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| 8/6/1984 12:00:00 AM

¿UN HIJO DE ULTRATUMBA?

Polémica en Francia porque una mujer quiere ser inseminada artificialmente con el semen de su esposo muerto.

¿Puede un muerto procrear? Esta pregunta que pudiera parecer como de Ripley, ha desatado, sin embargo, todo un alegato jurídico en Francia. En el centro de la polémica está una joven rubia de 21 años, Corinne Maitre, quien enviudó hace pocos meses.
Este caso compromete a la joven francesa, apoderada por la abogada Paul Lombard, y al Centro de Estudios de Conservación de la Esperma. En este Centro, Alain, el esposo de Corinne, víctima de un cáncer, resolvió, antes de ser sometido a un tratamiento de quimioterapia, depositar una muestra de su semen para que fuera conservado a 196 grados bajo cero en una pequeña probeta. El objetivo de Alain era evidente: que su joven esposa pudiera ser madre, aun si él llegara a quedar estéril. Alain no sobrevivió a la enfermedad y desde entonces comenzó la batalla de Corinne.
Poco tiempo después de la muerte de Alain, siguiendo lo que su abogado califica como "sentido común", Corinne se dirigió al Centro y solicitó ser inseminada artificialmente con el esperma de su esposo muerto. Pero el doctor Georges David, director del Centro, simplemente se opuso. Y lo había hecho en otra ocasión, meses antes, en un caso similar que un juez de Rennes resolvió encargando el semen a un notario y alegando que aquel hacía parte de la herencia del difunto. La actitud del juez revelaba en realidad el gran vacío jurídico que existe en esa materia.
Por su parte, la abogada Lombard, cuyo argumento central es el del "sentido común", sostiene que el Derecho de Familia francés, que data de la época de Napoleón, está desueto y que es necesario modificarlo para adecuarlo, entre otras cosas a los prodigiosos adelantos de la medicina. Legalmente en Francia, en la actualidad, una mujer soltera puede ser madre sin el concurso de un padre, utilizando la "ruleta rusa" de la inseminación artificial. Si esto es posible, alega Lombard, no se entiende cómo pueda encontrar oposición que una mujer quiera inseminarse con el semen de su propio marido. Si Corinne puede hacerlo con el esperma de un desconocido, nadie debería impedirle que lo haga con el de Alain.
Sin embargo, un jesuita biólogo que ha terciado en el debate, afirma que toda mujer fértil que quiera tener un hijo debe hacerlo con un hombre de carne y hueso. Además, afirma que la libertad de la mujer para procrear termina donde comienza la de su hijo por nacer. Esta no es, como pudiera pensarse, una moralista posición eclesiástica. Algunos psicológos la comparten y la apoyan con el siguiente argumento: está comprobado que los hijos de padres divorciados o los huérfanos de uno de los dos padres casi siempre resultan con perturbaciones psicológicas. Por esta razón, se oponen a que se cree una situación similar por medios artificiales.
Tony Lainé, analista y psiquiatra, asegura que para existir, "un niño debe encontrar una base sólida y segura en el conocimiento de sus orígenes. Es necesario que sienta, aún inconscientemente, que nació de la unión de un padre y una madre, animados por el mismo deseo de procrearlo. Sin esto, agrega, es imposible asegurarle un equilibrio psicológico". Su teoría va más allá y sostiene que más que el semen, el elemento esencial en la concepción de un nuevo ser, "es la posición que ocupa el padre en el deseo de la madre, en el deseo común de la pareja". Desde este punto de vista, habría que decir que cuando Alain depositó su esperma, lo hizo en previsión de quedar estéril, pero nada garantiza que él hubiera deseado un hijo post-mortem. Si bien Corinne afirma que le prometió a su esposo en su lecho de muerte que tendría un hijo suyo por inseminación artificial, no hay ningún documento escrito que lo pruebe.
Los argumentos en contra de la aspiración de Corinne también se esgrimen desde el campo de la antropología. Según algunos antropólogos, un niño "es el fruto del amor, concebido por la unión de los cuerpos que expresa la unión de los espíritus. A su vez, los espíritus se expresan a través de las palabras y si el marido está muerto, las palabras están ausentes. ¿Quién puede decir entonces que no es en contra de la voluntad del padre que Corinne desea un hijo suyo?". En todo caso, afirman, esta voluntad de tener un hijo post-mortem parece recordar una costumbre antigua según la cual una viuda debía casarse con el hermano del difunto, para asegurar la descendencia de la familia del varón.
Todos parecen preocupados por el futuro del hijo post-mortem y muy pocos por el bien de la madre. El jesuita, por ejemplo, asegura que hay algo de morboso en el rechazo de ella para aceptar la realidad. ¿Por qué desea Corinne mantener una ilusión?; se pregunta.
Pero Corinne y su abogada no están solas librando esta batalla. El doctor Sacha Heller, presidente del Centro de Investigación Funcional y del Estudio de la Reproducción, considera que el Centro que le está negando a Corinne la posibilidad de una inseminación artificial con el semen de su propio marido, está abusando de su poder. "La función de un centro de este tipo es ayudar y no juzgar", afirma Heller. El considera que la Iglesia Católica no debe terciar en la polémica, porque como es de todos sabido, se opone por principio a la fertilización médica fuera del matrimonio. Además, también rechaza el método por medio del cual se obtuvo el semen, o sea la masturbación, práctica considerada "intrínsecamente mala" según palabras de un portavoz del Vaticano.
El caso que conmueve a la opinión pública francesa confronta dos posiciones éticas. La primera, basada en la herencia cristiana y, la segunda, en la creciente liberalización de las costumbres. Más allá de las teorías y de los argumentos que desde diferentes campos se han lanzado para oponerse al deseo de Corinne, lo cierto es que ella cuenta con el apoyo de gran cantidad de mujeres francesas. La decisión está en manos de un juez para quien no será fácil dar un veredicto, pues no solamente se enfrenta a hechos poco comunes, sino que no cuenta con los instrumentos jurídicos suficientes para emitir un fallo ajustado a las nuevas realidades. Además, como lo afirma un comentarista, el problema está planteado desde un punto de vista moral, y "antes la moral era menos compleja. En los últimos 10 años, el nacimiento de los primeros bebés probeta, las transferencias de óvulos, las operaciones de los fetos, los abortos selectivos y obviamente la fertilización artificial, han enredado las cosas y ponen en tela de juicio la moral tradicional".
Si Corinne logra ganar la batalla para tener el hijo de Alain, su esposo muerto, es probable que muchos lo consideren un "hijo de ultratumba".
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