Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/10/13 00:00

Tumbas a ras de la tierra

Con la aparición de los huesos del zarevich Alexei y su hermana Maria, se resuelve el misterio del destino de los Romanov, la familia imperial rusa.

El zar Nicolas II y su esposa Alexandra rodeados por sus hijos (de izquierda a derecha) Maria, Tatiana, Olga, Anastasia y (sentado en el piso) Alexei, pocos años antes de ser asesinados por el ejército bolchevique en la Casa Ipatiev

A l igual que todos sus fines de semana en el verano siberiano, el constructor Sergei Plotnikov dedicaba su tiempo libre a excavar en las afueras de Yekaterimburgo. Con un grupo de historiadores aficionados aprovechaba desde hace años el deshielo para buscar los cuerpos que faltaban en la fosa donde apareció en 1991 la familia del Zar Nicolas II, asesinada por soldados bolcheviques en 1918. Y a finales de julio, por fin la pala de Sergei dio con unos huesos que podrían resolver el misterio.

Durante una rueda de prensa, el 28 de septiembre, Vladimir Gromov, subdirector del departamento de medicina forense de la región de Sverdlosvsk, sostuvo que “los restos, con un muy alto porcentaje de probabilidad, pertenecen al Zarevich Alexei y a la Gran Princesa Maria”. Llegó a esa conclusión después de dos meses de exámenes a los 44 fragmentos óseos, pertenecientes a un joven de entre 10 y 14 años y a una mujer de 20, que se desenterraron de esa tumba a ras de tierra. Al lado de los huesos aparecieron varias balas de diferentes calibres y una vasija de cerámica que contuvo ácido sulfúrico, el cual habría sido esparcido sobre los cadáveres para dificultar su identificación.

Todo sucedió en la noche del 16 al 17 de julio de 1918.
Nicolás II; su esposa, Alexandra; sus hijos Alexei, Olga, Tatiana, Maria y Anastasia; su médico de cabecera, y tres sirvientes, fueron llevados por una cuadrilla del ejército rojo al sótano de la Casa Ipatiev, en Yekaterimburgo, en donde los acomodaron como si les fuesen a tomar una foto. Pero en vez de eso, los fusilaron. El líder de esa acción, Yakov Yurovsky, en su informe detallado de los hechos, describió cómo las princesas tuvieron que ser rematadas con las bayonetas y tiros en la cabeza, pues sus corsés llenos de joyas impidieron que las balas penetraran en sus cuerpos.

Pocos años más tarde comenzaron a aparecer supuestas Anastasias, mujeres que aseguraban ser la princesa y haber sobrevivido los horrores vividos en Ipatiev. Quizá la más famosa, quien puso a dudar a más de uno, fue Anna Anderson, una misteriosa mujer que murió 1984. Otras historias aseguraban que el zarevich había escapado y se habría ido a vivir a Irlanda del Norte. Varios hombres han asegurado ser el príncipe heredero al trono ruso, pero los historiadores descartaron dichas teorías fácilmente, pues el joven sufría de hemofilia y no habría podido sobrevivir a las heridas.

Durante la era soviética, las personas susurraban acerca de lo ocurrido a la familia real y también a otras de la nobleza en el país. Pero ante el silencio absoluto del régimen y el miedo de la gente, eran pocos los que se atrevían a indagar. El geólogo Alexander Avdonin era uno de ellos. Fue tal su perseverancia, que en 1979, y gracias al secretario Geli Ryabov, quien tenía acceso privilegiado a archivos del gobierno local, encontró la tumba de los Romanov. Mantuvo su localización en secreto hasta la caída de la Unión Soviética, cuando revivió el interés internacional por los restos del Zar y su familia.
Pero en aquella primera tumba sólo se encontraban cinco de los siete integrantes de la familia. La investigación rusa concluyó que faltaban Alexei y Maria, mientras algunos investigadores norteamericanos aseguraban que era Anastasia. Después de siete años de investigaciones genéticas y de usar muestras de sangre y de médula ósea del príncipe Felipe, familiar directo de la zarina Alexandra, se concluyó que esos huesos pertenecían a los Romanov. También se le hizo un examen de ADN a Anna Anderson, que concluyó para los expertos que ella no estaba relacionada con la realeza rusa.
Después de haber sido enterrados y desenterrados en varias oportunidades, los restos de las nueve víctimas de la Casa Ipatiev fueron sepultados el 17 de julio de 1998 en la cripta real de la Catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo. “Quienes cometieron este crimen son tan culpables como quienes lo aprobaron durante décadas. Todos somos culpables”, dijo en su discurso el presidente Boris Yeltsin, el mismo que años antes había mandado demoler la casa donde ocurrieron los hechos cuando era secretario local del partido comunista.

Aun así, no todos están convencidos de que se trate de los restos de la familia real. La principal detractora de dicha teoría sigue siendo la Iglesia ortodoxa rusa, que aunque la canonizó, no reconoce los huesos. Por eso sus obispos y su patriarca Alexei II no asistieron a la ceremonia. La Iglesia argumenta que la investigación no fue concluyente y que, además, en la fosa no se encontraba toda la familia.

“Si se demuestra que los restos son auténticos, yo me pondré muy feliz, al igual que los demás cristianos ortodoxos, porque uno de mis más grandes deseos es que se encuentren las reliquias de los mártires reales”, dijo a la agencia Interfax desde España, donde reside, la gran duquesa Maria Vladimirovna, autodeclarada cabeza de la familia imperial rusa. Ella no aceptará los restos a menos que también lo haga la Iglesia. Y no faltan quienes creen que quizás ahora los religiosos cambien de parecer.

Pero también están los escépticos, como el escritor y periodista Peter Kurth, que dedicó gran parte de su vida a escribir la biografía de Anna Anderson y el libro Zar: El mundo perdido de Nicolas y Alexandra. “Los rusos no pudieron hablar del tema durante 80 años, ahora todo lo que quieren es acabar con el misterio y cerrar el ciclo. Hay muchas contradicciones y estoy convencido de que el cuerpo de Anastasia nunca se encontró. Además, los cuerpos de muchas otras familias también fueron enterrados en ese mismo lugar, esos huesos podrían ser de cualquiera”, dijo a SEMANA.

Días antes del anuncio de los forenses, la Fiscalía General había rechazado una vez más declarar al Zar y a su familia víctimas de la represión política pues, según la resolución, no existen razones jurídicas que demuestren que el asesinato tuvo esa motivación o siguió una orden oficial.

Lo cierto es que al mismo tiempo que Rusia desea ponerle fin a este trágico episodio, parecería que sólo cuando aparezcan los cuerpos podrá expiar sus culpas. Como si con enterrar los restos de manera digna, enterraran también la historia de violencia que llevan a espaldas.

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