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| 9/26/2009 12:00:00 AM

Una mirada y mil besos

Ruven Afanador, el famoso fotógrafo colombiano de moda y celebridades, lanza su nuevo libro como un homenaje a la mujer.

Salma Hayek, Al Pacino, Bill Clinton, Kate Winslet, Jennifer Aniston, Nicole Kidman, Jennifer López, Scarlett Johansson, Bono... cuántos personajes famosos han desnudado su alma frente a la cámara de Ruven Afanador. Las imágenes tomadas por el artista colombiano han adornado con su mirada poco convencional y atrevida reconocidas publicaciones como Vanity Fair, Elle, The New Yorker, Marie Claire y The New York Times Magazine, entre otras, y ha hecho videos musicales, incluido uno de Lenny Kravitz. Las casas de moda lo buscan para que le imprima su magia a los diseños y su estilo ha inspirado las creaciones de grandes de la alta costura como Jean-Paul Gaultier. Pero en esa larga lista le había faltado retratar a una modelo, su musa en muchos de sus trabajos: su mamá.

Isabel Peña de Afanador se convirtió en inspiración y protagonista de su nuevo libro, Mil besos, en el que Ruven rinde un homenaje a las mujeres a través de las 'cantaoras' de flamenco que aparecen en 180 imágenes en su tradicional blanco y negro. El proyecto duró casi tres años y lo más difícil fue llevarlo a cabo en medio de su apretada agenda. Él, que es un fotógrafo de modas cuyo lente está acostumbrado a los cuerpos esculturales de las modelos más reconocidas y que en sus anteriores libros Torero y Sombra había retratado matadores y bailarines de siluetas perfectas, está vez captó a mujeres voluminosas, muchas de ellas anónimas, algunas niñas, otras de piel arrugada por los años, pero todas con la pasión gitana en sus venas, transmitida por generaciones. "En una época en que la moda no celebra la gordura ni la edad quise mostrar la pasión y la fuerza escénica de la feminidad de estas mujeres", comenta Ruven, quien recuerda con cariño cómo ellas lucían con altivez ropa de Versace, Gaultier, John Galliano, Isabel Toledo y Roberto Cavalli, hecha para modelos, que combinaban graciosamente con sus propias prendas. "Su sensualidad sigue intacta aunque tengan 80 ó 90 años". Y pese a que su mamá ni canta ni baila los ritmos españoles, para él siempre ha tenido ese mismo espíritu.

"A excepción de Isabel, el libro tiene la ventaja de que todas las damas que aparecen son feas, y para ver la belleza hay que mirarlas de dentro hacia fuera... ¡Y resultan qué mujeres tan hermosas! Es muy difícil para un fotógrafo captar la alegría, la energía, cómo se va a hacer si no es algo tangible. Pero uno las puede sentir", confiesa Enrique Afanador, el papá de Ruven, quien fue fotógrafo en su juventud.

Quizás lo dice porque el principal talento de su hijo es ver lo imperceptible, captar el momento en el que el otro muestra su esencia. Ruven lo llama la "sorpresa", y asegura que siempre tiene todos los detalles listos para estar preparado cuando llegue, porque "no basta con hacer clic. Este es sólo un paso para lograrlo". Por eso a veces prepara una historia en torno a las fotos, dibuja cómo quiere un peinado, un adorno y hasta el maquillaje, o prepara libros completos con imágenes del estilo que busca, que entrega a su productora Mónica Scarello para que traduzca en realidad sus fantasías: "Trabaja como un director de cine que piensa en todo y así logra sublimar lo bello y sacar el talento del otro. Es disciplinado y tranquilo, porque su cabeza es la que corre", cuenta ella.

Una de sus 'sorpresas' ocurrió durante la hechura de Mil besos con Antonia la de María Vega, una mujer casi nonagenaria que pese a tener problemas de visión y dificultad para caminar sigue siendo mentora de las más jóvenes. Como suele hacerlo, el fotógrafo acompañó la sesión con música, en esta oportunidad en vivo con un cantaor flamenco y un guitarrista. "Era como si se le fueran yendo los años, yo la fui llevando, hasta que terminó levantándose la falda... Nunca sabes qué te va a dar el personaje".

Por eso admite que pese a más de dos décadas de carrera y sin importar si se trata de personas comunes y corrientes o celebridades, él se siente nervioso como muchos de sus fotografiados al comenzar la jornada. Con la ganadora del Oscar, la actriz australiana Cate Blanchett, el momento ideal del cual habla, empezó a aparecer cuando después de varias fotos se fue a cambiar de ropa. "Entonces me di cuenta de que tenía una faja en todo su cuerpo color piel y sólo vestida con eso salió en la portada de 'Vanity Fair'". También cuenta que ha disfrutado mucho con Salma Hayek "porque tiene esa picardía", que ha gozado de la chispa de la actriz española Rossy de Palma en su estudio y que Drew Barrymore se presta para todo y juega como una niña. "Mis personajes favoritos son los que tienen un abandono, que son libres y se entregan al momento". En otros casos le ha costado más trabajo, como ocurrió con Bill Clinton. "Es difícil cuando la persona tiene un 'look' muy definido, gente detrás cuidando su imagen y no puedes transformarla mucho. Pero igual conseguí que se viera más íntimo poniéndole una corbata rosada, haciéndolo quitarse la chaqueta y con una buena iluminación". Al final terminaron hablando de Colombia y Ruven le envió los saludos de su mamá, que aún se emociona con que su hijo se codee con famosos. Gabriel García Márquez también rechazó todas sus ideas, excepto ponerse una ruana. La 'sorpresa' llegó cuando el Nobel quiso mostrarle cómo se ponía ese accesorio en su época universitaria. "Rompo el hielo con la cámara. Cuando la tengo enfrente soy capaz de decir más. Y si se trata de personajes, prefiero no saber mucho de ellos, como no ver la película que han hecho o el libro que han escrito, eso me intimida".

Asegura que se quedó con las ganas de retratar a Fanny Mikey. La había invitado a ser parte de Mil besos porque "ella encajaba en ese tipo de mujer apasionada que buscaba. Ambos lo hubiéramos disfrutado". Por eso en honor a ella en el Festival Iberoamericano de Teatro del próximo año exhibirá a sus flamencas en la Plaza de Bolívar.

Aunque su obra tenga por escenario Andalucía, como en este libro, Nueva York, donde reside, o cualquier parte del mundo, siempre ha tenido, de manera casi imperceptible, un toque de esa Bucaramanga donde creció. "No hay foto que yo no pueda conectar a Colombia, las iglesias, las paredes de barro pintadas con cal blanca de la casa de mi abuelo, donde iba todos los domingos en las afueras de Rionegro, Santander, la mesa de madera y el taburete de la entrada siempre aparecen en la lista de escenografía que hago". Pero esta vez el recuerdo que quiso evocar con más fuerza es el más imborrable de su infancia: "El de mi mamá con su vanidad natural peinándose su pelo hasta la cintura frente al espejo. Una imagen que ha sido recurrente en mis trabajos. Con el libro quise hacer un tributo a lo que ella ha representado en mi vida".

La idea de incluir a Isabel en Mil besos surgió durante la exposición de algunas de las fotografías en su debut en la Bienal de Flamenco en Sevilla en septiembre del año pasado. "Me dijo que quería tomarme una foto en su estilo porque nunca lo había hecho, pero yo no tenía idea de que me iba a sacar en el libro. Como no tenía un espejo al frente no vi que los maquilladores me estaban pintando de negro los labios, además me pusieron extensiones en el pelo, Ruven me vistió con una capa negra y resignada me senté en 'el banco de los acusados'", cuenta Isabel. "Hasta me decía que cantara como se lo pedía a las flamencas". Semanas después el fotógrafo le entregó a su mamá el libro envuelto en una imagen de ella en sus años de juventud. Cuando encontró su foto y la dedicatoria quedó muda de la emoción. "Y era aún más hermosa", fue lo único que pudo decir su padre con lágrimas de nostalgia.

En ese momento volvió a su memoria su hijo pequeño paseándose frente a Foto Serrano en el centro de Bucaramanga porque le encantaba "el 'glamour'" de aquellos retratos de quinceañeras y novias en la vitrina. "Siempre fue muy creativo, pintaba lo que se imaginaba, montaba obras de teatro con sus tres hermanas representando episodios bíblicos y tocaba piano", señala Isabel. En 1973, cuando Ruven tenía 14 años, la familia lo dejó todo, la relojería del papá y la dirección del colegio adventista a cargo de su mamá, para trasladarse a Michigan en busca de una mejor educación para sus hijos.

Ruven comenta que al salir del colegio no tenía idea de qué hacer con su vida y decidió imitar a muchos de sus amigos que empezaron la carrera de economía. Luego de un semestre pasó a diseño gráfico, hasta que decidió que lo suyo era la escultura. Uno de los requisitos para avanzar en sus estudios era tomar clases de fotografía. "Yo sólo quería hacer cosas en cerámica, no me interesaban los químicos, ni el cuarto oscuro y postergué la clase hasta que ya no me lo permitieron". Y entonces ocurrió la mayor 'sorpresa' de su vida. Su primer trabajo fue dedicarse durante una semana a tomar fotos de un tema libre y Ruven (cuyo nombre de nacimiento era con 'b', pero lo cambió para que la pronunciación fuera más fácil en el exterior) se fue a Georgetown, en Washington, "con la intención de divertirme porque es un sitio muy movido. Me encantó cómo vestían las mujeres pero como me daba pena pedirles que posaran, me concentré en tomar fotos a los zapatos y las piernas". Al poco tiempo le comentó a sus papás su decisión de estudiar fotografía. "No estábamos bien económicamente y yo sabía lo complicado que era trabajar en eso, pero aun así le compramos su Minolta", explica Enrique, quien conserva esa primera cámara.

Ruven todavía recuerda las palabras de su profesor cuando por fin se graduó: "Me dijo que yo era el tipo de fotógrafo que sólo tendría éxito si encajaba en ciertos lugares, y que él lo veía muy difícil. En ese momento me molestó, pero tenía razón y su crítica me dio más empuje". Quiso trabajar como asistente de fotógrafos de moda, pero sólo logró que lo contrataran para hacer retratos de banqueros y directivos de compañías. Viajó a Milán con la idea de hacer un portafolio y sin contactos, sin hablar el idioma, sin plata se las ingenió para que una agencia le permitiera fotografiar a sus modelos. Y como no conocía diseñadores que le prestaran prendas para vestirlas, improvisó con su propia ropa. Los callejones, las paredes antiguas, que le recordaban su infancia, se transformaron en su estudio. Y ese tipo de foto con aire nostálgico se convirtió en su sello.

El mismo sello que lo hizo llegar a las páginas de Connoisseur, la primera revista importante que publicó su trabajo; el que lo hizo merecedor al premio al mejor fotógrafo del año por el Tropheé de la Mode en París en 2000, y el que motivó a John Galliano a asegurar en el prólogo de Mil besos que "Sus magníficas fotografías serán inmortalizadas junto a las obras legendarias de esos maestros que siempre lo han inspirado".
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