Antonio Caballero define así a Rincón, Ponce y 'El Juli'

Tres ases al ruedo

César Rincón

Rincón, o el héroe. El toreo es, por supuesto, un oficio de héroes en la acepción más corriente del término: dos hombres muy valerosos que se juegan la vida. Es el único oficio heroico que queda en un mundo obsesionado por la seguridad, con la posible excepción del de bombero. Pero los bomberos no se juegan la vida por el arte, sino por la necesidad: alguien tiene que apagar los incendios; y en cambio no es necesario que nadie se enfrente a los toros bravos. En ese sentido habitual, héroes son todos los toreros, desde el momento en que se arriesgan delante de las fieras y lo hacen en público: para dar espectáculo. Pero no es a eso a lo que quiero referirme a propósito de César Rincón, sino a la dimensión verdaderamente heroica, es decir, sobrehumana, que le daban los griegos de la Antigüedad a la palabra héroe (h {rw"), que ellos inventaron. Héroe no es solamente el guerrero valiente, como lo encontramos en Homero: todos lo son. Sino que es algo más: un hombre superior a lo humano, que no es un dios, ni un semidiós (aunque puede llegar a serlo, como Hércules), ni un demonio, ni un espíritu desencarnado. Es un hombre, pero más grande que un hombre. ("Estuvo enorme", se dice a veces de un torero en la jerga taurina).

Eso es el héroe. Pero, ¿qué es el toreo heroico? Pues no es más, en fin de cuentas, que el toreo de siempre. Antoñete, que fue el padrino de alternativa de Rincón, lo definía así, hablando de sus triunfos madrileños de 1991:

-Es el toreo de siempre. Distancia al toro; técnica, porque sin ella es imposible el cite de largo; enganchar al toro en la panza de la muleta y llevárselo hacia atrás; y hacerlo templado, rítmico. Eso es dominio, y cuando todo ocurre así, se manifiesta la belleza y se produce el arte. Y eso tiene un enorme mérito, porque supone contar con un valor a toda prueba. Parece fácil, pero hay que hacerlo.

Distancia. Técnica. Temple. Dominio. Y valor. Rincón vino a restaurar esas virtudes antiguas, del toreo clásico, que habían venido perdiéndose ante la indiferencia aburrida de los públicos, que aguantaban un toreo cada vez más superficial y cada vez más fingido y lleno de ventajas: pico, pasito atrás, cite siempre en la raya o al abrigo de las tablas, y de muy cerca. Era un toreo encimista y de cercanías. Pero no a la manera angustiosa del que practicó Paco Ojeda, sino ahogando al toro, sofocándolo y cortándole el viaje natural de la embestida. Rincón recuperó el cite de largo, de frente, y aguantando lo que pudiera venir. No solo la acometida -para después manejarla, llevarla por donde quiere el torero, atemperarla en embestida mediante el instrumento del temple-; sino aguantando los parones también, sin pestañear. Recuperó el inmenso dramatismo del cite en que al toro le dan las ventajas y los muchos metros de recorrido necesarios para que crezca la emoción en la creciente del galope. Y eso hay que hacerlo desde el primer instante. La muleta adelantada, y el peso del cuerpo sobre la pierna contraria. El sentido de la lidia, que viene de la técnica. Rincón ve los toros muy pronto, y los ve cambiar: eso le viene de la inteligencia. De la cabeza fría, que le permite "pensar en la cabeza del toro", como dice la formula taurina: tanto para lidiar como para torear. Luego, el temple, que asegura el dominio del hombre sobre el toro: lo esencial, que consiste en saber quién manda ahí. Y el valor del corazón bien puesto: la emoción suprema del valor consciente.

Enrique Ponce

Para empezar, las virtudes de Ponce, que son muchas y sólidas: los cimientos sobre los cuales se asienta el edificio de su toreo. Debajo del Partenón de Fidias, que parece tan alado y alígero, tan sostenido en el aire por su propia belleza, hay unos cimientos ciclópeos de muchos miles de toneladas de peso.

La primera virtud de Enrique Ponce, de la cual se derivan todas las demás, es la inteligencia. En todas sus acepciones: uso de razón, entendimiento, percepción (tratándose de Ponce habría que copiar tal cual un diccionario de sinónimos, que nunca son sinónimos sino matices del concepto), raciocinio, juicio, comprensión... Sí: copiar entero el diccionario de don Julio Casares, que nos da todas estas palabras. Y me salto dos: 'chola', que no sé lo que es en este contexto, y 'quinqué', que según entiendo es una lámpara. Aunque sí, conservo también lámpara; y quinqué, que según don Julio significa agudeza, porque también la tiene Ponce; y miro lo de 'chola', y también: quiere decir 'cabeza'. La cabeza de Ponce es la mejor amoblada del toreo. Su toreo es un derroche deslumbrante de inteligencia pura, de raciocinio, de juicio, de comprensión, etcétera.

Además de todo eso, conocimiento del toro. De los toros: tanto de los distintos encastes (tal vez sea el matador de toros actual que, con diez años seguidos de más de cien corridas por año, en grandes plazas y en pueblos, en España y en Francia y en América, haya toreado mayor diversidad de encastes) como de los distintos toros individuales. A cada toro le tiene Ponce su faena, que no es la suya -la de Ponce-, sino la del toro. Cuentan que Joselito 'El Gallo' tenía ese mismo don de conocimiento de los toros a la vez intuitivo y estudiado: "Como si lo hubiera parido una vaca", decían de él (sin irrespeto por su madre: la 'señá Grabiela'). El conocimiento que tiene Ponce de los toros es de tal naturaleza que muchas veces, en la plaza, lo he visto pensar por ellos. Les piensa la embestida, se la tiene pautada como en un pentagrama, coreografiada. Antes de que el toro venga, desde el momento del cite, o desde el pase anterior, Ponce lo ha toreado ya con la cabeza. Decía Antonio Bienvenida que para ligar es necesario tener pensado el pase siguiente desde el que se está dando. Cuando no liga Ponce es porque no quiere. No porque no pueda, que podría siempre (salvo a veces, porque los toros son animales vivos, y a veces tercos).

Esto de a veces. Quiero poner un ejemplo de un artista muy alejado de la sensibilidad de Ponce, pero que tenía, como él, el don de las hadas de la facilidad: Pablo Picasso. A Picasso le salían prácticamente todos los picazos que quería pintar, pero a veces no: a veces el cuadro se le enrabietaba, se le ponía terco y respondón, manseaba y no le obedecía. Muchas veces tuvo que tirar a la basura un cuadro en el que se había esforzado mucho, un cuadro de pelea, y que insistía en no salirle. Esto está incluso registrado en un documental cinematográfico sobre su pintura. Picasso pinta, borra, repinta, reborra, vuelve a pintar, vuelve a reborrar, tacha, recomienza, suda, se esfuerza: y no le sale. Porque la obra de arte -en este caso de toreros, la faena, y la faena depende en mucho del toro- tiene su vida propia, independiente de la voluntad del artista. A veces no está ahí.

Vuelvo a lo de antes: el caso es que en general, cuando quiere, Enrique Ponce liga. Pero a veces no quiere. Porque sus faenas tienen una estructura: las compone, como se compone un soneto, o un discurso. El más consciente retórico que existe en el mundo de los toros es Ponce: parece Cicerón. Cicerón, como recordarán ustedes los taurinos, fue el más estudiado orador que tuvo Roma, el más estudiado, el más calculado y el más eficiente. No daba puntada sin dedal.

El Juli

Cuando en abril de 1999 abrió por primera vez la Puerta del Príncipe de La Maestranza de Sevilla, porque cortó las tres orejas que el ritual exige, pero no pudo salir por ella a hombros porque se lo llevaron en brazos por la puerta de la enfermería, cuentan que El Juli lloraba de frustración como un niño. Decía su apoderado de entonces, el veteranísimo Victoriano Valencia:

-¡Criaturita...! Está en la camita del hospital con sus tres orejas de toro bien agarraditas en la mano. ¡Criaturita!

También Julián López la perfección técnica de la sabiduría: del sitio, de la colocación, de los terrenos, del comportamiento de los toros y de sus reacciones. La seguridad. Que además parece en él innata. Yo se la he visto desde que era muy joven y precoz novillero. La tarde, por ejemplo, de su despedida de Las Ventas de Madrid, en vísperas de tomar la alternativa de matador, con seis novillos distintos para él solo. Y los entendió a todos. Pero los que lo vieron aun antes, cuando era un niño prodigio, dicen que esa sabiduría la tenía desde que a los siete años le permitieron torear una becerrita añoja como regalo de primera comunión, y asombró a todos los que asistían al festejo por su capacidad de entendimiento. Y tiene, a raudales, alegría: alegra al toro, alegra al público, se alegra él. En su multiplicidad, en su camaleonismo oportunista y polifacético de joven dios, es también un histrión, dispuesto a lo que sea con tal de que no baje ni se distraiga la atención del público. Es un torero que convence a los profesionales por su capacidad; pero uno que, en primer lugar, entretiene al público. Porque también se divierte.

Tiene otras muchas cosas, además: una infinidad. Valor frente a los toros; y en los últimos tiempos, cuando ha empezado a conocer los abucheos -en Sevilla, por ejemplo, y sobre todo en Madrid en el San Isidro de 2002-, esos abucheos que nunca había tenido que padecer en su feliz carrera triunfal de becerrista y de novillero, que fue como un paseo militar, ha mostrado valor frente a los públicos. No se descompone ni pierde los nervios: aguanta. Tiene decisión, imaginación, rapidez de reflejos y de improvisación. Y de invención reflexiva: ¿hacía cuánto que un torero no inventaba nuevos lances de capote, como esas 'lopecinas' y 'escobarinas' (por el apellido de su padre y por el de su madre: pues encima de todo tiene amor filial y sentido de familia) con que El Juli sorprendió y deslumbró a los públicos en su primer año de matador de toros? Como capotero, El Juli, que se formó en el México torero por la razón legal de que en España no dejaban torear a los niños, tiene una variedad impresionante de fuegos artificiales. Tiene intuición. Tiene casta y raza de torero, que se crece ante las dificultades. Se ha convertido en tres años en el amo del toreo. Lo tiene todo.

Hace un par de años me comentaba en Sevilla un veterano torero andaluz, una tarde en que El Juli iba de hotel en hotel, recién terminada la Feria de Abril, recibiendo premios y más premios:

-Afortunadamente; este no tiene arte porque si no, ¿qué haríamos los demás?

No sé cómo decírselo a mi amigo el torero veterano, pero estoy seguro de que acabará enterándose: El Juli tiene arte.

Con el capote, por ejemplo, no es ahora solo el muchacho vivaz que en sus comienzos desconcertaba y asombraba por su amexicanada riqueza y variedad. Ahora es también un artista que domina a los toros con enjundiosas y despaciosas verónicas, gustándose. Con las banderillas sigue siendo el atleta alegre y bullidor y algo vulgar que fue desde sus comienzos. Pese a que ha tenido la inhabitual capacidad de aprender de otros: del Fandi, de Ferrera. No debería banderillear tan a menudo El Juli, aunque se lo pida el público, porque su arte, en eso, la verdad, no es para tanto. Pero es sobre todo en la muleta donde ha dado verdaderos pasos de gigante en su expresión artística, volviéndose más largo y más profundo a medida que su toreo madura. Pues tiene todavía, a los veinte años, ganas de continuar mejorando y de seguir aprendiendo, y no de repetirse. Afán de perfección. Facultades físicas. Y la afición desmesurada que hace a las grandes figuras del toreo, nutrida de un obsesivo interés por su oficio y por su profesión de torero. Me han contado que El Juli lee todo lo que puede sobre toros, y va a ver los toros, y solo habla de toros, y entrena sin cesar en tentaderos en el campo. No es como Rafael 'El Gallo', el artista de Sevilla que monopolizó en aquel 'gallinero' de su casa la indolencia gitana que no tenía su hermano Joselito, y que respondió una vez cuando le preguntaron que cómo se entrenaba él para torear antes de la temporada:

-Fumando puros.

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