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| 3/20/2005 12:00:00 AM

Un viaje profético

Hace un siglo murió Julio Verne, el visionario padre de la ciencia ficción cuyas obras han sido traducidas a más de 112 idiomas.

En la tumba de Julio Verne hay un epitafio: "Hacia la inmortalidad y la eterna juventud". Como si estuviese resucitando, su busto brota de la tierra con su brazo derecho y su mirada proyectados hacia el cielo. La escultura bien podría ser, emergiendo de las profundidades, su álter ego, el capitán Nemo. El personaje de 20.000 leguas de viaje submarino con quien el escritor francés expresó su fascinación por el amor de su vida: el mar.

Verne nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, un puerto de gran actividad comercial, depositario de noticias de todo el mundo y en donde él se enteraba de las aventuras y leyendas de marineros y exploradores. Su padre era un abogado exitoso y obsesionado con la exactitud, a tal punto que tenía un telescopio apuntado hacia la torre de una iglesia cercana para saber siempre la hora precisa. Su madre, una mujer instruida, provenía de una familia acomodada de marinos y propietarios de barcos.

Julio Verne quería desde pequeño ser navegante y convertirse en héroe. A la edad de 11 años intentó fugarse en un navío hacia la India, pero su padre pudo impedírselo. Él confesó que había partido para traerle un collar de coral a su prima Caroline Tronson. Tras ser azotado, prometió: "Viajaré tan sólo en mis fantasías". En 1848, un año después de haber sufrido el rechazo y posterior matrimonio de su amada Caroline, su padre lo mandó a estudiar a la Escuela de Leyes de París con la idea de dejarle su bufete.

Verne, instalado en el Barrio Latino, apenas recibía de su padre lo necesario para sus gastos. Con tal de comprar las obras completas de Shakespeare y Molière tuvo que pasar varios días alimentándose de pan y leche. Sus calcetines parecían "una tela de araña en la que hubiera permanecido varias horas un hipopótamo" y no tenía sino un saco raído. Por fortuna conoció a Alejandro Dumas padre, que patrocinó la puesta en escena de su comedia Las pajas rotas, que pese a haber estado sólo 12 días en escena le dio cierto renombre.

Al terminar su carrera de leyes le escribió a su padre que su porvenir estaba en la literatura y no en el derecho. Asistía a la Biblioteca Nacional para investigar sobre todas las ciencias. Allí descubrió a Édgar Allan Poe, el precursor de 'la técnica de la verosimilitud científica' en las historias, recurso que las hacía mucho más realistas. Verne intuyó que el camino del éxito estaba en su idea de crear la novela científica.

En 1856, en un viaje a Amiens, conoció a Honorine Hébé Morel, una viuda de 26 años con dos hijas y cuyo hermano ganaba buen dinero en la bolsa. Verne, decidido a casarse con ella, pidió a su padre la suma necesaria para trabajar en lo mismo que su futuro cuñado, sin abandonar su vocación literaria. En 1860, tres años después de su matrimonio, Verne trabajaba duro, le iba bien en la bolsa y sacaba tiempo para escribir e investigar en la biblioteca. A esas alturas, el autor de La vuelta al mundo en 80 días se mostraba más interesado en el estudio de los principios de la aeronáutica que en la felicidad de su vida conyugal. A tal punto, que casi no llegó a tiempo a su casa para asistir al nacimiento de Michel, a la postre su único hijo. Los llantos del bebé le exasperaban porque le impedían concentrarse en su labor.

Su primera novela de aventuras, rechazada por todos los editores excepto por Jules Hetzel, se publicó por fin en 1863. Gracias a Cinco semanas en globo, Verne se hallaba, a sus 35 años, en la cresta de la ola. La obra se convirtió en un éxito. El escritor, ya a punto de hacerse rico, firmó un contrato con Hetzel en el que se comprometía a producir dos novelas anuales durante 20 años.

Hetzel le sugirió incorporar romances en sus novelas, pero Verne le respondió que le parecía innecesario: "El amor es una pasión que lo absorbe todo y que deja muy poco espacio libre en el alma. Mis héroes necesitan todo su juicio y sería una lástima que la presencia de una encantadora señorita interfiriera con sus objetivos". Y así era su vida: sin encanto sexual. Tal vez porque nunca amó a su esposa. "Aburrirse solo en la vida es malo, aburrirse dos es peor", había dicho alguno de sus personajes. Además, desde su infancia, su hijo había mostrado un carácter perturbado que lo llevó a convertirse en delincuente juvenil.

Como consuelo, hacia el final de su vida, Verne descubrió el amor en una misteriosa mujer de Asnières con quien se reunía en sus frecuentes viajes a París. Sus mayores pesares comenzaron cuando ella falleció, en 1885. Un año después, una noche, cuando regresaba a pie a su casa luego de haber salido de la biblioteca, un sobrino loco le dio un tiro en un pie y lo dejó cojo. Y una semana más tarde murió Hetzel. Su capacidad de trabajo ya no era la misma por causa de lo que él llamaba "el calambre del escritor", que le paralizaba la mano y le hacía doloroso el acto de escribir. Tampoco oía ni veía bien. Y la diabetes ya le estaba arrastrando hacia la tumba.

En 1895, su fama se había devuelto en su contra: la leyenda de que era imposible que él hubiera podido crear tantas novelas sin ayuda, y de que en consecuencia tenía que haber contado con varios colaboradores, tomó fuerza. Quizá por eso dijo: "Me siento el más desconocido de los hombres". Un año después, su pena se agudizó con la muerte de su hermano Paul. Su última alegría fue la reconciliación con su hijo y el empeño que puso éste en trabajar a su lado. Murió el 24 de marzo de 1905.

De sus libros se hicieron cerca de 100 adaptaciones cinematográficas. La primera de ellas, la que rodó Georges Méliès en 1902, sobre Un viaje a la Luna.

Verne, creador de la famosa serie de los Viajes Extraordinarios, gracias a su fantasía y a sus investigaciones organizadas en más de un millón de fichas, había imaginado la realidad del futuro: submarinos, cohetes espaciales, helicópteros, aire acondicionado, trenes ligeros, automóviles impulsados por hidrógeno, misiles dirigidos e imágenes en movimiento.
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