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| 3/16/1998 12:00:00 AM

UN HOMBRE DEL RENACIMIENTO

La muerte se llevó la semana pasada a Mauricio Obregón, un aventurero, intelectual y bohemio que marcó a toda una era.

Hay personas tan maravillosas y complejas que una sola palabra no basta para definirlas. Mauricio Obregón fue una de ellas. A los 77 años murió tranquilo sabiendo que había vivido intensamente cada día. A diferencia de otros hombres que dejan pasar la vida sin pena ni gloria, Obregón sacó el máximo provecho de cada momento de su existencia.El espíritu aventurero fue una constante de su trasegar. Quedó plasmado en cada una de las empresas que emprendió y que bien podrían estar consignadas en un libro al mejor estilo de las epopeyas de los héroes griegos. Como los grandes navegantes exploró los mares del mundo; hizo las rutas marítimas de Magallanes, los polinesios, los argonautas y los vikingos; en 1968 predijo el lugar en el que se encontraban hundidas dos de las carabelas que Colón usó en su cuarto viaje; recorrió extensos territorios al mando de su propia avioneta y, como si fuera poco, tuvo acceso a secretos de la Nasa.Desde muy joven demostró inclinación hacia la investigación y el análisis. Su afán por encontrar respuesta a numerosas inquietudes lo llevó a estudiar ingeniería, aeronáutica y arquitectura en las universidades de Oxford, Massachusetts Institute of Technology _MIT_ y Harvard. Hombre de ciencias y de letras, Mauricio Obregón parecía escapado del Renacimiento. Su sed de conocimientos no tenía límites. Por eso, como la ingeniería no le era suficiente, indagó en campos como el arte, la historia, la ecología, la política y la literatura, y logró que muchos de sus ambiciosos proyectos no quedaran en el papel. Creó la aerolínea Lansa, construyó aeropuertos, dio origen al Museo Naval de Cartagena y fue uno de los fundadores de la Universidad de los Andes en 1948, para competir con las mejores del mundo.
Fue, en 1942, el primer piloto privado del país; estuvo en Cabo Cañaveral en 1967 para asistir al primer acople de dos cápsulas en el espacio; fue presidente de la Federación Aeronáutica Internacional; fundó la Aeronáutica Civil; fue el primer extranjero nombrado miembro del consejo de Harvard; fue rector de Los Andes y con la complicidad de uno de sus mejores amigos, el almirante Samuel Morison, reconstruyó los viajes de Colón y realizó expediciones arqueológicas en las costas de Jamaica y Colombia.Su condición de viajero impenitente no le impidió formar una familia y mantenerla unida. Su esposa y sus seis hijos no fueron ajenos a sus largas y fantásticas travesías alrededor del mundo. Pero no sólo como observadores o simples acompañantes. En muchas de ellas le sirvieron de grumetes, asistentes, dibujantes y fotógrafos.
Navegante soñador
Extrovertido y vital, irradiaba tanta energía que pocos podían negarse a acolitarle sus locuras por extrañas que fueran. Según Beltrán, su hijo menor, su padre les enseñó que podían realizar lo que quisieran y les aconsejaba no encasillarse en los límites de la profesión que habían escogido. El mismo lo hacía siempre. Cuando tenía oportunidad se escapaba de las aulas de la Universidad de los Andes, donde dictaba una cátedra sobre historia de los descubrimientos, para recorrer el mundo en busca de nuevas historias que contar.
Colombiano furibundo, a pesar de haber nacido en Barcelona y haber vivido en Europa la mayor parte de su infancia, Obregón llevaba el amor por Colombia en la sangre. Así lo consignó en su columna de El Tiempo, 'De cóndores y sirenas', cuando escribió: "Para un gitano como yo, en el mundo hay muchas tierras inolvidables, pero la mía es ésta". Pero entre todas las regiones, Santa Marta y Cartagena lo embrujaban como embrujaron a su primo, el pintor Alejandro Obregón, con quien compartió su pasión por el arte y el mar. Era ese rastro de arraigo el que siempre lo hacía regresar de sus viajes y expediciones. Volvía para poner en práctica lo que veía en el extranjero. Según Carlos Angulo, rector de la Universidad de los Andes, gran parte de las transformaciones que sufrió la universidad se deben a Obregón, quien luego de cada viaje llamaba al rector para proponer nuevas ideas. Era tal su interés por la educación y para que la gente aprendiera, que abría sus clases a más personas de las que se inscribían. Le parecía injusto cerrarles las puertas a muchachos con deseos de saber.
Pero Obregón no se limitó a investigar la realidad histórica. Más allá de los hechos y las fechas, se dejó arrastrar por la fantasía y el mundo de lo irreal. Fanático de la mitología, se dedicó a buscar leyendas y tradiciones de diferentes culturas y en algunos de sus libros como, Siete Hechiceras, las volcó en cuentos.Hombre fiel a sus principios, amigo entrañable e investigador insaciable, Mauricio Obregón no sólo dejó un enorme legado a su familia, sino una gran enseñanza para aquellos que piensan que en Colombia no es posible llevar a cabo grandes empresas: "Los sueños hay que realizarlos... pero para disfrutarlos, conviene sobrevivir".
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