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| 10/27/2012 12:00:00 AM

Un asesino de mentiras

Thomas Quick fue condenado por ocho de los 30 asesinatos que confesó haber cometido en Suecia y Noruega. Pero más que los horrores que relató, lo sorprendente es su habilidad para engañar a la justicia sueca, pues nada de lo que dijo era verdad.

Con 30 crímenes abominables a cuestas, Thomas Quick se ganó el apodo de 'el Caníbal' de Suecia. Ante la presión de la Policía, ávida de encontrar al culpable de una serie de muertes y desapariciones, confesó que había violado, asesinado, desmembrado y hasta comido los cuerpos de hombres, mujeres y niños. Como su crueldad no conocía límites, varias familias de víctimas descansaron, y Quick fue condenado por ocho de sus atrocidades. Sin embargo, algo no encajaba en su historia: el Caníbal en realidad se llamaba Sture Bergwall y todo lo que había revelado era falso.

Fascinado con la historia de Quick, el documentalista Hannes Råstam se dedicó a investigar al asesino en serie más famoso de Suecia, pero pronto descubrió que no se enfrentaba a un homicida descontrolado, sino a un mentiroso compulsivo. La increíble historia apareció este año en un libro titulado Thomas Quick: la fabricación de un asesino en serie. En este, Råstam sacó a la luz la incompetencia del sistema legal sueco que durante años tomó por cierta la palabra de un supuesto criminal sin evidencias que la corroboraran.

 Más que un verdugo despiadado, Quick, o mejor, Bergwall, era un hombre solitario que buscaba desesperadamente atención. Su infancia estuvo marcada por una educación estricta y religiosa, pero rompió el esquema cuando a los 14 años descubrió que era homosexual. Su miedo a defraudar a sus padres lo llevó a utilizar sustancias psicoactivas, lo que aceleró su deseo de ser tenido en cuenta. Para hacerse notar llegó al extremo de robar un banco disfrazado de Papá Noel. La chanza le salió cara y terminó recluido en Säter, un hospital psiquiátrico.

Lejos de ver su pena como un castigo, Bergwall entendió que estar allí significaba una oportunidad de oro para conseguir la atención que tanto había anhelado. "Yo estaba muy solo en un lugar con personas violentas. Me di cuenta de que mientras más grave fuera el crimen, más interesante resultaba para el personal psiquiátrico. Yo solo quería pertenecer al grupo, que me tuvieran en cuenta", explicó al diario británico The Guardian en una entrevista reciente. Por eso, asumió de lleno la identidad de Thomas Quick, empezó a confesar, uno tras otro, crímenes atroces y se ganó un lugar prioritario en la lista de detectives y psicólogos.

Pero resultaba curioso que Quick no seguía un modus operandi. No usaba una sola arma ni atacaba al mismo tipo de persona. Desde una niña de 9 años hasta un turista israelí, pasando por una pareja de holandeses y una adolescente noruega, nadie parecía estar a salvo de sus impredecibles métodos que variaban entre puñaladas y golpes con un garrote de madera. Aún así, sus relatos encajaban perfectamente con las escenas del crimen y en varias ocasiones fue condenado, no por evidencia forense, sino porque dio información que, según los jueces, solo podía conocer el asesino.

No fue un golpe de suerte que Quick le hubiera atinado a los detalles de las matanzas. Para construir las historias, el paciente duraba horas en la biblioteca donde tenía acceso a los periódicos que describían todos los casos. Además, cuando empezó a confesar sus supuestos crímenes, utilizaba a la Policía para elaborar sus mentiras, pues los mismos agentes le daban información que después incorporaba en sus versiones.

Los padres de Johan Asplund, la primera persona que Quick afirmó haber matado, se rehusaron a seguir colaborando con la Policía. Ellos estaban convencidos de que su pequeño de 11 años había desaparecido a manos de un antiguo amante de la madre y nunca creyeron que un paciente de un hospital psiquiátrico fuera el responsable. No buscaban proteger a Quick, sino hallar al verdadero culpable. Pero los agentes los acusaron de obstrucción a la Justicia y los Asplund se vieron obligados a dar más detalles de su hijo. Por supuesto, esos datos fueron casualmente revelados por el impostor en un interrogatorio posterior a la entrevista con la familia, y el caso quedó sellado.

El plan funcionaba a la perfección, pero no podía durar para siempre. El periodista que descubrió el engaño solo se interesó por Quick cuando este dejó de cooperar con las autoridades. Era raro que decidiera guardar silencio tras confesar tantos y tan viles asesinatos. Así que estudió todo sobre la permanencia de 'el Caníbal' en Säter y se dio cuenta de que a Quick le administraban dosis demasiado altas de medicamentos que resultaban en alucinaciones y alteraciones del sistema nervioso. "Las drogas me permitían ser más creativo y mientras más cosas decía, más atención me prestaban", afirmó el impostor. Pero en 2001 el suministro de drogas cesó, y con él, la colaboración del álter ego del convicto.

Durante su estudio, Råstam vio que nunca había habido evidencia que sustentara lo dicho por Quick y que incluso en algunos casos el acusado cambiaba la historia hasta que daba con los detalles acertados. Las revelaciones de La fabricación de un asesino en serie no solo hicieron que la Justicia absolviera a Bergwall de cinco condenas, sino que todo el sistema quedara en entredicho. Y lo peor de todo es que, mientras un hombre con problemas mentales logró su cometido y obtuvo sus 15 minutos de fama, los verdaderos asesinos nunca tuvieron que pagar por sus actos.
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