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| 9/4/2000 12:00:00 AM

Un genio excéntrico

En la calle 70 de Bogotá vive, en forma anónima, el inventor de los Rolling Stones. Sus memorias son un ‘best seller’ mundial.

Andrew Loog Oldham es un inglés de 56 años que vive en Bogotá desde 1984. Tímido y reservado, en el país se le conoce principalmente por ser el esposo de Esther Farfán, la famosa actriz y modelo colombiana de finales de los años 70. En Inglaterra acaba de aparecer la autobiografía de Oldham titulada Stoned, (Trabado). Para sorpresa de todos los que lo conocen en Colombia el relato de su vida se ha convertido en el gran best seller del Reino Unido y a finales del año será lanzado en el mercado norteamericano.

Oldham es una celebridad porque fue el hombre que descubrió a los Rolling Stones. Sin embargo el éxito de su libro radica en que, además de eso, es uno de los símbolos de los años 60, la época dorada del rock inglés, cuando grupos como los Beatles y los Rolling Stones habrían de cambiar para siempre no sólo la forma de hacer música sino la forma de vestir, vivir y hasta el comportamiento sexual de toda una generación.

A los 19 años él era uno de los motores de esa revolución. A esa edad ya había vivido mucho. Hijo ilegítimo de una bella australiana de origen judío cuya familia había emigrado a Inglaterra, Andrew nunca conoció a su padre, un piloto norteamericano que murió combatiendo en la Segunda Guerra Mundial antes de que él naciera. Su madre, una mujer de mucho carácter, decidió tener el hijo de esa breve relación y Oldham creció en medio de la austeridad y la dignidad de la Inglaterra de posguerra.

Rápidamente el muchacho demostró ser recursivo. Inteligente e indisciplinado fue expulsado de varios colegios antes de lanzarse a la escuela de la vida. Comenzó a practicar el rebusque con singular destreza. En una de sus aventuras conoció en la Costa Azul a Pablo Picasso, quien lo haría descubrir la marihuana. Poco tiempo después trabajó en Londres como asistente de Mary Quant, la inventora de la minifalda y posteriormente de Vidal Sasson, el peluquero que marcó esa época.

A los 18 se había convertido en lo que él describe como un publicista y promotor independiente. Conoció a John Lennon cuando los Beatles estaban comenzando su carrera y les ofreció sus servicios. Oldham hizo para ellos algunas de las fotos que inmortalizarían a ese grupo.

Su vida cambió el día en que fue invitado a un hotel en Richmond, un suburbio londinense, para ver un grupo desconocido que se llamaba los Rollin Stones. Inmediatamente se dio cuenta de que estaba ante un talento comparable al de los Beatles y que si se montaba a tiempo en ese bus se le convertiría en un Rolls-Royce. Para eso tendría que volverse su agente, un oficio que no conocía y que, además, estaba prohibido ejercer a los menores de 21 años, edad que aún no tenía. Se asoció con Eric Easton, un agente acreditado y reconocido y con éste se les presentó a los Rollin Stones. El que mandaba en ese momento no era Mick Jagger sino el guitarrista y fundador del grupo, Brian Jones, quien moriría ahogado en su piscina en julio de 1969.

Con Jagger silencioso al lado de él, Brian Jones negoció con Oldham el primer contrato del grupo para hacer discos y conciertos. Oldham hizo algunas exigencias. Era necesario cambiar el nombre de la agrupación de Rollin Stones a Rolling Stones. Según él, el nombre era bueno pero no podía tener ni abreviaciones ni coloquialismos. En segundo lugar había que bajar el número de sus integrantes de seis a cinco. El argumento era que las niñas adolescentes que se enloquecían con los cantantes de rock nunca iban a poder identificar a seis personas. Cuatro, como los Beatles, era el número ideal y, si la música lo requería, tocaba dejar un quinto. Pero no más.

La descabezada del sexto es uno de los actos de crueldad sicológica más grandes de la historia de la música. El criterio de selección fue sacar al teclista Ian Stewart solamente por ser el más feo. Según Oldham, no tenía la pinta requerida para ser parte de un grupo que iba a conquistar al mundo. Pero sin duda alguna la contribución más importante de Oldham a la causa fue convertirlos en la contraparte de los Beatles. Como él mismo lo dijo: el grupo que los papás adoraban odiar.

Con estos cambios Oldham y Easton coordinaron la grabación del primer disco de los Rolling Stones titulado Come on. Conseguir un contrato con una casa discográfica no era fácil. Al fin y al cabo por esas épocas los grupos musicales con sueños de triunfo eran tan abundantes como hoy lo son los portales de Internet. Oldham decidió jugarse el todo por el todo ofreciéndole sus clientes a la casa disquera Decca. Esta había pasado a la historia por haber rechazado a los Beatles y un vendedor carretudo como Oldham no se demoró mucho en dejarles claro que no contratarlos podría ser un error comparable. El argumento convenció y en 1963 salió al mercado Come on.

No fue un éxito monstruoso y Andrew Oldham decidió que para impulsar la causa le tocaría comprar cientos de ejemplares del disco a él mismo. El truco era fácil. Había 5.000 almacenes de discos en Inglaterra pero la organización que medía las ventas para los music charts semanales sólo controlaba 450 puntos. No había sino que identificar cuáles y comprar unos pocos discos en cada uno para crear el efecto de un mini boom. Dicho y hecho. De ahí se pasó a un segundo disco del grupo, I wanna be your man, compuesta por Lennon y Mc Cartney. Su amistad con los Beatles le permitió grabar ese tema, pero de ahí en adelante Oldham llegó a la conclusión de que si los Rolling Stones no componían sus propias canciones no llegarían muy lejos.

Mick Jagger y Keith Richards nunca habían hecho una canción y se aterraron cuando Oldham los encerró y les dijo que no salieran hasta que no hubieran producido una. Así sucedió y ese fue el verdadero despegue del grupo que hoy es conocido como la mejor banda de rock and roll de la historia.

El libro de Oldham, magistralmente escrito, termina en 1964 y el lector se queda sin saber qué pasó después. Por eso mismo, para los lectores colombianos falta un capítulo sobre su matrimonio con Esther Farfán cuyo hijo, Maximillian, es descrito por Oldham como su ‘mejor producción’. Según todos los testimonios ha sido una gran historia de amor. Se conocieron en 1974 cuando ella vivía en Londres y una noche fue a ver una obra de teatro titulada John, Paul, George, Ringo and Bert. Oldham llegó con un grupo de amigos y se sorprendió con la belleza de esta colombiana de piel de oliva. Se vieron durante un tiempo y posteriormente ella regresó a Colombia. El decidió ir a buscarla y acabó persiguiéndola hasta el festival de cine de Cartagena en febrero de 1975. Dos años después se casaron y vivieron en Nueva York durante siete años antes de instalarse en Colombia, país que habría de convertirse en el segundo gran amor de su vida.
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