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| 5/21/2016 12:00:00 AM

Los ‘Americans’ que inspiraron la serie

Tim y Alex Foley vivieron décadas sin saber que sus padres eran espías rusos al servicio de Vladimir Putin. Pero cuando el FBI tocó a la puerta, su destino cambió. El caso real inspiró una exitosa serie.

Algunos padres les dicen a sus hijos que el niño Dios existe y que el ratón Pérez recompensa con dinero los dientes de leche que se ponen bajo la almohada. Crean una fantasía para evitarles un dolor o prolongarles una alegría y, cuando el momento parece apropiado, revelan la verdad. Pero en ciertas ocasiones, los padres mienten pues su trabajo lo exige, y no pueden hacer nada al respecto. Los espías lo saben bien.

Tim y Alex Foley vivieron por dos décadas una vida de mentiras sin sospechar que sus padres, Donald Heathfield y Tracey Foley, se llamaban en realidad Andrei Bezrukov y Elena Vavilova, y eran una pareja de espías rusos encubiertos en el típico mundo suburbano estadounidense. Solo hace seis años los muchachos se enteraron de su historia, que inspiró el tenso drama de televisión The Americans, escenificado en la Guerra Fría.

Ambos jóvenes nacieron en Canadá y consideran a ese país su casa. Se mudaron cuando eran muy pequeños a París y luego vivieron gran parte de su vida en Cambridge, Massachusetts. Desde Estados Unidos se proyectaron hacia el mundo. Estudiaron en un colegio francés, viajaron y aprendieron a admirar la cultura asiática. En su hogar, según cuentan, nunca hablaron ruso, jamás mencionaron ese país y nunca comieron un plato típico de allá.

Tim recuerda que su padre trabajaba duro, viajaba frecuentemente por su empleo y los animaba a él y a su hermano a leer y a entender el mundo. Cuando eran pequeños su madre se comportaba como una ‘soccer mom’, que los recogía luego del colegio o del partido de fútbol, y que, una vez crecieron, consiguió un trabajo en finca raíz.

Así, tranquilamente, transcurrió su existencia hasta la noche del 27 de junio de 2010, justo cuando Tim cumplía 20 años al lado de su hermano, de 16. Según relataron por primera vez al periodista Shaun Walker, corresponsal en Moscú del diario británico The Guardian, esa noche la familia salió a comer a un bufet para celebrar. Y cuando regresaron a casa, dispuestos para la fiesta con amigos, alguien tocó a la puerta.

Tracey abrió y se topó con el destino. Decenas de agentes irrumpieron en la casa equipados con armas y cascos. Los muchachos pensaron que el FBI los buscaba por haber comprado licor sin tener la edad legal, pero no tardaron en darse cuenta de que iban tras sus padres, a quienes esposaron y se llevaron. Los agentes les dijeron que habían sido arrestados “bajo sospecha de operar como agentes encubiertos de un gobierno extranjero”. Les esperaba un cuarto de hotel, miles de preguntas y una enorme incertidumbre. Cuando regresaron a casa el día después, el FBI había confiscado 191 objetos entre computadores, teléfonos, fotografías, medicinas y hasta el Play Station en el que jugaban.

Tim y Alex asistieron a la corte el día en el que sus padres enfrentaron los cargos. Hablaron un poco con su madre, pero prudentemente se abstuvieron de indagar por la verdad. Según Alex, “Sabía que tendría que testificar, así que mientras menos supiera era mejor para mí. Evité convencerme de que eran culpables”.

La vida les cambió por completo. Hoy se llaman Alexander y Timofeu Vavilov. Uno vive en Moscú y el otro en una ciudad asiática que prefiere no revelar. Buscan recuperar la nacionalidad canadiense que perdieron por el proceso. También por el impacto de una historia de The Wall Street Journal, que en 2012 planteó que los jóvenes estaban al tanto de las actividades de sus padres y habían jurado trabajar por la bandera rusa. A ambos, la sola mención de esa posibilidad les suena ridícula.

Heathfield y Foley

Su historia no es la única. En 2010, la operación Ghost Stories del FBI detectó y deportó a diez espías rusos que operaban con identidades falsas en Estados Unidos. Entre estos, Andrei Bezrukov, Elena Vavilova y la bella y famosa Anna Chapman, nacida Anya Kushchenko. Curiosamente, si el episodio previo a los arrestos recreó la historia de The Americans, lo que vino salió de la película Bridge of Spies, pues Washington los canjeó por cuatro ciudadanos rusos culpados de espiar para Estados Unidos. En su nuevo capítulo en Rusia, Chapman, atractiva y mediática, consiguió un programa de televisión y Bezrukov por su parte se ha desempeñado como analista internacional.

El intercambio de espías demostró que a pesar del final de la Guerra Fría hace más de 20 años, el espionaje sigue vivito y coleando. Según sus hijos, Bezrukov y Vavilova, “fueron reclutados juntos, como pareja. Eran dos jóvenes muy inteligentes y cuando les preguntaron si querían ayudar a su país, aceptaron. Se entrenaron por años en la cultura norteamericana y aprendieron a hablar inglés sin el más mínimo acento”. Nacieron en la época de la Unión Soviética, la KGB los reclutó y, tras los drásticos cambios políticos, pasaron a hacer parte de la SVR, el organismo de inteligencia de la nueva Rusia.

Pero su fantasía empezó en los años ochenta. Llegaron a Canadá, un lugar que solía servir a los ilegales como plataforma para construir una nueva historia. Y la pareja la construyó. Asumió la identidad de dos niños canadienses fallecidos y construyó milímetro a milímetro su leyenda. En 1990, Elena (Tracy) dio a luz a Tim. Donald estudió en la Universidad de Toronto y se graduó de Economía Internacional. En 1994 nació Alex y se fueron a vivir un año a París donde Donald cursó un MBA.

Bezrukov había establecido el creíble personaje de Donald Heathfield, un canadiense de espíritu familiar, trabajador y en constante formación académica. Sintió que podía regresar con su mujer e hijos a Estados Unidos en 1999, para cursar un posgrado en la Universidad Harvard y estar presto a las órdenes de la SVR. Pero no sabía que la contrainteligencia ya había puesto sus ojos en él y en su mujer. Aún no se sabe quién los delató, pero se presume que Alexander Poteyev, un oficial de la SVR, reveló sus identidades y luego huyó de Rusia para evitar las repercusiones de la traición. Por esto, y a pesar de su ausencia, Poteyev fue sentenciado a 25 años de cárcel.

Desde el momento en el que pisaron suelo norteamericano la caída de los Foley era inevitable. El FBI siguió sus movimientos e intervino su casa para escuchar sus conversaciones. Y 12 años después, en el cumpleaños 20 de Tim Foley, el niño Dios dejó de existir.

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