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| 12/23/1985 12:00:00 AM

"ULTIMO DESEO"

Escándalo en EE.UU. por el caso de una hija que aceleró la muerte dolorosa de su madre.

"Dos horas antes de suicidarse, descubrí que mi madre como de costumbre, se había maquillado y peinado. Eso me golpeó profundamente aunque no debía ser así, ya que cualquiera que fuera la ocasión, a mi madre siempre le gustaba aparecer bien arreglada. Así era su estilo. Así fue su manera de morir, no con la muerte acabando con ella, sino ella acabando con la muerte". Con este párrafo brutal comienza el que se considera actualmente uno de los libros más polémicos en Estados Unidos, escrito por una hija que aceleró la muerte dolorosa de su madre desahuciada.
El libro se llama Last Wish ("Ultimo deseo" en castellano), escrito por Betty Rollin, quien con un lenguaje desapasionado, casi clínico, reconstruye los últimos meses de esa relación que sostuvo con Ida Rollin, su madre, una mujer enérgica que a los 76 años se había convertido casi en un vegetal por un cáncer en los ovarios.
En un país donde la eutanasia es castigada por las leyes de algunos Estados, donde la religiosidad de algunos sectores impide que los parientes alivien los últimos días de las personas que ya no tienen cura, la opinión pública se siente conmovida con un relato como éste en el que, una mujer que fue periodista de televisión y también víctima de un cáncer, perdiendo ya ambos senos, remueve un debate que otros temas habían desalojado: hasta dónde la eutanasia debe aplicarse en casos como el de la señora Ida Rollin quien ya era incapaz de controlar hasta la más elemental de sus funciones y quien, postrada en su silla de ruedas, apoyaba moralmente a la hija y al verno para que organizaran de la manera más práctica posible, ese simple ritual de poner a su alcance los barbitúricos que acelerarían su deceso.
El caso ocurrió dos años atrás, una tarde de octubre, cuando Ida Rollin, con calma, echó mano del frasco de píldoras que estaba muy cerca, en su mesa de noche. Según las instrucciones que la hija y el yerno le habían suministrado, primero se tragó una tableta contra la náusea y veinte minutos más tarde, consumió una detrás de la otra veinte cápsulas de 100 miligramos de un barbitúrico no revelado. La hija y el yerno, a quien la anciana consideraba otro hijo, llamado Ed Edwards y cuya madre murió en septiembre de 1981 de un cáncer en los huesos, se sentaron al lado y miraron cómo la anciana comenzaba a dormirse, a cerrar los ojos, entrando en la muerte, sin gritos ni gestos de histeria, con elegancia, como siempre había vivido.
La escritora realiza actualmente una gira por 19 ciudades norteamericanas y en sus apariciones en la televisión, especialmente en esos programas de media mañana que buscan una audiencia más madura, más acabada quizás, con voz serena va contando a los periodistas cómo no hubo nada macabro ni sádico en la decisión de darle a la madre la oportunidad de morir en pleno uso de sus facultades, sin presionarla, y como la mayoría de sus actos comunes en los años anteriores, todo fue producto de la estrecha relación que siempre las unió.
Como eco del escándalo y la controversia que se adelantan en medio de las secuelas por el secuestro de un barco italiano y la captura de cuatro palestinos, la actriz Goldie Hawn ya anunció que ha comprado los derechos de Last Wish para llevar esa dramática historia al cine.
Pero la fama, el dinero y la controversia no son ajenos a la periodista Betty Rollin ya que en 1976 publicó un libro, First, you cry en el que reconstruía el infierno que había vivido al perder uno de sus senos, historia que se convertiría en una película de televisión con Mary Tyler Moore. En noviembre de 1984 perdería el otro.
Ida Rollin siempre fue una mujer activa, emprendedora y desde muy joven, en una época en que las mujeres preferían quedarse cuidando de la familia, ella desempeñaba diversos oficios. Ese espíritu agresivo lo inculcó a su única hija y tenían un metodo curioso para sostener las más encendidas discusiones: se citaban en la mesa de un restaurante de Nueva York donde, en medio de las camareras y las mesas y los vasos y el ruido de la gente, ambas sabían que podrían decirse todo cuanto quisieran, por muy violento o duro que fuera. Así, con una mesa de por medio, Ida le contó a su madre que iba a divorciarse del primer marido. También que había descubierto un pequeño tumor en uno de los senos. En otra ocasión fue la madre quien, en tono embarazoso, le consultó a la hija si era lícito que sostuviera relaciones sexuales con un hombre casado. Fue en esa misma mesa donde la madre le contó a la hija que le habían descubierto un cáncer en los ovarios.
Leyendo esta historia, descubriendo la profunda y devota relación que siempre hubo entre madre e hija, comprendiendo cómo la una era una prolongación de la otra, tal vez pueda entenderse que la madre hubiera sido capaz de pedirle a la hija que la ayudara a morir y que ésta, con su marido, arreglara todo lo indispensable para que ese último deseo se cumpliera, sin dramatismo, sin actos espectaculares ni exhibicionistas.
En la primavera de 1981 la madre fue admitida en un hospital de Manhattan para iniciar una serie interminable de sesiones de quimioterapia. Durante ocho meses, una vez a la semana, Ida se sentaba al lado de la anciana mientras le aplicaban las drogas y el tratamiento. Aparentemente, la enfermedad se había frenado, pero en junio de 1983, el cáncer reapareció. Intensificaron el tratamiento, pero ambas comprendieron que ya no había más nada que hacer y la periodista cuenta en el libro la angustiosa sensación de contemplar a su madre que antes era tan elegante y alegre y vital, convertida en esa masa de piel amarillenta y huesos sobresalientes, con la boca abierta, con los ojos perdidos, en una silla de ruedas que no se movía.
Una tarde y luego de un vergonzoso incidente en que la anciana no pudo controlar sus músculos, se quedó mirando a la hija y solto la frase que pondría en movimiento el sutil proceso de la eutanasia indirecta: "¿Cómo hago para salir de todo esto? Tienes que indicarme la salida. Más que nada en el mundo, quiero morirme".
Aunque esa declaración la tomó por sorpresa, la hija y la madre se conocían tan profundamente que la una supo lo que la otra queria decirle. Además comprendía la verguenza y la desesperación y la soledad de ese cuerpo destrozado.
Como la eutanasia es un tema que muchos médicos prefieren no tocar, la periodista consultó infructuosamente con algunos sobre la mejor forma de apresurar la muerte de alguien. Ninguno, dice ella en el libro, quiso ayudarla, porque temían alguna posterior complicación con la ley, ya que en varias zonas de Estados Unidos, colaborar con un suicidio es un delito. Las raices religiosas de este país producen situaciones curiosas como en el siglo pasado, cuando los frustrados suicidas eran llevados a un hospital, recuperados y luego ejecutados.
Finalmente, gracias a unos amigos que entendieron su desesperación, la reportera pudo hablar con un médico norteamericano que vive en Holanda y quien le prescribió el barbitúrico que acabaría enseguida con la enferma. En ese país es permitida la eutanasia.
Mientras organizaba el suicidio de la madre, Betty Rollin jamás pensó en las posibles consecuencias legales de sus actos, ni quiere pensarlo ahora. Cuando un periodista la interroga en la televisión sobre un posible juicio, ella responde: "Bueno, mi libro lo que hace es difundir información, ayudar a comprender situaciones trágicas de miles de familias y no creo que eso sea delito en ninguna parte. De todos modos, estoy preparada para cualquier situación judicial que se presente".
Cuando atravesaba ese infierno, Betty Rollin no pensó jamás en un libro, pero cuando la muerte serena de la madre le devolvió un poco de paz, comenzó a recolectar algunas notas y recordó la tarde en que su madre le preguntó si alguna vez escribiría esa historia. La hija le respondió: "¿Quieres que escriba?", y la anciana le dijo: "Sí, escribe".
Los críticos han elogiado el tono y las intenciones del libro y uno de ellos afirmó que, por encima de todo, ésta es una historia que tiene profundas raices en la vida y la muerte. Otro dice que este libro puede ser un mal ejemplo para las personas que no tengan bases morales firmes y que pueden sentirse arrastradas por este caso. Un crítico señala cómo el libro, a pesar de hablar sobre muerte y enfermedades y dolores, no es una obra triste, sino al contrario, llena de vida y amor y luz y sostiene que en la carátula de esta primera edición debería haber un cintillo reproduciendo una frase de la anciana, dirigida a la reportera: "Todos los padres deberían tener una hija como tú".
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