Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/11/03 00:00

Una gringa cachaca

June Carolyn Erlick, una periodista estadounidense que conoce Bogotá como pocos, muestra en un nuevo libro una mirada personal y cariñosa de los cambios que ha vivido la capital.

June Carolyn Erlick es una pupila de las primeras olas del feminismo en Estado Unidos. Todos la describen como una mujer cariñosa y maternal.

Cuando la periodista June Carolyn Erlick quiere hacer énfasis sobre un punto, repite la palabra tres veces. Cuando explica qué necesita para sentarse a escribir dice: "café, café, café", o si se le pregunta cómo fue el trabajo con su traductora Patricia Torres responde: "excelente, excelente, excelente". Como si la palabra no fuera suficientemente poderosa para expresar toda la carga emocional que tiene. Ella ha vivido en Bogotá durante dos importantes etapas de su vida y en su más reciente estadía decidió escribir un libro de memorias y crónicas de la ciudad que dejó en 1984, y la metrópoli con la que se reencontró en 2005. Se titula Una gringa en Bogotá y será lanzado el 7 de noviembre.

En 1975 llegó por primera vez a Colombia. En principio este sería sólo uno de los destinos de su viaje de un año por Latinoamérica. Después de estudiar filosofía, hacer una maestría en periodismo en la Universidad de Columbia y trabajar durante un lustro, a los 28 años decidió conocer esa parte del mundo que tanto le atraía. Pero durante una caminata por la séptima se enamoró perdidamente de Bogotá. Y luego fue el destino el que ayudó a consumar ese amor, cuando al seguir con su viaje por el país llegó a Cali donde, sin buscar, le ofrecieron el puesto de editora del Cali Chronicle, el suplemento en inglés del periódico El País. Su trabajo sería en Bogotá y la que era una visita de sólo unas cuantas semanas se alargó nueve años. "Colombia era exótica en muchos sentidos. Pero más allá de ser exótica, se había convertido en mi casa", escribe June en su libro. Y sigue siendo su casa, aunque ahora viva en Boston y sea la directora de publicaciones del Centro David Rockefeller para estudios latinoamericanos en Harvard. Después de su "primera ronda" en Bogotá, como lo llama ella, visitó la capital anualmente durante las festividades navideñas. Pero las ganas de volver a vivir acá eran muy grandes, por eso aprovechó la oportunidad de regresar al ganar una beca Fulbright con la que vino a crear un programa de maestría en periodismo en la Universidad Nacional, que todavía no ha sido puesto en marcha.

De vuelta en la capital, descubrió que su amada ciudad se había transformado no sólo en la parte urbanística, sino que también se habían dado cambios importantes en la cultura y las costumbres. "Hay un sentido de ciudadanía que no existía antes. En la primera ronda yo tenía muchos amigos de otras partes de Colombia que ni siquiera se identificaban como residentes de Bogotá. Ahora la gente cuida su ciudad", explicó Erlick a SEMANA. Por eso dedicó los miércoles y los jueves de todo un año a redactar lo que iba viendo, las historias que recordaba y las cosas que le pasaban.

Amante de la fritanga, el chunchullo, los mojicones y la lengua en salsa, asegura que aunque le encanta la comida tradicional, no le gusta el chocolate santafereño. Escribió el texto en 'spanglish', pues aunque habla un perfecto español, a veces las palabras se le aparecían en inglés. Ha vivido siempre en el centro y ha recorrido gran parte de la capital a pie. Pero tuvo un gran inconveniente durante su 'segunda ronda' en Bogotá. Aunque se declara admiradora del TransMilenio, lo que no quiere decir que le parezca que funciona a la perfección, sufre de vértigo y miedo a las alturas, por lo cual los puentes peatonales se han convertido en un obstáculo para ella.

"Me parece que rara vez tenemos una mirada tan fresca sobre el país, sin ser idealizada. Es un análisis con mucha comprensión, como cuando alguien que te quiere te dice las cosas sin prejuicio", dijo a SEMANA Juanita León, periodista y amiga de June desde hace varios años.

Esta hippie de faldas largas y pelo gris cree que Bogotá vive un momento de gran esperanza. Y como el tres parece ser su número de suerte y lo usa para reiterar sus emociones, la 'tercera ronda' podría estar cerca y ser la definitiva, en donde entregue el resto de su vida a ver los atardeceres de colores que tanto la enamoraron.

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