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| 2/18/2012 12:00:00 AM

Una fuga de película

En la Segunda Guerra Mundial siete hombres escaparon de un campo de concentración soviético, recorrieron a pie 6.000 kilómetros y atravesaron el Himalaya hasta la India. Su travesía inspiró un 'best seller' y la cinta 'Camino a la Libertad'.

En una habitación oscura la Policía Secreta de la Unión Soviética interroga brutalmente a Slavomir Rawicz, un oficial polaco acusado de espionaje. Más de 11 meses de torturas no han sido suficientes para hacerlo hablar. Sin embargo, su confesión ya no es necesaria. La puerta se abre y, en vez de un oficial, aparece su esposa llorando. Tiene la cara llena de golpes y sangre en las manos. Ni siquiera lo mira a los ojos, apenas lo señala y con su voz entrecortada dice: "¡Él es el traidor!". Un tribunal lo condena a pasar 25 años en un campo de concentración e inmediatamente lo trasladan a Siberia.

Allí Rawicz es forzado a trabajar día y noche partiendo rocas en las minas, se alimenta con las sobras de sus carceleros, vive en hacinamiento y los guardias lo golpean constantemente y le apuntan un revólver a la cabeza. Cansado de vivir con miedo, decide escapar aunque signifique morir. En medio de una tormenta de nieve cava bajo los alambres de púas, se escabulle y comienza a correr. El viento es tan fuerte que borra sus huellas y le impide a los guardias seguirlo.

Así empieza la fuga más heroica de la Segunda Guerra Mundial, que inspiró a aventureros de todo el mundo que han intentado repetir la travesía, y fue inmortalizada en 1956 en el best seller The Long Walk. El libro vendió más de 500.000 copias, fue traducido a 25 idiomas e inspiró la película Camino a la libertad de Peter Weir, el director de El club de los poetas muertos y El show de Truman. Su estreno en Colombia ha hecho recordar esta historia de supervivencia, valentía y solidaridad.

Rawicz caminó durante 11 meses más de 6.000 kilómetros desde los bosques helados de Siberia, por las llanuras mongolas, el desierto de Gobi, la cordillera del Himalaya y el Tíbet, hasta llegar a la India. El oficial polaco no estuvo solo en su aventura. Lo acompañaron un ingeniero estadounidense, un criminal ruso, un contador yugoslavo, y tres compatriotas, entre ellos, un cocinero con ínfulas de pintor, un sacerdote y un joven actor que se perdió la primera noche de la fuga y murió congelado. Todos, en su mayoría presos políticos, apoyaron su plan suicida y lo siguieron a través de la ventisca en su marcha hacia el sur.

Kilómetros antes de llegar a la frontera con China, una huérfana que huía de los rusos les pidió clemencia y terminó integrándose a la expedición. Todos se convirtieron en una gran familia y cruzaron los límites de la resistencia humana. Soportaron el hambre y la sed, el sueño y el cansancio, el frío y luego el calor, huyeron de las tribus hostiles de los nómadas en China y Mongolia, se enfrentaron a lobos y a enjambres de mosquitos y sobrevivieron a las tormentas de nieve y de arena. Encontraron la felicidad en los pozos de agua que hallaron en el desierto, en un venado atrapado en una zanja que les calmó el apetito y en la carne de las serpientes venenosas.

No todos llegaron a la India. Dos polacos y la mujer murieron a mitad del recorrido. El escorbuto, la gangrena y la deshidratación les cobraron su cuota. Incluso los cuatro sobrevivientes casi pierden la esperanza cuando estaban a punto de pisar territorio hindú. Vieron que un vehículo militar se les acercaba y creyeron que serían capturados nuevamente. Sin embargo, no se trataba de oficiales enemigos, sino de gurkas, los soldados nepalíes al servicio del Ejército británico. Su largo viaje había terminado y por fin eran libres.
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