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| 10/30/2011 12:00:00 AM

Una espía de película

A propósito del estreno de 'Fair Game', SEMANA habló con Valerie Plame, la agente de la CIA que inspiró la trama y fue traicionada por el gobierno estadounidense.

Desde pequeña, Valerie Plame, analista de armas de destrucción masiva de la CIA, creció con la idea de que algún día trabajaría en el sector público. Su papá era un oficial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que había luchado en la Segunda Guerra Mundial y su hermano, un marino herido en Vietnam. "Me volví espía porque era una manera de servirle a mi país, pero de una forma más interesante", contó a SEMANA. Fue una alumna destacada en los intensos entrenamientos de la Agencia Central de Inteligencia y, pese a los constantes peligros a los que se exponía, se casó con el diplomático Joseph C. Wilson, con quien tuvo mellizos. Había encontrado el equilibrio perfecto entre su papel de madre y esposa y su rol como agente encubierta, hasta que el gobierno de George W. Bush la delató en 2003 para castigar a su esposo, que había denunciado las mentiras con las que se trataba de justificar la invasión en Irak.

Ocho años después, el director Doug Liman (La supremacía Bourne) decidió llevar su historia al cine. El resultado es Fair Game (Juego de traiciones), protagonizada por Naomi Watts y Sean Penn, que se estrenó en el país hace pocos días. "No podíamos pedir mejores actores para que nos interpretaran. Ambos siguieron el caso con atención y desde el principio estuvieron dispuestos a trabajar en el proyecto", explica Valerie. Ella y su marido asesoraron a Liman y su equipo e incluso estuvieron presentes en las grabaciones. "Pasar de ser una agente encubierta a trabajar en Hollywood no ha sido fácil, pero estamos muy orgullosos con la película porque cuenta realmente cómo ocurrió todo".

El calvario de Valerie empezó cuando su esposo escribió una columna en el Op-ed de The New York Times el 6 de julio de 2003, en la que derribaba la teoría presentada por Bush en el discurso del Estado de la Unión según la cual Sadam Hussein le estaba comprando uranio enriquecido a Níger para fabricar armas de destrucción masiva. Wilson no solo tenía muy buenas credenciales (había hecho parte del cuerpo diplomático en Niamey y Bagdad), sino que la CIA, por petición de la oficina del vicepresidente Dick Cheney, lo había enviado a ese país africano en febrero de 2002 para averiguar si efectivamente se estaba llevando a cabo tal operación. Sus hallazgos lo llevaron a concluir que el negocio nunca se había realizado, y cuando los altos mandos del gobierno conocieron su investigación, hicieron caso omiso a sus recomendaciones y siguieron adelante con la mentira.

La denuncia desató un gran escándalo y la Casa Blanca no se quedó de brazos cruzados. Ocho días después del artículo de Wilson, Robert Novak, columnista conservador de The Washington Post, publicó un artículo en el que defendía la posición del mandatario y dejaba al descubierto la identidad de Valerie. Su argumento era que ella había recomendado a su marido para la misión de Níger como un favor personal. La revelación, además de confirmar la existencia de una campaña de desprestigio contra Wilson, acabó con la carrera de su mujer. "Fue muy oscura la forma como la administración Bush trató de destruir nuestra vida, el negocio de mi esposo y mi trabajo", señala Valerie.

A partir de entonces, era imposible que siguiera siendo espía. El hecho de que su nombre hubiera quedado en evidencia puso en riesgo la vida de sus fuentes y arruinó todas sus operaciones. "Amaba lo que hacía. Me dio mucha rabia lo que esa gente hizo como parte de su juego político", admite. En su columna, Novak citaba a funcionarios de alto nivel como los responsables de filtrarle la información. En 2006 se supo que se trataba de Lewis 'Scooter' Libby, jefe de gabinete del vicepresidente; Richard Armitage, subsecretario de Estado, y Karl Rove, consejero presidencial. Valerie los demandó penalmente, pues revelar el nombre de agentes encubiertos es un delito que las leyes federales castigan con diez años de cárcel. Sin embargo, al final solo terminó implicado Libby, quien fue condenado a 30 meses de prisión, pena que Bush conmutó. Después de todo, como alguna vez lo explicó Rove, Valerie era una "víctima necesaria".

Aun así, Wilson emprendió una ofensiva mediática para limpiar su nombre y el de su esposa. En 2004 publicó The Politics of Truth, una obra en la que vuelve a cuestionar la guerra en Irak. Valerie solo accedió a hablar tres años después y, al igual que él, escribió un libro con su versión, que lleva el mismo nombre de la película. Su decisión de ventilar la traición del gobierno estadounidense nada tenía que ver con su afán de figurar. Simplemente era la única manera de proteger a sus seres queridos. "Podían quitarnos cualquier cosa, menos nuestra familia. Con Joe nos esforzamos muy duro para salvar la relación, que estuvo en peligro, y todavía estamos reconstruyendo nuestras vidas", reconoce Valerie.

La pareja, casada desde 1998, hoy vive en Santa Fe, Nuevo México. "Estamos muy felices de estar alejados de Washington. Ahora estoy escribiendo una novela de espionaje y también colaboro con la campaña Global Zero, que promueve la eliminación de las armas nucleares. El tema me apasiona tanto que encontré la forma de seguir involucrada, así no sea haciendo labores de inteligencia". Pese a que Fair Game se ha presentado en más de 20 países, Valerie todavía no se acostumbra a ver su historia en la pantalla grande. "Es extraño, pero de todos modos con mi esposo sabemos que una película les llega a más personas y permite entender que en una democracia es esencial pedirle cuentas al gobierno. Queríamos que fuera entretenida pero a la vez que sirviera como un recordatorio de la difícil década que atravesamos desde el 11 de septiembre".
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