Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/03/17 00:00

UNA GRAN DAMA

Murió Elvira Martínez de Nieto, una mujer elegante y discreta quien congregó alrededor suyo el mundo del arte y la cultura de toda una generación.

UNA GRAN DAMA

El genio de Marcel Proust fue haber señalado en su imaginaria sociedad aristocrática francesa del siglo XIX los diversos ejemplares paradigmáticos de la variedad mundana. Toda sociedad produce detiempo en tiempo una mujer de excepción que estimula con su gracia a los grandes creadores del arte y la literatura,como la inmortal Duquesa de la novela proustiana.Elvira Martínez de Nieto, quien falleció el miércoles último, fue, en la vieja sociedad bogotana, discreta animadora de nuestros artistas. No hablaba, pero sabía hacer hablar, que era el atributo que le señalaban sus biógrafos a Madame Recamier. Si a alguien pudiera equipararse en nuestro medio es a Nicolás Gómez Dávila, recientemente fallecido, flor de ese mismo jardín elitista.Era, ante todo, una refinada coleccionista: de cuadros de nuestros pintores más cotizados, de libros raros, de objetos que pertenecieron a José Asunción Silva y que le regaló su sobrino, Camilo de Brigard, de partituras y discos de música selecta; pero, por sobre todo, una coleccionista de una cohorte de amigos y amigas, para quienes su muerte entraña un duro golpe.En el salón de la señora de Nieto se daba cita todo el talento de su tiempo, empezando por su hermano, el inolvidable Hernando Martínez, Martignon, autor de versos jocosos y plagios inimitables de nuestros poetas. Hacían parte de su círculo de amigos, hace ya muchos años, Jorge Cárdenas, Sofía Urrutia, Jorge Rojas, Rafael Puyana y Cecilia Caballero de López.Elvira era el adorno de nuestra ciudad capital y desfilaba por las calles centrales con su lebrel ruso 'Cachú' y Gómez Campuzano la inmortalizó con un clavel en la mano, al estilo de las jovencitas de su tiempo: Emma Reyes, Beatriz y Josefina Dávila, Helena Casabianca y Helena Salazar, Dora Cajiao, Beatriz Salazar, Lina Rodríguez y María Teresa Valenzuela... para enumerar sino unas pocas y guardar en reserva los nombres de tantos y tantos varones que, a través de los años, aspiraron a su mano sin éxito, hasta cuando apareció Carlos Nieto Torres, su efímero príncipe azul.Murió como había vivido. Sus honras fúnebres duraron dos horas y media en la solariega iglesia de San Diego, adornada con flores de 'La Conchita', mientras un laúd reproducía su música barroca favorita, para deleite de sus amigos compungidos con tan irreparable pérdida. Era una refinada coleccionista de cuadros, de libros y sobre todo de amigos

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